Vacaciones con mi padre

Dec√≠a Talleyrand que nadie que no hubiera nacido antes de la Revoluci√≥n podr√≠a haber disfrutado de la dulzura de vivir. Yo, que nac√≠ en la d√©cada de los 50, conoc√≠ aquel Benidorm que era un pueblo de pescadores y un lugar de veraneo de personajes exc√©ntricos y bohemios. Solo hab√≠a una l√≠nea de bloques de apartamentos que no exced√≠an de tres o cuatro alturas. Las dos playas albergaban con holgura a los ba√Īistas con tumbonas que quer√≠an disfrutar de sus templadas aguas. Y desde el centro se pod√≠a acceder a un paseo que acababa en una terraza sobre el mar desde la que se disfrutaba de los lentos atardeceres de verano como estando en un barco. Eran los a√Īos en los que todav√≠a no hab√≠a llegado el turismo masivo.

Mi padre nos llevaba en agosto a toda la familia a pasar dos semanas en el hostal Ventura de Alicante, un establecimiento situado en una calle paralela a La Rambla, llena de flores y palmeras. Lo que me ha quedado grabado en la memoria es el olor a jazmín en cualquier esquina, que sigue funcionando para mí como la magdalena de Proust. Otro recuerdo es un chiringuito de la playa de San Juan, donde se comía un excelente arroz negro, un plato que yo no había probado nunca.

√ćbamos a la playa en el Seat 1500 amarillo que conduc√≠a mi padre, que lo aparcaba a unos metros de la l√≠nea de costa. Pero tambi√©n utiliz√°bamos un tren de cercan√≠as que ten√≠a una parada en una estaci√≥n que parec√≠a de juguete y donde una campana avisaba a los viajeros. Subirse a los vagones era como entrar en el t√ļnel del tiempo.

Salvo por el excesivo calor, Alicante era entonces un paraíso rodeado de playas con un puerto en el que pasaba las tardes pescando. Ponía unos gusanos aplanados en el anzuelo y, aunque parecía mentira, los peces no hacían más que picar. Debo decir que los devolvía al agua porque pescaba por puro placer.

Me gustaba sentarme en una roca junto al oc√©ano y leer a Stevenson, Dumas, Julio Verne y otros autores que excitaban mi fantas√≠a. So√Īaba con Ivanhoe, los tres mosqueteros, Nemo o Jim Hawkins, en los que me reencarnaba en sus fabulosas aventuras. Nunca he disfrutado tanto de la lectura como en aquellos veranos de mi infancia.

Cuando se acababan las vacaciones en Alicante, todavía faltaba más de un mes para el comienzo del curso. Era una época que aprovechaba para ir a pescar cangrejos de río con mi padre. Usábamos reteles con un cebo de carne untada en vinagre, que se podía oler a kilómetros. Solíamos colocarlos en torno a las seis de la tarde y luego esperábamos al anochecer para retirarlos.

Como conoc√≠amos las pozas de los r√≠os del norte de Burgos, no era raro que volvi√©ramos con m√°s de quince docenas de aquellos cangrejos que mi madre preparaba con una salsa de tomate y chorizo. No hace falta recordar que la especie aut√≥ctona se extingui√≥ a mediados de los a√Īos 70 por una epidemia.

Tengo un amigo que se acuerda de que mi padre llegó a llenar un saco con más de cien docenas de cangrejos, capturados en el río Ayuda, cercano a Miranda de Ebro. Lo que sí guardo en la memoria es que, una vez acabada la jornada de pesca, cenábamos unos bocadillos de filetes empanados y una tortilla de patatas. A veces encendíamos una hoguera para protegernos del viento del norte.

Mi padre, que era abogado y un lector impenitente, llevaba siempre una bota con vino, a la que nunca me acostumbré por su sabor a grasa de pez. Yo prefería meter una gaseosa en el curso de la corriente, bien sujeta por las piedras del fondo. El vino tinto con Casera, que regalaba cromos de ciclistas bajo el tapón, era el Aquarius de la época.

Nada m√°s placentero que estar reclinado en el tronco de un chopo junto a una hoguera mientras mi padre se fumaba un chester y se tomaba un trago de co√Īac de una petaca. El tiempo no exist√≠a entonces y parec√≠a que aquellas tardes no se acabar√≠an nunca.

Mi padre falleci√≥ de una cruel enfermedad hace 28 a√Īos. Hab√≠a cumplido la misma edad que yo tengo hoy. Cuando pienso en √©l, me dan ganas de llorar. Discut√≠amos mucho de pol√≠tica, pero siempre estuve orgulloso de √©l por su exacerbado sentido de la honradez. Jam√°s le escuch√© decir ninguna mentira. Una vez le vi regalar su abrigo y comprarle un billete de tren a un inmigrante marroqu√≠ que se hab√≠a quedado sin recursos en la estaci√≥n de Miranda. Los veranos eran mucho mejores con su cercan√≠a. Ahora que han pasado los a√Īos y las d√©cadas, me he dado cuenta de que jam√°s llegar√© a ser un hombre tan grande como √©l.

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