Unas incipientes protestas sacuden la imagen del régimen de Al-Sisi

Protestas contra Al-Sisi, la semana pasada, en El Cairo Fuente: Reuters

Son las mayores desde la “primavera √°rabe” y consideradas la punta del iceberg de un mayor malestar social

T√öNEZ.- No fueron centenares de miles. Ni tan siquiera decenas. A lo sumo, unas pocos miles de personas se han manifestado contra e l r√©gimen de Al-Sisi durante la √ļltima semana en las calles de varias ciudades de Egipto. Sin embargo, su impacto medi√°tico, pol√≠tico e incluso econ√≥mico ha sido notable. El pa√≠s de los faraones se volvi√≥ a colar entre los titulares de la prensa internacional, las fuerzas de seguridad tomaron las calles y en solo tres d√≠as el √≠ndice de la bolsa egipcia perdi√≥ todas las ganancias hechas desde principios de a√Īo. ¬ŅPor qu√© este desfase entre los n√ļmeros de los manifestantes y su impacto?

La respuesta se halla en la consideraci√≥n de que esos pocos miles de valientes representan tan solo la punta de un iceberg que sugiere la existencia de un gran volumen de indignaci√≥n bajo la superficie. La furia de estos temerarios contestatarios debe ser enorme para salir a la calle y gritar “¬°vete Al-Sisi!” en los alrededores de la m√≠tica Plaza Tahrir sabiendo que existe una alta probabilidad de que sean arrestados, salvajemente torturados y condenados a largas penas de prisi√≥n. En Egipto, las manifestaciones ilegales est√°n castigadas con tres a√Īos de c√°rcel, que se suelen sumar a penas a√ļn m√°s largas por cargos ficticios como “pertenencia a banda armada” o “incitar contra el Estado”. Y tampoco hay garant√≠a de salir con vida de all√≠, como le pas√≥ al expresidente Morsi. Desde 2014, m√°s de 500 personas han muerto en las c√°rceles egipcias, ya sea por maltratos o negligencia m√©dica.

Adem√°s, las protestas son relevantes porque han hecho trizas la imagen de estabilidad que el r√©gimen militar hab√≠a ido construyendo pacientemente durante los √ļltimos cinco a√Īos. A base de una represi√≥n brutal despu√©s del golpe de Estado de 2013, que lleg√≥ a incluir abrir fuego contra la multitud, el pa√≠s √°rabe parec√≠a haber dejado atr√°s el convulso per√≠odo posrevolucionario. De hecho, las manifestaciones de la semana pasada fueron las mayores desde 2014. Ante sus patrocinadores occidentales, el mariscal Al-Sisi se ha presentado como una garant√≠a de estabilidad, pol√≠ticas econ√≥micas ortodoxas y un control f√©rreo de la emigraci√≥n. Ahora, esta imagen de fortaleza est√° en entredicho.

El detonante de las protestas ha sido inesperado, como suele pasar con los reg√≠menes que no abren ni tan siquiera una peque√Īa v√°lvula de escape para evitar que se condense la frustraci√≥n. Esta vez, la chispa que hizo estallar la ira -a peque√Īa escala en la calle, pero de mayores dimensiones en las redes sociales- han sido los videos virales de denuncia de la corrupci√≥n de los militares grabados por un h√©roe improbable: Mohamed Aly, un constructor millonario convertido en actor amateur, de ostentosos modales barriobajeros y que desde hace varios meses reside en la provincia de Barcelona.

El apodado “fara√≥n catal√°n” no es un pol√≠tico opositor ni un acad√©mico. Ni tan siquiera un activista a favor de los derechos humanos. Y quiz√° precisamente por eso goce de una mayor credibilidad entre el descre√≠do ciudadano egipcio y resulte un mayor quebradero de cabeza para el r√©gimen. Al-Sisi no tiene ant√≠doto contra un hombre cuyo √ļnico motivo para rebelarse contra el sistema que le permiti√≥ medrar y salir de un entorno social humilde es puramente financiero: tras 15 a√Īos de trabajar para el ej√©rcito, ha acumulado facturas impagas por unos 12 millones de d√≥lares que sus arrogantes deudores no quieren sufragar.

La revancha de Aly ha sido exponer un sistema corrupto en el que se otorgan concesiones de obras a empresarios amigos sin concursos p√ļblico para construir lujosos palacios, mansiones y hoteles para la c√ļpula del ej√©rcito. Y todo ello al mismo tiempo que el gobierno aplica un dur√≠simo plan de ajuste estructural pactado con el FMI que ha hundido parte de la menguante clase media en la miseria. A finales de 2016, la libra egipcia perdi√≥ el 50% de su valor en cuesti√≥n de horas, y durante casi dos a√Īos la inflaci√≥n super√≥ el 30% en un pa√≠s donde m√°s de un 43% de la poblaci√≥n vive con menos dos d√≥lares al d√≠a.

En contra de los consejos de sus asesores, el mariscal no pudo evitar responder a las acusaciones de Aly, tach√°ndolas de “mentiras y calumnias”, y asegurando que lo que estaba haciendo era “construir un Estado”. Las palabras insuflaron m√°s aire a la combusti√≥n de las redes, y aparecieron videos de varios ex oficiales de bajo rango confirmando las andanadas del empresario pendenciero. Todas estas cr√≠ticas no habr√≠an encontrado un terreno abonado si Al-Sisi no se hubiera dedicado a edificar costos√≠simos proyectos fara√≥nicos pensados para satisfacer su ego m√°s que servir a la poblaci√≥n, como una nueva capital en mitad del desierto destinada a la √©lite.

Y a pesar de todo ello, lo m√°s probable es que el mariscal consiga capear el temporal, sobre todo si no aparecen fisuras dentro de la instituci√≥n militar. El pasado viernes las protestas no crecieron respecto a la semana anterior, una buena se√Īal para Al-Sisi. Todav√≠a no hay masa cr√≠tica para una revoluci√≥n. Ahora bien, si no es capaz de proporcionar una vida m√°s digna y m√°s libre a los egipcios, alg√ļn d√≠a una nueva generaci√≥n entera de j√≥venes que no experiment√≥ la depresi√≥n del periodo posrevolucionario volver√° a levantarse. Y, entonces, ni los blindados, ni las cachiporras, ni las balas podr√°n evitar una sangrienta rebeli√≥n.

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