una mirada a la vieja Europa y otra a las nuevas generaciones

Alberto González Lapuente

El Festival Internacional de Música Contemporánea de Venecia destaca como elemento distintivo de su programación 2019 el compromiso con la creación a través de una generosa política de encargos. La actual edición, número 63, tiene previsto presentar treinta y tres estrenos incluyendo doce encargos propuestos por la propia Biennale Musica. La política creativa promovida desde aquí abarca una notable pluralidad de intereses con el fin de dibujar «una perspectiva fresca y renovada, que manifiesta el potencial de la vieja Europa y su sentido crítico».

La atención a las nuevas generaciones es fundamental, según ha explicado estos días el director del festival, Ivan Fedele, pues en ese ámbito se consolida la tendencia a «liberarse del perímetro personal» y experimentar con otros modos de expresión. Por ejemplo, «las combinaciones inconcebibles de instrumentos que cortocircuitan esferas tradicionales», que es algo evidente en «Songbook», para cuarteto de rock, y conjunto clásico amplificado, con electrónica en vivo. El proyecto lo firma Matteo Franceschini, ganador este año del Leone d’Argento, según reconoce el jurado, por tratarse de «una de las voces más originales de nuestro tiempo, defensor del concepto de compositor desde la perspectiva del autor-intérprete ademas de representante de una sensibilidad abierta a diferentes dimensiones creativas del sonido, desde la música de cámara a la sinfónica y el teatro musical».

El festival se desvía de forma significativa hacia este último género entendido como aventura creativa que se expande en pluralidad de intereses, ya sea la ópera como proceso narrativo en el caso de la exitosa «Written on Skin» de George Benjamin, o induciendo, como no lo hace ningún otra manifestación musical, a mezclas originales, yuxtaposición de materiales y generación de nuevas formas. Biennale College es uno de los proyectos estrella de Fedele y gracias a él se han producido quince óperas de pequeño formato desde 2013. Este año las bases se reafirman en obras de poco más de un cuarto de hora de duración y grupo instrumental con nueve instrumentistas. El tema ha de girar alrededor de lo cómico, lo surrealista, lo fantástico o lo lúdico como puerta natural hacia el ingenio. De ahí la referencia al escritor ruso-americano Eugene Ostashevsky tan cercano al absurdo y caracterizado por el uso de elementos onomatopéyicos propios de cierto dadaísmo, y cuyos textos han servido para sendos encargos escénicos a Filippo Perocco y Lucia Ronchetti. Amabas obras han tenido soporte escenográfico y dirección de Antonino Viola y Antonello Pocetti, sintético, esquemático y articulado sobre la arquitectura «superviviente» del Teatro alle Tese en el Arsenale veneciano.

«Come foglia opaca» se deja llevar por la incertidumbre sobre un texto en inglés deliberadamente inexacto, combinado con lecturas aleatorias de varios autores. El resultado tiende a lo deforme y contradictorio aunque la obra de Perocco sea más académica que enloquecida. Mejor, «The Pirate Who Does Not Know the Value of Pi», relación entre un pirata y un papagayo tras un naufragio y en una isla desierta. El laberinto de sonidos y texturas, el juego vocal entre los instrumentistas convertidos en actores e intérpretes en un coro improvisado, y la soprano Esther-Elisabeth Rispens crea un laberinto de situaciones y textos que apuntan a lo grotesco. El teatro intrascendente merece un sitio como ejercicio técnico y como mero entretenimiento. Efectos de percusión aleatorios, tarimas a distintos niveles, sábanas caídas cual velas encalladas y un piano abierto a la manera de naufragio. Evoluciones sencillas y propósito caricaturesco. A Venecia, a Fedele, le gusta proponer proyectos aparentemente inverosímiles. Lucia Ronchetti ha sabido recoger la idea.

Pero la edición 2019 promueve, además, otras maneras de «inventar» la música. La interconexión entre instrumentos que están distantes en el tiempo y el espacio, se materializa, por ejemplo en «Nomaden» del holandés Joël Bons, ganador del Grawemeyer Music Award 2019, considerado el Nobel de música. Músicos de esferas distantes, ya sea China, Japón, Oriente Medio, Asia Central y Europa; y un conglomerado instrumental incluyendo al duduk armenio, el setar iraní o el tombak sirio, el ehru chino, el shakuhachi japonés o el sarangi indio, paleta de timbres desconocidos para la mayoría.

Otro de los grandes protagonistas de la actual edición es el compositor griego Georges Aperghis quien «está renovando radicalmente la práctica musical a medida que crea su propio universo polifónico surrealista en el que todos los ingredientes (vocales, instrumentales, gestuales, teatrales, tecnológicos) se transfieren de un contexto a otro». «Thinking Things» es su trabajo más reciente, atento a la participación de cuatro artistas, extensiones robóticas, video, luces y electrónica. Las relaciones entre el hombre y la máquina son un tema transversal que en la Biennale Musica también acaba de materializarse en el nuevo Centro de Informática Musical y Multimedia (CIMM), en su doble sede en Venecia y Mestre, y con el que se pretende que las actividades tecnológico-acústicas de las distintas secciones de la Biennale sean autónomas a la vez que promueven la investigación y experimentación.

Y en la pluralidad de consideraciones de la Biennale Musica cabe la presencia de invitados extranjeros. Entre ellos destaca el Quartetto Prometeo, ganador del Leone d’Argento en 2012; el Meitar Ensemble de Israel; y el Plural Ensemble, de España, fundado y dirigido por el compositor Fabián Panisiello, cuya presencia en Venecia colaborará a poner en valor obras de Luis de Pablo, Gabriel Erkoreka, Alberto Posadas, José María Sánchez-Verdú y el propio Panisiello. El propósito de estos conciertos es muy variado aunque reconoce el valor protocolario que todavía tiene el concierto en su dimensión más tradicional. Así lo ha formalizado un histórico como Solisti Aquilani, conjunto activo durante más de medio siglo «revaluando» la música instrumental italiana del pasado y la actualidad.

La frenética actividad del grupo con más de cien conciertos anuales, se fortalece en la generación de programas particularmente sensibles: la conmemoración del terremoto que sacudió a L’Aquila hace diez años se ha recordado en Venecia a través de nuevas composiciones firmadas Stefano Taglietti, Andrea Manzoli, Roberta Vacca y Pasquale Corrado. El éxito de la sesión celebrada en Ca’ Giustianian ha de explicarse en sintonía con la visceralidad de algunas de las obras y la implicación expresiva de los miembros de un grupo que, bajo la dirección de Corrado, fortaleció la elocuencia del mensaje. Particularmente acabado, el concierto para violonchelo del propio Corrado tuvo la fortuna de contar con el solista Michele Marco Rossi, «reinventor» de la obra a través de un interpretación muy exigente y expuesta.

Se materializaba así la idea manifestada en el prólogo al concierto, en diálogo con varios de los compositores y el director artístico del grupo, Vittorio Antonellini. Todos explicaron la situación actual de L’Aquila, definiendo al terremoto no como punto de llegada sino de partida hacia una nueva realidad de cuya arquitectura cultural formará parte el auditorio que actualmente se construye. El sentido optimista de las palabras y la esperanza de futuro en la región encontró sintonía con la activa y pujante naturaleza de las obras. Con independencia de que este sentimiento se extrapole con naturalidad a la perspectiva europea, según la visión general que este año propone la Biennale Musica en su empeño por reafirmar la respuesta artística de un continente en el que se generan tantas propuestas artísticas de referencia.

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