Un año hidrológico seco acaba con un déficit de precipitaciones del 25 por ciento

I. JIMENO

Teñido en buena parte de un color naranja de alerta y con algún punto en el que el rojo de la alarma ya lleva tiempo encendido. Así está el mapa de Castilla y León desde el punto de vista hídrico. La tierra tiene sed, y en la provincia de Ávila incluso implora a las nubes contra su situación de deshidratación que sufre. Y es que el año hidrológico que está a punto de acabar -el 30 de septiembre- arroja un balance negativo con un déficit de precipitación, en términos generales, del 25 por ciento en el conjunto de la Comunidad, según los datos de la Aemet (Agencia Estatal de Meteorología).

Pero el seco se convierte en «extremadamente seco» a l fijar la atención en Ávila, donde a lo largo de los últimos doce meses solamente se han recogido 238 litros por metro cuadrado, lo que supone entre un 30 y 40 por ciento menos de lo normal. Es el segundo registro más bajo de precipitaciones desde el periodo 1964-1965, cuando se quedó en 186,5, el valor más bajo de su serie histórica. Pese a que los chubascos y tormentas en la recta final del verano han contribuido a aliviar algo esa falta del agua, el estado sigue de déficit y sequía. Una mirada a los embalses evidencia lo delicado de la situación especialmente en Ávila, con la mirada puesta en un cielo que por el momento no apunta lluvia. Tanto es así que el alcalde de la capital amurallada, Jesús Manuel Sánchez Cabrera, ha reconocido que «no es descartable» que tengan que llegar a producirse cortes de agua en el suministro». Las reservas no invitan al optimismo y la empresa concesionaria, Aqualia, ya ha hecho incluso sus cálculos: si no llueve, se agotarán «la primera semana de noviembre».

En los tres embalses más pequeños que nutren las tuberías de la ciudad (Becerril, Serones y Fuentes Claras) la tierra cuarteada va ganando cada vez más terreno a lo que debía estar cubierto de agua y en el de las Cogotas las reservas acumuladas menguan sin freno día tras día. Están ya al 15,6 por ciento, con 9,2 hectómetros cúbicos almacenados de los 59 para los que tiene capacidad. Muy lejos de los 54,7 que tenía hace un año tras un invierno y primavera generosos en agua e incluso también a gran distancia de los 40,5 (39,8%) del promedio de los últimos diez años, en los que la abundancia y escasez de precipitaciones se entremezclan.

Un sondeo para aportar cerca de dos millones de litros más al día a la red de suministro de la ciudad había servido en parte para paliar la situación de escasez en los embalses en una ciudad que se encuentra en emergencia por sequía ya desde el pasado 18 de junio.

En el conjunto de los que gestiona la Confederación Hidrográfica del Duero (CHD), la que abarca la mayor parte del territorio de Castilla y León, la situación global es algo mejor, pero también con unos embalses por debajo del promedio del último decenio (38,4%). De media, están a poco más de un tercio de sus capacidades (35%), cuando doce meses atrás se encontraban a más de la mitad, y con diferencias entre provincias. En cifras absolutas, poco más de mil hectómetros cúbicos de agua almacenada de los más de 2.877 para los que tiene capacidad, por debajo del promedio del decenio y, eso sí, casi el doble que en 2017, cuando otra pertinaz sequía dejó casi al mínimo los vasos.

El otoño, clave

En Palencia, la situación tampoco es para tirar cohetes, pues los cinco embalses de los sistemas Pisuerga y Carrión están al 21%, diez puntos por debajo de la media de los diez últimos años. A algo más de un tercio están los de León y Salamanca, mientras que los de Segovia, Burgos y Soria son más afortunados y pueden ver sus vasos medio llenos, pues superan la mitad.

Un año de apenas lluvias y distribuidas de manera desigual está detrás de este escenario que, cierto es, no es nuevo. En los años 80 y 90 del siglo XX se acumularon «tres y cuatro años» de sequía seguidos y hace dos años «fue mucho peor», recuerda Jesús Gordaliza, jefe de predicción de la Aemet en Castilla y León. Los próximos otoño e invierno van a ser clave. ¿Y cómo se prevén? En los próximos días no será necesario sacar el paraguas, pero las previsiones apuntan a un otoño en el que va a llover «lo normal», que permitiría comenzar a paliar los estragos de unos últimos doce meses muy irregulares. En verano ha habido chubascos y tormentas «generalizadas», incluso con registros «superiores» a lo habitual. Pero tras de sí tenía una primavera, invierno y otoño rácanos en agua.

El año hidrológico arrancó con déficit (en torno al 45%) en octubre y el calificativo de «seco» o «muy seco» y sólo diez días de lluvia. Algo palió noviembre, con precipitaciones un 60% por encima de lo normal, pero diciembre se comió ese «exceso». Y 2019 no comenzó mejor: sólo siete días hubo precipitaciones apreciables en enero, en febrero el déficit se elevó al 75%, marzo abundó en la escasez y sólo abril cumplió, pues mayo tampoco llegó con lluvias.

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