Valladolid en los tiempos de Twitter

Para ser alcalde de cualquier lugar del mundo hace falta vocación, una vocación así como de presidente de la comunidad de vecinos con más aguante. Pero para ser alcalde de Valladolid hace falta soberbia. Esto lo empieza a pensar el votante, que todos los alcaldes nos salen rana. Una soberbia que nada tiene que ver con una castellanía bien entendida. Con orgullo que se lleva por dentro pero no se manifiesta ni en los micrófonos de la radio, ni por Twitter. Twitter, que es un erial de gente hablándose a si misma. La degeneración del siglo XXI de ese verso de Machado, Antonio, que reza que «quién habla solo espera hablar a Dios un día». Twitter es ese corral del hombre que dejó de esperar a hablar con Dios para hablarse a si mismos.

Valladolid es una ciudad ajena a Twitter. Una ciudad ajena al tiempo, «que es una cosa que le atañe», pero no le preocupa demasiado. Valladolid con sus palacios y un orgullo sobrio y blasonado. De la ciudad del Pisuerga y de la Esgueva dicen -a la ligera- que es donde se habla el mejor español del mundo. Quizá porque el vallisoletano habla poco. El vallisoletano «no es especialmente simpático, ni alegre…», dixit María Aurora Viloria. Valladolid es una ciudad parca en palabras. Una ciudad que deja hablar a su historia y en la que tienen más que decir sus ruinas y lo que pudo ser. De ahí que sus últimos alcaldes, especialmente locuaces, no la representen. Porque cuando un alcalde se pone locuaz se puede dar por terminada la legislatura.

Y el problema de ponerse locuaz es que uno acaba pasándose en el tono y en las formas. Y al final «produce alivio que los ciudadanos de Valladolid vean de lo que se han librado… Una persona que se dedicaba a insultar permanentemente, a faltar al respeto». Esto lo decía el otro día Óscar Puente en una entrevista y uno no sabía si hablaba de Javier León de la Riva o de sí mismo. Así como en un ejercicio herreriano y matutino de los que le recomendaba Juan Vicente a Rajoy.

Valladolid es una ciudad a medio a hacer, una ciudad que quisiera tener alcaldes con los que se pueda hablar, incluso por Twitter, que debe de ser como el síntoma mayor de la madurez democrática. Lo de estar a medias lo traemos heredado desde los tiempos de Juan de Herrera y una catedral inacabada que demuestra que Valladolid es una ciudad en ciernes con aire de siglos. Y ahora viene otro Herrera, Juan Vicente, a hacer un Ayuntamiento herreriano, que es lo que le faltaba a esta ciudad, con Pilar del Olmo como candidata del PP. Y es que cualquier candidato que llegue a la Alcaldía con la mitad de soberbia que los dos últimos alcaldes sería un gran fichaje para la ciudad, de ahí que Pilar del Olmo lo sea. La elección de Pilar del Olmo viene a confirmar el triunfo de un estilo en la administración, el herreriano.

Guillermo Garabito

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