Woody Allen, el último acto de un cineasta infinito

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Autor de más de cuarenta películas que ha dirigido, escrito y en las que ha actuado como protagonista, autor también de obras teatrales y una ópera, guionista en programas de radio y televisión, monologuista e incluso músico en una banda de jazz, Woody Allen (Nueva York, 1935) se considera fundamentalmente escritor. «Y eso es una bendición, porque un escritor nunca depende de que lo contraten para trabajar, sino que genera su propio trabajo y elige su horario».

Así, escribiendo, fue como se abrió paso en la industria del humor, algo por lo que destacó desde que iba al colegio. Aunque era un mal estudiante, travieso y perezoso, que apenas leía libros porque en casa no tenía ninguno a mano, los profesores se intercambiaban entre ellos los relatos cómicos del niño Allan Stewart Konigsberg. Tenía un sentido del humor especial y lo convencieron de que debía enviar sus chistes a los columnistas de los periódicos.

«Aquellas frases graciosas y breves no eran el equivalente de Voltaire o La Rochefoucauld. Eran chistes sobre suegras, sobre sitios para aparcar, sobre el impuesto de la renta, y tal vez algún que otro tópico», explica, pero eran tan ocurrentes que su nombre empezó a aparecer en las columnas de los articulistas de aquellos años 50. La primera consecuencia fue el cambio de nombre, y como Woody Allen pasó a ganar en una agencia el triple de lo que ingresaban sus padres.

Todo lo demás le llegó rodado y casi sin tiempo para digerirlo. Tras cursar una beca para guionistas prometedores, con 22 años ya era el jefe de guión en un programa televisivo y, como lo seguían animando a que fuera más allá, superó su miedo escénico y se subió a los escenarios de los clubes de Nueva York para, ahora como monologuista, descubrirse como un neurótico hipocondriaco con unas gafas negras de intelectual.

Estreno en el cine

Aupado por las buenas críticas, volvió a la televisión, esta vez en el papel de cómico estrella, pero esta pantalla se le volvió a quedar pequeña. El cine lo esperaba. Tras un par de incursiones insatisfactorias se reafirmó en que nunca aceptaría un proyecto en el que tuviera el control artístico total. Escribió el guión de «Toma el dinero y corre», un falso documental en el que él mismo interpreta a un malhechor torpe, consiguió financiarlo, y su primer filme se convirtió un éxito de crítica y taquilla.

«De esa manera empecé a hacer cine. Con mucho trabajo, un poco de don natural, mucha suerte e importantes contribuciones de otras personas», escribe en «A propósito de nada» (Alianza, 2020), las memorias en las que trata de ordenar una vida de lo más atribulada. «En las primeras películas conseguí ese control total porque las personas que me contrataron eran hombres ilumina­dos y respetaban a los directores, y poco después pasó a ser una cláusula obligatoria en mis contratos».

Si en sus inicios las comedias que realizó eran una sucesión de gags, con «Annie Hall» y «Manhattan» entró en una nueva dimensión al incorporar recursos narrativos novedosos y unos guiones más elaborados. «Hannah y sus hermanas», «Días de radio», «La rosa púrpura de El Cairo», «Broadway Danny Rose», «Delitos y faltas»… Woody Allen no solo atesora una vasta filmografía, fruto de su empeño de rodar una película por año, sino que son muchas las que podrían recibir el calificativo de obras maestras. Él, en cambio, lamenta «no haber hecho jamás un gran filme».

Allen no estuvo presente en la gala de los Oscar que le premió por primera vez
Allen no estuvo presente en la gala de los Oscar que le premió por primera vez

Ha acumulado numerosas nominaciones en los Oscar y recibió el Globo de Oro a su trayectoria, y eso que nunca se deja caer por esas galas. «Nunca me incorporé a la Academia a pesar de que me presionaron para que lo hiciera, pero por la única razón de que jamás me incorporo a nada», explica. La noche que ganó su primer Oscar él estaba tocando en Nueva York con su banda: «Usé el concierto como excusa, pero tampo­co habría ido si hubiese estado libre. No me gusta la idea de que se premien obras de arte que no se realizan con un propósito competitivo sino para satisfacer un deseo artístico y, con suerte, entretener».

