Un cosmopolita parisino para entender la Historia de España

Las pasiones se fundan allá lejos, en la infancia, quizás porque es el momento en el que las puertas se abren por primera vez, o porque entonces la mente está más abierta que nunca. Quién sabe. Más o menos en ese estado debió descubrir Juan Pedro Quiñonero (Totana, Murcia, 1946) a Pío Baroja, que le demostró que las aventuras y fechorías no tienen por qué ser morales, pero sí entretenidas cuando de literatura se trata el asunto. Años después le descubriría otra cosa: que hay autores que no se agotan y que, lectura tras lectura, nos aportan siempre algo nuevo. Cuenta esto (y otras cosas) en «El niño, las sirenas y el tesoro», su particular aportación a la colección «Baroja (y yo)» de la editorial Ipso, que saldrá a la venta el cuatro de abril.

Juan Pedro Quiñonero
Juan Pedro QuiñoneroABC

«En el caso mío don Pío es tan importante como Mark Twain, como Stevenson, como Tolstói. Quizás como Dostoievski. Pero con una gran ventaja: todos sus personajes son familiares, están al alcance de la mano de un niño nacido en Murcia», afirma el escritor y corresponsal de ABC en París. Para él, la mirada de Baroja es una puerta de entrada al pasado reciente de nuestro país y de este vetusto continente llamado Europa, que tanto recorrió el escritor, culo inquieto por naturaleza, o simplemente cosmopolita.

«Con don Pío se empieza pensando que la vida es una aventura y luego te acabas dando cuenta de que la vida es una tragedia, una tragedia que se confunde con la Historia de España, con la Historia de Francia, con la Historia del continente», asevera Quiñonero, que recuerda cómo por su pluma pasaron las grandes guerras y desastres del siglo pasado y del anterior.

Pero claro, su poder no se termina en esta suerte de didactismo, sino que va más allá. Mucho más allá. Baroja fue también un revolucionario de la palabra, que ya señaló la importancia del subconsciente para la creación mucho antes de que Bretón firmase el manifiesto surrealista. «En sus memorias habla horrores del surrealismo y de las vanguardias. Sin embargo, desde 1899 advierte que el futuro de la obra de arte pasa por el subconsciente», subraya el escritor. Ahí está, para el caso, su novela «El hotel del cisne», en la que el maestro relata sueños y alucinaciones oníricas, firmando así la defunción de la novela decimonónica y creando otra cosa bien distinta.

Y todavía más allá del surrealismo, Baroja se revela también como un viajero empedernido, que se aleja bastante de esa imagen de «viejete cascarrabias» que ha trascendido hasta nuestros días. «Se pasó la vida viajando. Vivió en París, en Londres, en Roma… En media Europa. Era un hombre muy viajado. Era un flâneur. Se aburría muchísimo, y la única manera de matar el aburrimiento era pasear», afirma. De hecho, y esta es una de las aportaciones más importantes de su cosecha, conocía tan bien París como el mismísimo Proust. «La topografía que Baroja hace de París es matemáticamente exacta. Se confunde con la de Proust. Sus geografías se cruzan», remata.

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