Un moderno leviatán llamado Woodstock

Qué decir ahora cuando se ha dicho ya todo. Woodstock es un símbolo, como lo es la imagen del Ché o las camisetas de Bob Marley. O la Coca-Cola. Acaso le ha faltado una imagen icónica. Tal vez porque fueron cientos las imágenes guardadas en la retina de toda una generación, y porque si hubiera que dibujarla ahora, sería como el Leviatán bíblico, un monstruo que, mirado de cerca, se ve compuesto por una miríada de pequeñas cabezas.

Viendo las colas de coches preciosos -hoy mataríamos por uno de esos descapotables que esperan poder acceder al recinto-, la verdad no vemos un público muy hippie, sino más bien jovencísimos chicos de hogares americanos con el pelo no muy largo y bastante aseados. El cartel, en tres días, es de aúpa. No están todos, porque lo que ha ocurrido en América en los últimos tres años no tiene aún fácil explicación. Contracultura, Berkeley, las emisoras de radio, las disqueras, los promotores, por doquier experimentación, con el jazz como factor decisivo. Es la edad del hambre por probar cosas nuevas, aun cuando todavía humean en los pick ups los Stones, los Sonics y los Beatles. Todo está ocurriendo muy deprisa, las luchas por los derechos civiles, el asesinato de Kennedy en Dallas, el de Martin Luther King, la muerte de Marvin Gaye, la guerra de Vietnam.

Paz y amor

El rock, ya eléctrico, pese a Seeger, comienza a enviar mensajes de paz, amor y comprensión. Los autores arrancan a escribir de manera simbólica bajo el influjo de Dylan y a incorporar otros sonidos, de la música latina, el Harlem hispano o el soul energético, representados en Woodstock por unos Sly & The Family Stone demoledores, dejando que las piezas musicales se desarrollen con mayor libertad expresiva, haciendo que los músicos cobren protagonismo más allá del mero intérprete, que ahora es uno más, haciendo del micrófono instrumento.

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Los equipos, más sofisticados, han ampliado el sonido y los festivales o happeningscongregan a decenas de miles de personas. Algunos vienen de antes, como el de Newport, con réplicas cada vez más grandes hasta terminar en Monterrey, anticipo de lo que superando toda expectativa iba a ser Woodstock. Porque este fue un festival pensado por los organizadores para setenta mil personas. Y se encontraron con medio millón, tirando por lo bajo. En un momento crítico, permiten que rompan las alambradas y accedan al recinto. Nada puede sorprender más que el hecho de que apenas si hubo altercados o actos violentos. Un par de nacimientos, de bebés del 69, algún accidente mortal, el robo de una bicicleta. Si pensamos en términos estadísticos, se operó un verdadero milagro.

Las sandías de las huertas limítrofes servían para saciar la sed. Y el consumo de drogas no dejó más casos que los que deja un botellón cualquier fin de semana en los parques de una ciudad. Fue hambre de música, interpretada con honestidad y sorprendente lucidez por unos músicos a veces más jóvenes que los asistentes, como el prodigioso batería de Santana, Michael Shrieve, que deslumbró a todos con su solo de los de «dejarse la vida» en «Soul Sacrifice», uno de esos momentos que ya no se pueden olvidar. Muy por encima de Keith Moon, que estuvo correcto con su banda The Who, y eso a pesar de exigir cobrar en cash esa misma noche, pero a años luz de la exhibición de Santana.

Orden disparatado

El orden elegido para las bandas, visto desde hoy, es un tanto disparatado, lo que obligó a que la Creedence, que fueron los primeros en firmar -todos los demás se pusieron a la cola-, acabará tocando a horas intempestivas. O Jimi Hendrix, de amanecida, cuando las fuerzas se habían agotado y el leviatán se había disuelto.

Visto con ojos actuales, llama la atención el nivel de compromiso con la gente de tres mujeres muy distintas pero sublimes en Woodstock, como son una lucidísima Janis Joplin, Joan Baez colando en la fiesta «We Shall Overcome», y Grace Slick, inmensa, dulce, sexy, sugerente, psicodélica, maullando «Somebody To Love» con su banda. Emociona hoy Tim Hardin atacando «If I Were A Carpenter», a treinta centímetros del micro. Y la alegría desbordada de Graham Nash, con Crosby y Stills, a tres voces, bordando «Blackbird» de Lennon y McCartney. Y así nos tiraríamos horas. Esa semilla está ahí. Tal vez, alguien la recoja.

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