Un candidato al que se le sale muy r√°pido la cadena

Alberto Fernández tampoco simpatiza con la prensa Crédito: Martín Quintana

Tarde o temprano ten√≠a que suceder. Y sucedi√≥ en una sola jornada, el mi√©rcoles √ļltimo, el d√≠a de furia de Alberto Fern√°ndez. No hizo honor al papel contemporizador que le asign√≥ su jefa al elegirlo candidato presidencial del kirchnerismo. A Fern√°ndez se le solt√≥ la cadena mal, no una vez sino tres en pocas horas. Su m√°scara cordial cay√≥ pesadamente y el rostro verdadero qued√≥ expuesto. Result√≥ mucho m√°s √°spero y agresivo que los de sus jefes N√©stor y Cristina Kirchner, que, ni en sus peores d√≠as contra la prensa, tuvieron un r√©cord de ese estilo ya que, adem√°s, prefer√≠an polemizar con el periodismo a la distancia, no cuerpo a cuerpo como lo hizo el delegado cristinista a la presidencia con muy malas maneras.

Primero, por la ma√Īana, se fastidi√≥, en las escaleras de los tribunales de Comodoro Py, en forma persistente y hasta grosera, con la movilera Mercedes Ninci. Por la tarde su irritaci√≥n tuvo funci√≥n doble: con Jonatan Viale, por Radio La Red, sigui√≥ enojado, y al llegar a C√≥rdoba, en busca de la foto con el gobernador Juan Schiaretti, su malhumor se descarg√≥ no bien descendi√≥ del avi√≥n con un periodista local. “Que se queden como unos locos que siguen disparando”, fue a√ļn m√°s despectivo al d√≠a siguiente. Cero autocr√≠tica.

Los sucesivos maltratos que propin√≥ ocurrieron d√≠as despu√©s de que el exjefe de Gabinete le asegurara a Marcelo Bonelli que “cuando persegu√≠an a los periodistas yo estuve del lado de los periodistas”.

La frase encierra una gran verdad y, al mismo tiempo, una gran mentira: Fern√°ndez reconoce que durante el kirchnerismo se persigui√≥ a periodistas (en efecto, con un “juicio p√ļblico” en Plaza de Mayo, las inspecciones de la AFIP, las gigantograf√≠as de conocidos periodistas que hac√≠an escupir por chicos, las difamaciones diarias de 678 y de otros adl√°teres del poder K, bullying en las redes sociales y mucho m√°s). Pero luego incurre en una gran falsedad, demostrable con hechos objetivos, de que defendi√≥ a los periodistas cuando el matrimonio presidencial y sus funcionarios m√°s obsecuentes los atacaban.

No alcanza ni siquiera en el espacio ampliado de esta columna para detallar todos y cada uno de los episodios en los que Alberto Fernández no hizo honor a esa aseveración.

Bastar√°n como bot√≥n de muestra algunos pocos hechos para refrescar la memoria. En 2004, todav√≠a no se hab√≠an naturalizado los atropellos contra la prensa que despu√©s se derramar√≠an como un dique roto sobre la sociedad argentina formando una grieta que a√ļn separa a viejos amigos y hasta familiares estrechos en pos de controversias ficticias y justificatorias que resintieron y precarizaron el sistema democr√°tico, recuperado en 1983. Por eso, Fern√°ndez debi√≥ rebobinar r√°pido cuando en la TV P√ļblica, que depend√≠a de √©l, se pretendi√≥ de la noche a la ma√Īana, levantar de la grilla dos programas prestigiosos: Los siete locos y El refugio de la cultura. Entonces, los sectores m√°s pensantes de la sociedad (que despu√©s empezaron a flaquear por temor, conveniencia o cansancio) reaccionaron p√ļblicamente con tal vehemencia que el jefe de Gabinete de mayor duraci√≥n durante el kirchnerismo debi√≥ volver todo a fojas cero.

Sin embargo, ese mismo a√Īo sucedi√≥ otro episodio m√°s grave con deterioros notables y consecuencias que ya no ser√≠an revertidas y que preparaba el terreno para mayores avasallamientos.

