Trump ataca el multilateralismo con su nueva visión de política internacional: el patriotismo

Apenas media docena de manzanas separan la sede de Naciones Unidas de la fortaleza de mármol y dorados de Donald Trump en su torre de la Quinta Avenida. Eso no impidió que el presidente de EE.UU. llegara ayer tarde a su discurso en el arranque de la Asamblea General de la ONU. Como es tradicional, el jefe del Gobierno de EE.UU. era el segundo en el orden de intervenciones, después del presidente de Brasil, Michel Temer. Pero su homólogo ecuatoriano, Lenin Moreno, tercero ayer en la lista, tuvo que hablar antes de tiempo ante la ausencia de Trump.

Cuando finalmente el presidente de EE.UU. subió al podio, parecía que se había equivocado de escenario. Arrancó su discurso con loas a la labor de su Gobierno, como si estuviera en uno de los mítines con la etiqueta «Hacer a EE.UU. grande otra vez» con los que se prodiga por todo el país. «En menos de dos años, mi Administración ha logrado más que casi cualquier administración en la historia de EE.UU.», proclamó en una de las exageraciones que más repite. La respuesta del público -jefes de estado, presidentes, primeros ministros, altos cargos- fue algo poco habitual en este contexto: la carcajada. «No esperaba esa reacción, está bien», improvisó Trump, con una media sonrisa molesta.

Pero las risas del respetable se acabaron pronto. Entre otras muchas cosas, Trump prometió que cortaría el grifo de ayuda financiera a quien no sea su aliado. «Vamos a examinar qué funciona y qué no, y si los países que se llevan nuestros dólares y nuestra protección también buscan nuestros intereses», advirtió. «A partir de ahora, solo vamos a dar ayuda internacional a quienes nos respeten y a nuestros amigos».

El discurso fue una enmienda a la totalidad al multilateralismo y a la propia configuración actual de la ONU. Su tono fue menos combativo que en su estreno el año pasado en este escenario, pero siguió la misma línea que viene de la campaña electoral que le llevó a la Casa Blanca: «EE.UU. primero» y apertura a colaborar con quien quiera ser su aliado. «EE.UU siempre elegirá la independencia y la cooperación frente a un gobierno global, y yo respeto el derecho de cada nación en esta sala a seguir sus propias costumbre, creencias y tradiciones», dijo. «EE.UU: no os dirá cómo tenéis que vivir, trabajar o rezar. Solo pediremos que a cambio respetéis nuestra soberanía».

Frente a los abundantes llamamientos esta semana al reforzamiento del multilateralismo y del papel -cada vez más débil- de la ONU en el concierto internacional, Trump inauguró un nuevo -y algo confuso- concepto para regir las relaciones internacionales. «Rechazamos la ideología del globalismo y aceptamos la ideología del patriotismo», anunció. En su visión, el patriotismo, «el poderoso amor a tu país», «la intensa lealtad a tu patria» es lo que hará «naciones más grandes, regiones más seguras y un mundo mejor». Los conceptos que hay que defender para un mundo mejor son los de «soberanía e independencia», el único vehículo «en el que la libertad ha sobrevivido».

En la práctica, la posición de Trump significa que EE.UU. se rebela contra muchos de las líneas básicas de la ONU y de los compromisos anteriores de su país: además de revisar quién recibe su ayuda internacional, el presidente de EE.UU. dijo que su Administración no pagará más del 25% del presupuesto para los contingentes de mantenimiento de paz; reiteró que su país no regresará al Consejo de Derechos Humanos de la ONU -«una vergüenza para la organización», dijo- hasta que no haya reformas reales; insistió en no dar apoyo ni reconocimiento a la Corte Penal Internacional, que «no tiene ni legitimidad ni autoridad»; y aseguró que EE.UU. no formará parte ni respetará ningún organismo global con autoridad sobre migración, como desea la ONU.

Las referencias a sus enemigos habituales –Irán, Venezuela, Cuba, las prácticas comerciales de China, la OPEP– se vieron compensadas con referencias a países amigos, como Arabia Saudí, Jordania, Israel o Polonia.

La postura ataca la defensa del multilateralismo de muchos de los líderes congregados estos días en Nueva York. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, apostó por ello en la víspera en su breve encuentro con el secretario general de la ONU, António Guterres. La nueva presidenta de la Asamblea General, María Fernanda Espinosa Garcés, aseguró que el multilateralismo «constituye la única respuesta posible a los problemas globales que enfrentamos. Debilitarlo o ponerlo en cuestión solo genera inestabilidad y desconcierta, desconfianza y polarización». Para el presidente de Francia, Emmanuel Macron, «la otra alternativa es la ley del más fuerte», dijo en referencia obvia a Trump. «Seguir por nuestro lado nos va a conducir directamente a replegarnos y al conflicto en un ‘todos contra todos’ que afectará incluso a quien se considere más fuerte».

El mandatario francés hizo además una defensa acérrima del Acuerdo París sobre cambio climático, al que se ha opuesto con vehemencia Trump. Macron apostó por no establecer colaboraciones comerciales con los países que no respeten estos acuerdos. En plena tensión comercial entre EE.UU. y buena parte de sus socios, Macron fue preguntado si esto afectaría a acuerdos comerciales con la primera potencia mundial. «No habrá grandes acuerdos si no son conformes con el Acuerdo de París y nuestros propios objetivos», avisó.

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