Un pasado impredecible

Este verano el nombramiento de Brett Kavanaugh en el Supremo parecía sencillo. El lobby «The Federalist Society», responsable de seleccionar jueces para la Administración Trump, había hecho sus deberes. El candidato reunía todos los requisitos para conseguir la confirmación del Senado, de mayoría republicana. Kavanaugh estudió en Yale Law School, al igual que la mitad de los jueces del Supremo (la otra mitad fue a Harvard, como empieza a ser tradición). Formó parte del equipo de Ken Starr que investigó a Bill Clinton y luego asesoró a Bush hijo. Como juez había destacado por su fidelidad a valores conservadores y no había redactado sentencias ni artículos controvertidos. Es joven para la edad media del Supremo y su llegada inclinaría la balanza por muchos años a favor del bloque republicano. Donald Trump podría estar orgulloso de esta parte de su legado, haber nombrado dos jueces decisivos en el tribunal más poderoso del mundo. Pero hace unos días apareció la primera acusación de agresión sexual a Kavanaugh, de sus tiempos de estudiante de instituto. La hacía una respetada profesora, Christine Blasey Ford, dispuesta a testificar. A continuación, llegó una segunda denuncia por hechos similares en su paso por la universidad y esta semana otra más.

Trump ha reaccionado diciendo que si George Washington necesitase confirmación los demócratas votarían en contra y encontrarían cualquier cosa en su vida privada. El presidente sin embargo no las tiene todas consigo. La sensibilidad de la opinión pública ha cambiado y el movimiento MeToo ha llegado para quedarse. Así que Trump, que por ahora se ha librado de varias acusaciones de agresiones sexuales, se muestra abierto a cambiar de opinión sobre Kavanaugh, en función de los testimonios de las presuntas víctimas. Los republicanos empiezan a sugerir el reemplazo del nominado, por la cercanía de las elecciones legislativas del 6 de noviembre. La presidencia de Trump y su eventual reelección en 2020 dependen en gran medida del resultado de estos comicios de otoño. Es muy posible que la Casa Blanca necesite un candidato a juez del Supremo cuyo pasado no sea impredecible.

José María de Areilza CarvajalArticulista de OpiniónJosé María de Areilza Carvajal

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