El periodista Julio Nudler, de P√°gina 12, escribi√≥ un art√≠culo sobre la designaci√≥n del jefe de ministros al frente de la Sindicatura General de la Naci√≥n (Sigen) de su amigo Claudio Moroni, su sucesor en la Superintendencia de Seguros de la Naci√≥n, que Alberto ocup√≥ durante el primer gobierno menemista. Pero la direcci√≥n de P√°gina 12 resolvi√≥ levantarlo. Nudler denunci√≥ p√ļblicamente esa flagrante censura. El periodista hab√≠a tipificado el nombramiento como “un acto de grave corrupci√≥n”, se refiri√≥ a su “siniestra trayectoria” y remat√≥ afirmando que se trataba del “t√≠tere del no menos corrupto jefe de Gabinete, Alberto Fern√°ndez”.

Con gran franqueza, Nudler reconoc√≠a entonces tener simpat√≠a por el gobierno de N√©stor Kirchner, pero de todos modos no se privaba de hacer una seria advertencia: “Veo que su corrupci√≥n va en aumento”. Nudler transitaba por el camino del periodista virtuoso que, aun reconociendo su filiaci√≥n, pod√≠a analizar grises y seguir siendo un agudo cr√≠tico. No era el modelo de periodista que buscaba el kirchnerismo, que prefer√≠a doblegar las opiniones independientes de dos maneras distintas: una creciente pauta oficial, que ablandaba resistencias de periodistas que pasaron a ser soldados de la causa oficial, y aprietes de distinto tenor que entonces comenzaron a multiplicarse.

Las notas justificatorias por el levantamiento del artículo de Nudler firmadas en días siguientes en Página 12 por su director, Ernesto Tiffenberg, y el columnista estrella Horacio Verbitsky, lejos de calmar las aguas, echaron más nafta al fuego e hicieron implosionar a Periodistas, la entidad que congregaba a firmas prestigiosas de las más diversas tendencias.

Pasaron pocos meses para que el mism√≠simo Alberto Fern√°ndez pusiera a cargo de la agencia oficial T√©lam a Mart√≠n Granovsky, uno de los jerarcas de ese matutino. El acto fue en la Casa de Gobierno con la presencia del presidente N√©stor Kirchner. El flamante funcionario destac√≥ la “base profund√≠sima de coincidencia” que ten√≠a con el oficialismo. “N√©stor, amigo -agreg√≥ Granovsky-, muchas gracias por la designaci√≥n”.

Comenzaba a prefigurarse el escenario del desencuentro nacional de los a√Īos siguientes. Y Alberto Fern√°ndez no fue ajeno a ello, sino nada menos que el maestro mayor de obras (ya que los arquitectos fueron primero, con algunos recaudos, N√©stor Kirchner y, luego, ya completamente desatada, Cristina Kirchner).

Se estaban echando las bases del kirchnerismo hegemónico, una larga transición solapada de pérdidas sucesivas de derechos y buenos modales democráticos que hicieron eclosión y se volvieron más avasallantes a partir del conflicto con el campo, en los inicios del primer gobierno de la ahora multiprocesada senadora, y que fueron in crescendo hasta 2015.

Siguiente acto: a fines de 2005, llamado telef√≥nico de Mona Moncalvillo, entonces directora de Radio Nacional -tambi√©n dependiente de Alberto Fern√°ndez- a Pepe Eliaschev para decirle: “C’est fini”. Traducci√≥n: se levantaba su programa, cuyo perfil cr√≠tico ya molestaba.

Hasta V√≠ctor Hugo Morales, antes de su extra√Īa conversi√≥n al ultrakirchnerismo hacia fines de 2008, fue castigado con el levantamiento de Desayuno, el noticiero matutino que conduc√≠a por la TV P√ļblica por sus cr√≠ticas frecuentes. Los sindicatos de ese medio no salieron a defenderlo. Tampoco a la locutora Marcela Pacheco, corrida de la conducci√≥n del noticiero nocturno por sus editoriales filosos. Rosario Lufrano, a cargo de la emisora, reportaba directamente a Alberto Fern√°ndez. Eran hechos aislados pero cada vez m√°s frecuentes y graves. Fue precisamente en el per√≠odo “nestorista”, hoy presentado por el candidato del Frente de Todos como un dechado de virtudes democr√°ticas frente a su evoluci√≥n posterior al r√©gimen autoritario cristinista, en el que sucedieron los primeros abusos y se echaron las bases para los mucho m√°s tortuosos que sobrevendr√≠an posteriormente.

psirven@lanacion.com.ar

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