Multitud de registros

El registro de Allen no se limita a la comedia. En su haber desfilan musicales, dramas al estilo Bergman como «Otra mujer» o «Interiores» y películas fellinianas como «Recuerdos», «Celebrity», «Alice» o «Acordes y desacuerdos». «No se puede avanzar como artista si uno tiene miedo de experimentar y yo no tenía ninguna intención de limitarme a lo que sabía que me salía bien. Lo que quería era tratar de crecer como cineasta, ser más profundo, pasarme al drama sin abandonar la comedia, no satisfacer a las multitudes», aunque luego fracasara en taquilla. «Tenía mis propios delirios de gran­deza y resolví que siempre me concentraría en la idea que me interesara en cada momento, sin prestar atención a nada que no fuera tratar de hacer una buena película».

Cuenta con gracia que cuando los ejecutivos vieron «Sombras y niebla» por primera vez, uno de ellos, atragantándose, dijo: «Vaya, sí que nos sorprendes con cada película».

Podría decirse que el cineasta es víctima de la paradoja Woody Allen: es tan difícil escoger sus mejores películas que entre ellas acaban anulándose. Y si no se reconoce más su maestría como director es por la calidad de sus guiones. Cuando estrenó «Hannah y sus hermanas» hubo quien propuso cambiar las reglas del Pulitzer para poder premiarla. Tusquets ha publicado muchos de sus guiones y también varias compilaciones de relatos que escribió para «The New Yorker».

Ha escrito todos sus guiones en la Olympia que compró con 16 años
Ha escrito todos sus guiones en la Olympia que compró con 16 años

En «A propósito de nada» combina su buena pluma con un sentido del humor que lo iguala a su admirado S. J. Perelman. Con una agilidad sorprendente a sus 84 años, cuenta cómo un niño que quería hacer magia la acabó encontrando en el cine, recuerda a las mujeres de su vida, dedica comentarios cariñosos a los actores y técnicos con los que ha trabajado: Diane Keaton, Dianne Wiest, Alan Alda, Tony Roberts… la lista es interminable.

Woody Allen y Diane Keaton
Woody Allen y Diane Keaton

De su querida Diane Keaton dice que ver la televisión con ella, ir a algún museo o galería de arte «es un verda­dero placer, porque rebosa de ideas, comentarios y opiniones. Te abre los ojos sobre las cosas o, al menos, lo hizo conmigo». De Alan Alda, que tiene un talento maravilloso: «Cada vez que necesitas conseguir que un personaje resulte inte­resante y que una escena funcione, Alan no solo cumple con su cometido sino que además aporta tantas cosas de su propia cosecha que consigue que el filme crezca».

¿Intelectual?

Woody Allen ha escrito este libro de un tirón. Prueba de ello es que no está dividido en capítulos ni en secciones. Empieza con su nacimiento y, dándole a la tecla de la Olympia que se compró con dieciséis años, llega hasta el punto final del medio millar de páginas que quedarán como su legado. Igual que cuando rueda sus películas, no ha dedicado a estas memorias más tiempo del necesario.

«Hacer películas me gus­ta, pero carezco de la dedicación de Spielberg o Scorsese». «Carezco de poder de concentración. No soy una persona paciente en lo que respecta a las exigencias de los ensayos. Esa es la razón por la que, con los años, ruedo planos largos y no filmo planos recurso ni tomas extra. No soporto tener que repetir las mismas escenas una y otra vez. A mí me gusta rodar, irme a casa y ver un partido de baloncesto».

La parte positiva es que «A propósito de nada» tiene mucha elasticidad, la que proporciona esa escritura oral. Es una lectura muy agradecida. El lado malo es que a veces regresa sobre asuntos que ya ha tratado anteriormente o se enreda en constantes digresiones. La mano de un editor habría resuelto estas carencias, pero Woody Allen es un buen escritor y de todos modos sale bien parado, pese al mal recibimiento crítico que tuvo en Estados Unidos.

Woody Allen posa junta a su estatua en Oviedo
Woody Allen posa junta a su estatua en Oviedo

El director neoyorquino se presenta como un tipo que nada tiene que ver con el prototipo del intelectual: «Lo que sí poseo, sin embargo, es un par de gafas de montura negra, y yo sugiero que este atributo es el que, sumado a un don para apropiarme de citas tomadas de fuentes eruditas demasiado com­plejas para que yo pueda entenderlas, pero que puedo emplear en mi trabajo para dar la engañosa impresión de que sé más de lo que realmente sé, mantiene a flote este cuento de hadas».

