Universidad, divino tesoro

No deja de tener bemoles que en el mismo año en el que la universidad española más veterana, la de Salamanca, cumple casi los mismos años que Matusalén, otras universidades del terruño estén dejando el pabellón académico patrio a la altura del betún. El ya famoso «mastergate» no sólo ha destapado la buena sintonía que tenían algunas universidades privadas con el lumpen político, sino también lo aficionadas que eran al dinero fácil y al mercadeo curricular y titular. En almoneda parece ser que vendían algunas su nombre a cambio de unas monedas, como en la peor versión de un Judas felón.

Y ante tal situación, cabe preguntarse, por ejemplo: ¿hacia dónde miraban las autoridades que tienen encomendado el control de la calidad del sistema universitario español?; ¿dónde está la seriedad de algunos órganos rectores a los que se les colaban por la gatera del corral un montón de tribunales amigos, de doctorandos con prisas, de aptos cum fraude, de másters del universo, de…?; y sobre todo, ¿dónde irán ahora con su título mancillado y dudoso esos miles de alumnos que no sólo pagaron sus matrículas y sus créditos en dichas universidades, sino que, ingenuos de ellos, además estudiaron, hicieron exámenes y se esforzaron como el que más para sacar adelante un grado que les habilitase para trabajar en algo? Porque de toda esta mamandurria de los másteres y las tesis fusiladas quienes van a pagar el pato de verdad son esos pobres chavales que tienen un título expedido en el todo a cien de la Rey Juan Carlos o de la Camilo José Cela, por citar sólo dos de las que sepamos algo, de momento.

La universidad pública, en la que hasta hace no muchos años pesaba a veces más el libro de familia que los méritos atesorados a lo largo de los sexenios (con el señor catedrático y su señora -catedrática- en despachos contiguos, por ejemplo), quiso poner orden exigiendo y exigiéndose mecanismo más transparentes y controlados en todos sus procedimientos. Sólo eso (sin entrar en el asunto del funcionariado, que daría no para un artículo sino para una tesis… sin fraude) ya fue un paso importante para devolverle el prestigio puesto en solfa. Pero lo que no sabemos cómo va a acabar es el descrédito al que han sometido unos cuantos listillos y vividores a las universidades privadas españolas que, por simple lógica y falta de historia, estaban obligadas a demostrar no sólo que estaban a la altura de las públicas, sino que podían ser incluso mejores, más ágiles, más apegadas a la realidad laboral, más dinámicas e igual de exquisitas o más en sus reglamentaciones y procederes. Pero hete aquí que no. Que la imagen es justo la contraria. Universidad, divino tesoro… ¿de Ali Babá?

Fernando Conde

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