Un lugar para el amor

POR HILARIO BARRERO

La luz obrera del mediodía refuerza con leves rasillas de cristal el metal de las ventanas mientras que tres camionetas esperan que cambie el toro del semáforo para embestir al capote del mediodía: la de las fresas, como un enorme bodegón urbano, la de rojo, anónima y misteriosa, y la del «sabor del taco» que vende tamales, burritos y empanadas. Hay un anuncio de una tienda («Bed, Bath and Beyond») dedicada a cosas de la cama, del baño y «mucho más» y la sombra de una joven pareja solitaria que se alarga en el asfalto.

Cogidos del brazo, entre el rojo vivo y el amarillo condenado, buscan una dirección. Él con un macuto y la frescura de los veinte años y ella confiada y feliz. Alguien que los viera pensaría que están perdidos en la gran ciudad. No lo están: cuando se es joven siempre hay, bajo las estrellas o en un lecho alquilado, lugar para el amor, para el ímpetu rojo de la belleza en flor. Porque «el amor es un himno permanente / que después que enmudece en el que lo canta/ otra nueva garganta / lo vuelve a repetir eternamente». En Times Square o en Zocodover.

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