Se confiesa más interesado en pasar la tarde con su mujer e hijas o salir a cenar con unos amigos que en leerse los diarios de Kafka, pero en esto hay algo de pose. Peca de falsa modestia cuando quiere convencernos de que su vida es normal o asegura que sus películas más exitosas no son para tanto y por el contrario elogia las que peor recibimiento tuvieron.

A un «viejo cínico» como él, el éxito de «Annie Hall» le hizo sospechar de inmediato de su calidad y sobre «Manhattan» dice que no le gustó cómo quedó: «Les ofrecí a los de United Artist hacer otra película gratis si la guar­daban en un cajón y no la estrenaban. No me hicieron caso y me tildaron de maniático. Por supuesto que su éxito tan fenomenal me dejó perplejo».

Al fin y al cabo, añade, los críticos son como todos los profesionales: «En cada profesión hay algunos excelentes y algunos horribles, mientras que la mayoría se ubica en el medio: son trabajadores del mon­tón que hacen lo que tienen que hacer para ganarse el pan». Lo bueno de las películas es que quedan ahí y siempre ofrece a los que se la perdieron la oportunidad de verla: «Algún día puede ser calificada como una obra maestra incomprendida. Naturalmente, eso jamás me ha pasado».

Caso Mia Farrow

En el libro también se defiende de las acusaciones de abuso sexual que lo persiguen desde los años 90 y le dedica un buen número de páginas al asunto Mia Farrow, a quien tilda de manipuladora y desequilibrada en lo personal pese a que reconoce el buen trabajo que hizo con él en las trece películas que rodaron juntos.

Explica cómo se conocieron, la dinámica de su singular relación durante los trece años que estuvieron juntos y, citando las conclusiones de las investigaciones previas al juicio que no se celebró porque ninguna prueba respaldaba que hubiera abusado de su hija, como sostenía Farrow, dice ser un «culpable por acusación».

Woody Allen y Mia Farrow, en «Sombras y niebla»
Woody Allen y Mia Farrow, en «Sombras y niebla»

«Jamás le he puesto un dedo encima a Dylan», apunta, «fue una invención pura». Si bien en su día capeó el vendaval unido a Soon-Yi, la hija adoptiva de Mia Farrow con la que Allen inició una relación que ya dura veinticinco años, la segunda oleada ha terminado por enterrarlo en el cementerio del «Me Too»: «Poco sabía yo que, una vez que te han ensuciado, quedas vulnerable para siempre».

Animada por su hermano Ronan, el periodista que destapó el caso Weinstein, Dylan Farrow publicó en 2018 una carta abierta reafirmándose en que fue violada cuando tenía 7 años. Esta vez poco ha importado la verdad judicial: muchos actores le dieron la espalda, su productora rescindió el contrato que les unía y sus películas han dejado de exhibirse en Estados Unidos. De hecho, estas memorias fueron vagando de editor en editor sin que nadie se atreviera a publicarlas.

«Lamento haber tenido que dedicar tanto espacio a la falsa acusación lanzada contra mí, pero esa situación es como agua para el molino del escritor y añade un fascinante aspecto dramático a una vida que de otra manera sería bastante rutinaria», señala.

Citando a Moss Hart, Woody Allen dice que los problemas del primer acto son mucho más fáciles de encarar que los del último acto: «Y así es que yo, después de haber bosquejado las trivialidades de mi vida, me encuentro con pro­blemas en el último acto».

Woody Allen, junto a su mujer Soon-Yi y sus dos hijos adoptivos
Woody Allen, junto a su mujer Soon-Yi y sus dos hijos adoptivos

En «A propósito de nada» cuenta todo lo que le quedaba por contar. Porque sabe que si nadie quisiera producir sus películas, tendría que dejar de realizarlas. Se contentaría con hacer obras de teatro, o con escribir libros. Y si nadie quisiera publicarlos se contentaría con escribir para sí mismo: «Para mí es completamente irrelevante lo que ocurra con mi obra cuando yo no esté. Sospecho que después de mi muerte casi nada me pondrá nervioso, ni siquiera ese ruido irritante que hacen los vecinos con su soplador de hojas».

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