Un «Nerón» que busca entretener

Título: Nerón. Autor: Eduardo Galán. Dirección: Alberto Castrillo-Ferrer. Intérpretes: Dani Muriel, Chiqui Fernández, José Manuel Seda, Diana Palazón, Francisco Vidal, Javier Lago, Daniel Migueláñez y Carlota García. Escenografía: Arturo Martín Burgos. Vestuario: Marie Laure Bénard. Iluminación: Nicolás Fischtel. Música y espacio sonoro: David Angulo. Producción: Luis Galán. Lugar: Palacio de Congresos El Greco. El espectáculo «Nerón», con texto de Eduardo Galán (con la colaboración de Sandra García) y dirección de Alberto Castrillo-Ferrer, coproducido por el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Secuencia 3, que se ha presentado ahora en el escenario del Palacio de Congresos El Greco de Toledo sin el reclamo de conocidos atores en el cartel, como Raúl Arévalo, no pasará a la historia del teatro ni supone aportación alguna a la del controvertido emperador romano. Nerón en lengua sabina significa valiente y activo. No es precisamente así el emperador. Ya su padre Domicio, ante las felicitaciones de sus amigos por el nacimiento, dijo que de Agripina y él no podía nacer más que algo detestable y fatal para el mundo. Luego, educado en casa de su tía Lépida, fueron sus primeros maestros un barbero y un bailarín. Con esos inicios, según nos cuenta Suetonio, Nerón no se cubrió precisamente de gloria, aunque luego tuviera como preceptor a Séneca y como confidente y amigo a Petronio, el árbitro de la elegancia. Aunque, eso sí, al comienzo de su reinado no fue el Nerón que nos pintan historias como las del texto de Galán, pues al iniciar su reinado anunció que gobernaría de acuerdo con los principios de Augusto, no desaprovechando ocasión de mostrar dulzura y clemencia. Abolió o disminuyó los impuestos demasiado onerosos. Redujo a su cuarta parte las recompensas asignadas a los delatores. Hizo distribuir al pueblo cuatrocientos sestercios por persona. Aseguró a los senadores de elevada alcurnia, pero carentes de bienes, una renta anual que se elevaba para algunos hasta quinientos mil sestercios. Estableció distribuciones de trigo mensuales y gratuitas para las cohortes pretorianas. Saludaba a todos los ciudadanos por su nombre, de memoria y en el orden en que se le presentaban. Admitía hasta al pueblo bajo a los ejercicios del campo de Marte. Declamó frecuentemente en público, y leyó versos suyos, no sólo en su casa, sino también en el teatro, lo que produjo tan general regocijo, que se decretaron acciones de gracias a los dioses, grabando en seguida aquellos versos en letras de oro, dedicándolos a Júpiter. Dio espectáculos variados y en gran número, entre éstos, los juegos llamados Juveniles, fiestas en el Circo, representaciones teatrales y combates de gladiadores. Bajo su reinado se reprimieron y castigaron muchos abusos, dictándose reglamentos muy severos. Y mucho más se escribió del verdadero emperador. De ese Nerón, quizá un tanto populista, nada se dice. El Nerón que se presenta en este espectáculo es el tópico del incendio de Roma, de las depravadas costumbres, el endiosado, absolutista, grosero y mal poeta, aunque sin llegar a los extremos que la historia cuenta de este personaje excesivo en todos los aspectos de la vida. Partiendo, por tanto, del típico tópico extendido, no es difícil montar un espectáculo fácil, una especie de película de romanos, un «Quo vadis» venido a menos, para diversión superficial de las masas, con sus toques de hiperrealismo sexual, llevado al máximo del expresionismo cuando el protagonista realiza una tórrida escena incestuosa con su madre. La obra es monstruosa en lo que a la moral se refiere. Se exalta en el montaje lo sensual y lo carnal con un destacado realismo no muy propio de una sociedad de finezas como la aristocrática romana. La Roma del año 66 que arde, de cuyo incendio se echa la culpa a los inocentes cristianos, no era tan decadente como su emperador de mente extraviada por el excesivo consumo de poder. En cualquier caso, si se quiere retratar al Nerón complejo, el espectáculo no lo consigue. Sin embargo se regodea en la reiteración de los episodios poéticos y los desvaríos musicales excesivos y largos del Nerón que se siente artista. De interés es, en cambio, la relación amor odio con la madre. El hecho de que, cada poco, Petronio se dirija al público en plan narrador para explicar algo de la historia, también es un elemento más para que la teatralidad se debilite, y aún más si el narrador, que sabemos que es un superprofesional del teatro, tiene que hacer esfuerzos ímprobos para que se le entienda, pues tenía la voz rota. La dramaturgia potencia un ritmo lento, un decir individual más que un diálogo y una interacción entre los personajes propia de una película de serie B; la música terminaba por descontextualizar más aún. La escenografía colorista es sencilla pero efectiva: los grandes cortinajes y paños rojos son de gran rendimiento en el desarrollo de la acción. Un enorme pie de una escultura fragmentada le da un toque artístico monumental muy apropiado para la cultura romana. Si bien siempre hay que recordar lo poco adecuado del escenario del recinto, sin bambalinas y ancho en exceso, que propicia poco la concentración del espectador en el centro de la acción. Los actores deben atravesar grandes distancias de un extremo a otro. Se puede ver como interesante el carácter circular. Impresiona el inicio en el que el protagonista se dirige al público romano (que es el público) culpabilizándolo de permitir los abusos del poder (quizá la crítica al poder y sus desmanes es la reflexión más clara que se permite la obra). La función se cierra con el mismo monólogo con el que se inició. Las interpretaciones en general han sido frías y distanciadas. El Nerón, Dani Muriel, ha querido acentuar el tono humorístico de forma un tanto artificial y nos ha regalado un labrado torso con una chocolatinas muy bien moldeadas, que no sé si eran propios del Nerón real. Chiqui Fernández, como Agripina, ha estado mucho más creíble, desdoblándose entre madre real y fantasma de la conciencia de Nerón. Diana Palazón sí que ha encarnado una Popea verosímil. Los demás han cumplido con la burocracia de la función, aunque en bastantes ocasiones, quizá por las características escénicas del teatro, no se percibía bien el texto. El público dividió sus opiniones, algunos salían diciendo que no les gustó y otros aplaudieron educadamente con cara de haberse divertido.

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