«Un corazón demasiado grande», el pasado también eres tú mismo

La historia se escribe también y, especialmente, en letra pequeña. La rutina, lo cotidiano, esa mal llamada normalidad que se diluye entre reuniones de vecinos, cumpleaños, una muela que inesperadamente hace «cras» o un examen médico que revela que algo no va del todo bien. Eider Rodríguez (Rentería, 1977) es especialista es auscultar la realidad y detectar aquellas zonas oscuras que escapan al examen rutinario. Un corazón demasiado grande incluye su último libro de relatos, «Bihotz Handiegia», así como una selección de sus mejores relatos anteriores, algunos tan demoledores como «Carne» o «La muela».

En el que es uno de mis relatos favoritos de todos los tiempos, «Deseos», de Grace Paley, una mujer se encuentra con su exmarido en las escaleras de la biblioteca municipal. De la breve conversación que ambos mantienen, el lector deduce que lo importante del relato es lo que queda fuera, lo que nunca se llega a contar. Algo parecido ocurre en el extraordinario relato que da título a «Un corazón demasiado grande»: una mujer accede a cuidar de su exmarido, al que no ve hace más de veinte años porque su hija así se lo pide.

Fronteras

Al principio, la mujer, que ha construido su vida ya no en favor de lo que vendrá, del futuro, sino además y, sobre todo, en contra del pasado, lo cuida por obligación, por cierto sentido de la caridad. Y el exmarido muere, pero termina llevándose a su perro a vivir con ella y su nueva pareja. No se puede vivir en contra el pasado: siempre te acaba alcanzando. Al fin y al cabo, el pasado también eres tú mismo. La mayor parte de los relatos suceden en Hendaya, que es frontera y no-lugar, lugar de paso y eso parece imprimir carácter en unos personajes que habitan el limbo y se convierten, de alguna manera, en limbo.

«Nadie como ella sabe detenerse en las esquinas ocultas de la realidad, donde es imposible llegar»

Tener un corazón demasiado grande es una bendición, pero también una condena que se refleja en ellos, estos personajes que no deciden y eso ya es una decisión. O que no pueden recordar qué es lo que deseaban porque ya no desean nada. O que solo creen lo que les conviene -y acaso no es eso lo que hacemos todos-, o depositan, como en «Paisajes», un mioma recién extirpado del cuerpo, en una pecera para así observar de cerca el trozo de carne muerta «con los ojos llenos de lágrimas, comprendiendo que hay felicidades que no pueden ser compartidas». O que son esa mujer que observa, en el relato «Cumpleaños» a una familia que sufre las devastadoras secuelas de un incendio.

Los temas que recorren estas historias son variados pero podrían resumirse en uno: la dificultad que entraña lo aparentemente fácil. Con un estilo punzante, seco, desarmado, Eider Rodríguez da en el blanco en este libro que es una radiografía de nuestros miedos. Es por eso que Eider Rodríguez es una de las mejores cuentistas de nuestro país. Nadie como ella sabe detenerse en las esquinas ocultas de la realidad, ahí donde geométricamente es imposible llegar. Ahí donde se acumula suciedad y, en definitiva, realidad, sobre todo aquella que no queremos ver.

Un corazón demasiado grande.

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