Una esposa para media hora en Ir√°n

La celebraci√≥n, el pasado domingo, del d√≠a mundial que recuerda la lacra de la explotaci√≥n sexual ha servido munici√≥n para que cl√©rigos y l√≠deres musulmanes hayan vuelto a centrar sus cr√≠ticas en la ¬ęcorrupci√≥n moral de Occidente¬Ľ, donde la pornograf√≠a y una cultura hedonista agresiva campean con frecuencia de modo impune. El clima puritano de las sociedades isl√°micas esconde, sin embargo, realidades turbias poco conocidas -y menos a√ļn publicitadas- que revelan un alto nivel de hipocres√≠a

Como bot√≥n de muestra entre muchos basta pensar en la difusi√≥n de los llamados ¬ęmatrimonios temporales¬Ľ (¬ęmutah¬Ľ en √°rabe), una f√≥rmula bendecida por la ley isl√°mica que conduce a situaciones de prostituci√≥n legal por la v√≠a de los hechos. Los ¬ęmutah¬Ľ, prohibidos hoy en el mundo sun√≠, se han multiplicado en la primera potencia chi√≠, Ir√°n, desde la llegada del r√©gimen fundamentalista de Jomeini hace casi 39 a√Īos.

Su lectura del Cor√°n es simple. Para un musulm√°n, la f√≥rmula ideal es el matrimonio permanente, pero si el hombre no se siente capaz de vivir las obligaciones que aquel comporta hacia su mujer y los hijos, puede optar por el ¬ęmatrimonio temporal¬Ľ. Su duraci√≥n depende de la voluntad de los contrayentes: un a√Īo o m√°s, un mes…o media hora. Lo normal es que el hombre ofrezca a la mujer -o muchas veces a sus padres indigentes- dinero o un hogar a cambio de relaciones sexuales. La doctrina del ¬ęmutah¬Ľ y la prostituci√≥n legal se parecen tanto como un huevo a otro huevo, y sirve tanto para justificar la vida libertina de muchos enriquecidos bajo el r√©gimen de los ayatol√°s, como para alimentar la picaresca de quienes rechazan el puritanismo farisaico de las leyes. Cuando la polic√≠a religiosa descubre relaciones prematrimoniales, prohibidas, muchas veces los j√≥venes de Teher√°n pretextan haber contra√≠do ¬ęmatrimonio temporal¬Ľ para eludir los castigos de la ley.

La hipocresía, que La Rochefoucauld definió como el homenaje que el vicio tributa a la virtud, vende tan bien en Oriente como en Occidente. Basta fijarse en quién tira la primera piedra.

Francisco de AndrésRedactorFrancisco de Andrés

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