Tres meses de contradicciones que han condenado la investidura al fracaso

No habían pasado ni dos días desde la celebración de las elecciones generales, y los socialistas, aun con la aritmética en contra, ya coqueteaban con la conformación de un Ejecutivo monocolor. «El PSOE va a intentar un Gobierno en solitario», manifestó la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo. El planteamiento de Pablo Iglesias de compartir Ejecutivo con Pedro Sánchez no les complacía, pese a que la noche del 28 de abril sus militantes no le dejaron otra elección más que la de negociar con Unidas Podemos cuando le gritaron a las puertas de Ferraz que «con Rivera, no».

Sánchez tuvo una primera toma de contacto en La Moncloa con Pablo Casado, Albert Rivera e Iglesias el 5 de mayo. Sin embargo, las negociaciones quedaron paralizadas hasta después de la triple cita electoral del 26-M. No fue hasta que el Rey, a principios de junio, propuso a Sánchez como candidato a la Presidencia del Gobierno cuando éste empezó con discreción a tratar de recabar la confianza de las fuerzas parlamentarias.

El Ejecutivo encontró su relato. Con dedo acusador, advirtió a Cs y a PP de que si no hacían un gesto en favor de la gobernabilidad, que permitiera a Sánchez ser elegido presidente sin los votos de nacionalistas e independentistas, sería únicamente su culpa. De hecho, la dirección del PSOE no señalaba todavía al secretario general de Podemos como su principal apoyo, aunque abría la puerta a que siguiera siendo «su socio». Tras el hundimiento territorial de la formación morada en las autonómicas y las municipales, endurecieron su posición y se enrocaron en que eran la única opción para España.

El 10 de junio, el secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, jugueteó con la posibilidad de una nueva convocatoria a las urnas: «La alternativa a una investidura viable es la repetición de elecciones». Defendió que la incorporación de Podemos al Gobierno no era adecuada, escudándose en que con esos números no podían conformar una mayoría absoluta. «Un Gobierno de esa naturaleza no solo no suma sino que podría restar», sentenció. Al día siguiente, Iglesias anunció que el PSOE le había ofrecido un «Gobierno de cooperación», un concepto que encerraba una trampa. Era una fórmula ambigua que buscaba disuadir la exigencia de Podemos de formar una coalición. Ábalos dijo entonces que no descartaba la entrada de UP en el Gobierno, unas declaraciones de las que se enmendó más tarde.

El mes de julio se consagró como el verdadero mes de la negociación, o al menos de hacer como que la había. El inmovilismo de Podemos, que desde el día siguiente a las elecciones demandaba entrar en el Consejo de Ministros, cambió con un pequeño matiz: Iglesias comunicó que renunciaría a ministerios y dejaría gobernar al PSOE en solitario, pero solo si el Congreso rechazaba antes un Gobierno de coalición.

«Independientes»

Se hizo una nueva propuesta desde el PSOE, que planteaba ministros «independientes» nombrados por Podemos, y UP lo descartó. Posteriormente hablaron de ministros «técnicos», con la misma respuesta por parte de la formación morada, que desde el 28-A ya ponía sobre la mesa nombres como el del propio Iglesias, Yolanda Díaz, Pablo Echenique o Rafael Mayoral, según manifestó Irene Montero.

Todo estalló con la consulta que Podemos realizó entre sus bases, teledirigida a que sus militantes apoyaran a Iglesias en su demanda de conformar un Gobierno de coalición. En una entrevista a la cadena SER, Sánchez reconoció el 15 de julio «enormes discrepancias» y dio por rotas las negociaciones y, tres días después, en otra que concedió a La Sexta, vetó a Iglesias: es «el principal escollo».

Con este anuncio comenzó una batalla en la que todos los dirigentes socialistas se posicionaron en contra del líder de Podemos. No obstante, la portavoz del Gobierno, Isabel Celaá, dejó de hablar de «cooperación» y empezó a llamarlo «coalición» -«Unidas Podemos pedía un Gobierno de coalición y Sánchez ofrece un Gobierno de coalición»-, dando un paso más hacia lo que exigía la formación morada. Pero insistió en el veto a Iglesias: «No cabe en el gabinete porque no se dan las condiciones políticas ni funcionales».

El órdago definitivo

El problema para los socialistas llegó cuando, esa misma tarde, Iglesias renunció a formar parte del Ejecutivo. Lo que podría haber sido el desbloqueo definitivo de la investidura se convirtió en una nueva oleada de rechazos del PSOE a las exigencias de Podemos, a pesar de que estos habían sacrificado a su líder. Fue la penúltima contradicción en una larga lista de desavenencias. Lo que vino después fue terreno abonado para la desconfianza: filtraciones de documentos, declaraciones contra los «socios preferentes» y ofertas en platós de radio y televisión que condenaron las negociaciones -y la investidura- al fracaso. Hace solo tres días, en Telecinco, Sánchez se abrió a «vías inexploradas» y afirmó que no tiraba la toalla. Al contrario de lo que dijo Adriana Lastra, parece que en septiembre sí habrá nuevas oportunidades.

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