Una piedad popular que engancha

Sesenta y cuatro años de sacerdote, treinta y cinco como párroco del Salvador y san Nicolás, calle Atocha, 58. Le nombró el cardenal Tarancón para dos años y ahí sigue. Este es el resumen de la vida de don Ubaldo Moreno, un cura del cielo y de la tierra. «Don Ubaldo, ¿podría sintetizar en una frase en qué consiste ser párroco?», pregunto. E inmediatamente me contesta: «Al cura de Ars, san Juan María Vianney, y con eso no me estoy comparando con él, un día le hicieron la misma pregunta. Y contestó: “Estar”. Pues eso, estar aquí disponible desde las siete y media de la mañana hasta que se cierra la Iglesia. Todos los días».

La verdad es que don Ubaldo me lo pone fácil. Entre otras razones porque en su mesa del despacho conserva una foto del que fuera obispo auxiliar de Madrid, monseñor Eugenio Romero Pose, fallecido prematuramente a causa de una dolorosa enfermedad. ¿Por qué el párroco de esta céntrica iglesia tiene una foto de don Eugenio. «De Eugenio nunca me canso de hablar –me responde-. Todas las mañanas en mi oración le pido que no me abandone. Mira, muchos días, sin avisar, se presentaba por la parroquia. Se sentaba ahí donde estás tú a charlar. Y si tenía un poco de tiempo me pedía un alba y se iba al confesionario. Y no te cuento más porque…». Tercer párroco de iglesias del centro de Madrid que me cuentan algo parecido. Así, todo es más fácil.

Estamos en uno de los templos de la almendra medieval de Madrid. Fusión de las feligresías de «El Salvador», otrora ubicado en la Plaza de la Villa, lugar en el que se reunía el Concejo, y de la parroquia de San Nicolás, el de Bari, ahora con reliquia incluida, que se integró en la del Salvador. Por cierto que san Nicolás es, en origen, san Nicolás de los Servitas. En el sigo XIX, atisbando el Madrid moderno se trasladó con la denominación actual al Hospital del Amor de Dios, fundado por el hermano hospitalario Antón Martín.

Mira tú por dónde que el que da nombre a la estación de metro era fraile, de la Orden de los Hospitalarios, san Juan de Dios, vaya. La iglesia del convento es la trasera del edificio actual. Los terrenos pertenecían al contador del Rey Felipe II, Hernando de Somontes, y a su mujer, Catalina Zapata. En esta iglesia se bautizó el poeta Alonso de Ercilla y estuvo enterrado el arquitecto Juan de Herrera. Después del incendio de 1936, se restauró en 1948 gracias a la aportación de Regiones Devastadas. La plaza de Antón Martín es el Madrid del motín de Esquilache, de la Farmacia El Globo y, cómo no, del Sainete lírico de Salvador María Granés, «La plaza de Antón Martín». Y ya por curiosidad le pregunto al párroco por la matanza de los abogados de Atocha. Me dice que vivió esos días, pero que el piso pertenecía a la parroquia vecina.

La clave de esta comunidad es san Nicolás de Bari, patrono del trabajo y de la salud, o de la salud y del trabajo. Todos los lunes del año son cientos de fieles los que se acercan a esta iglesia a pedir trabajo. Pero también alberga una de las más bellas imágenes de Nuestra señora de la Medalla Milagrosa, de Nuestra Señora del Buen Parto –una preciosa y tierna Virgen de leche– y de un san José que acaricia con su mirada. Me cuenta don Ubaldo que san Josemaría Escrivá, cuando fue capellán de las Trinitarias, visitaba con frecuencia la parroquia para pedir auxilio económico para la naciente Obra. El culto se atiende, gracias entre otros, a la ayuda del Vicario, Alfonso Lozano y a su secretario, el sacerdote Emilio Pérez y también a Fernando Morello. La liturgia, cuidada con primor musical por la generosidad de la soprano cubana Mayda Galiano, también organista. Y junto con el culto, la caridad, que distribuye lo que piden los más necesitados, que no son pocos en el barrio, desde la Cáritas de la Vicaría en la calle León, 32. La parroquia cuenta con la asistencia de tres hermanas de la congregación de Santa María de Leuca. Piedad popular y un Madrid que engancha.

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