Valeria Luiselli, cuando la literatura se vuelve realidad

Una empieza a leer «Desierto sonoro» (Sexto Piso) y tiene la impresión de que la intención de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), su autora, es conducir al lector, como si de una «road novel» se tratara, a lo largo y ancho del Estados Unidos actual para que conozca, de primera mano, el drama de los inmigrantes, aquellos que malviven en el país desde hace tiempo y también los que se agolpan en la frontera sur en busca de un presente que en su tierra les es negado. Y puede que ese retrato, descarnado, esté en esta maravilla de novela, pero no es el asunto principal de la trama, como mucho la excusa que se ha buscado la autora mexicana para escribir su mejor libro hasta la fecha, el más maduro y ambicioso.

Un matrimonio emprende, junto con sus dos hijos, un niño (de él) y una niña (de ella), un viaje en coche desde Nueva York, donde viven, hacia el sur. En el trayecto, ambos persiguen propósitos profesionales bien distintos (ella, documentar la diáspora de los niños que llegan a la frontera; él, seguir el rastro de los últimos apaches que se rindieron ante el Ejército estadounidense), aunque el objetivo personal sea el mismo: huir de una crisis sentimental que ha resquebrajado los cimientos de la familia que, años ha, tras conocerse en la Universidad de Nueva York (NYU), se afanaron en construir, cuando, creían, el amor era indestructible.

Pero el tiempo fue pasando, y pesando, y el silencio se fue instalando entre ellos, llegando a ensancharse tanto que la distancia fue insalvable. Como testigos, sus hijos, en su día a día y en el asiento trasero del coche, donde documentan, desde su particular mundo real, a veces inventado (su imaginación hecha a volar mientras escuchan, por la radio, las dolorosas historias de los «niños perdidos»), el periplo familiar.

Cuando las noticias terminan por abrumar a los padres, optan por los audiolibros, entre los que «El señor de las moscas» es el preferido, y las frases que en su día escribió William Golding se vuelven premoniciones: «Tal vez la fiera somos nosotros»; «Hicimos todo lo que hubieran hecho los adultos. ¿En qué fallamos?»; «El mundo, aquel mundo comprensible y legislado, estaba cambiando»; «Lo que quiero decir es que… tal vez sólo somos nosotros»…

Versiones

Las voces de dos narradores, la madre, primero, y el niño, en la segunda parte de la novela, ofrecen las dos versiones de una historia que es la de todos, porque las estrellas, como recuerda el pequeño, «son las mismas siempre». Este «Desierto sonoro» es la crónica de un éxodo, de un exilio, sentimental y geográfico, que indaga en las relaciones, familiares y amorosas, para llegar a un único destino:la fragilidad de los sentimientos, de esa materia de la que estamos hechos y que nos convierte en seres tan vulnerables que necesitamos asirnos a algo, documentar nuestro paso por esta vida, que es sólo nuestra.

Como dice Enrique Vila-Matas, el lenguaje crea la realidad, y en esta novela Luiselli despliega su talento y la libertad que aprendió de su adorado Sergio Pitol, para articular el valor de lo real, que no es otra cosa sino la literatura. Bendita intertextualidad, que nos regala las «Elegías para los niños perdidos» (de lo mejor del libro) y bendito diálogo con los muertos, que nos resucita a Kafka y a tantos otros que no debieron nunca morir.

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