Una gran oportunidad para revertir la decadencia

El acuerdo del Mercosur con la Unión Europea es la mejor oportunidad que enfrenta el país para abandonar el sendero de decadencia estructural que comenzó a transitar hace poco más de siete décadas. Aunque las gestiones se iniciaron tiempo atrás y continuaron bajo varias presidencias, probablemente no se habría firmado este año sin la intervención personal del presidente Macri. Su mérito es incuestionable.

Somos varios los que hemos criticado al gobierno actual por su renuencia a “blanquear” el nefasto legado del kirchnerismo, su timidez en avanzar con reformas estructurales, su soltura para endeudar excesivamente al país en el extranjero y su lentitud para reducir el gasto público y la presión impositiva. Las restricciones políticas que enfrentaba en diciembre de 2015 mitigan en parte estas críticas, pero no sirven como excusa. Caso contrario, en el último año no podría haber avanzado con el fuerte ajuste fiscal que exigió el FMI.

En cualquier caso, aun si se alcanzara un equilibrio primario sustentable en las cuentas públicas (algo sobre lo cual persisten dudas), el país continuará su decadencia si no se hacen reformas estructurales. De hecho, según las proyecciones del FMI, en 2024 en el ranking mundial de PBI per cápita la Argentina ocupará la posición 76 entre 192 países: veinte puestos más abajo que al comenzar este siglo.

Quienes se oponen al acuerdo con la UE entre otras cosas sostienen que condenará a la economía argentina a un “modelo agro-exportador” que beneficia solo a unos pocos. Se equivocan. El dilema que enfrentamos no es agro versus industria, sino prosperidad versus decadencia. Lo que condenó a la economía argentina a depender de las exportaciones del sector agropecuario fueron las políticas económicas aplicadas a partir de mediados de los años cuarenta. En aquel entonces el PBI industrial ya superaba el agropecuario. Además, la Argentina exportaba el 20% de su producción industrial (incluso a Estados Unidos). Había que avanzar por ese camino para industrializar el país. Pero a partir de 1946 se promovió un sector industrial prebendario, sin escala, ineficiente y cerrado al comercio internacional, que solo podía sostenerse confiscando recursos de un sector agropecuario con características exactamente opuestas. El problema es que, mientras que desde ese año la población argentina aumentó 190% y el volumen de la producción agropecuaria casi 800% (en relación con 1940-1945), los precios del agro ajustados por la inflación de EE.UU. cayeron 80%. Esto quiere decir que, grosso modo, el valor de la producción del agro por habitante en términos reales es poco más de la mitad de lo que era entonces. Con este modelo la decadencia es inevitable.

Quienes se perjudicaron más por “vivir con lo nuestro” no fueron ni los extranjeros que no pudieron vendernos sus productos ni la “oligarquía terrateniente”, sino los argentinos de ingresos medios y bajos, a los que esta política pretendía beneficiar. El país quedó cada vez más entrampado en un juego de suma cero del que parecía imposible salir. Hasta ahora.

Los empresarios industriales argentinos pueden competir internacionalmente siempre y cuando se reduzca el enorme costo que imponen casi cien impuestos y una multiplicidad de trabas y regulaciones. Esto es lo que hay que reformar en los próximos 15 años para que el acuerdo con la UE tenga sentido.

El acuerdo está lejos de ser la panacea para los problemas argentinos, pero va a contribuir a que esas reformas sean viables y sostenibles políticamente. Además, si la clase dirigente no lo apoya y el Congreso no lo aprueba, la economía argentina quedará aislada, ya que es muy probable que Brasil lo apruebe, incluso si Lula vuelve a la presidencia. Es decir, la no aprobación profundizará el aislamiento y la decadencia a la que lamentablemente muchos argentinos parecen haberse acostumbrado.

Desde los años cuarenta el contexto internacional presentó numerosas oportunidades para que la economía argentina mantuviera o retomara su posición de liderazgo en América Latina. En algunos casos estas oportunidades fueron irresponsablemente desaprovechadas por quienes gobernaban el país. En otros, los intentos para aprovecharlas fueron frustrados por restricciones políticas o económicas internas.

La aprobación del acuerdo con la UE por el Congreso Nacional dista de estar asegurada (tampoco hay que subestimar la resistencia que opondrán los agricultores franceses). Seguramente la negociación con quienes desde hace 70 años defienden el atraso argentino será mucho más dura que la que tuvo lugar con los líderes de la UE. Pero vale la pena el esfuerzo ya que es difícil imaginar una mejor oportunidad que este acuerdo para evitar que la decadencia argentina frustre a una nueva generación de argentinos. El tiempo dirá si la dirigencia política, empresaria y sindical está a la altura del desafío.

Profesor de Finanzas e Historia Económica en la Ucema y miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso

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