Tapar el sol con un dedo

Suele atribuirse a Napole√≥n Bonaparte la autor√≠a de aquella m√°xima que advierte que ¬ęde lo sublime a lo rid√≠culo no hay m√°s que un paso¬Ľ. El corso, como todos, cruz√≥ esa frontera alguna vez. Muchas menos que Abel Caballero, otro personaje con un ego tan hipertrofiado como el emperador, pero de una talla pol√≠tica e intelectual infinitamente m√°s vulgar. Tanto que el alcalde de Vigo, encasillado ya desde hace tiempo en el papel de histri√≥n, ha quedado reducido a una caricatura de s√≠ mismo.

Una parodia tan sublime como rid√≠cula. Este fin de semana, quiz√°s crey√©ndose Roosevelt, Kennedy o Trump, pulsaba el bot√≥n rojo. Afortunadamente no est√° por ahora en sus manos iniciar una guerra nuclear. Solo encender las luces de navidad. Y hasta para algo como eso ten√≠a que organizar un espect√°culo a la altura de su ego, una parafernalia llena de histrionismo. Bot√≥n rojo, 9 millones de bombillas, 100 efectivos de protecci√≥n civil, otro centenar de agentes de la polic√≠a local y siete pantallas gigantes para retransmitir en directo la imagen del alcalde. Un alarde de yo√≠smo. Marca de la casa. Ese papel que ha elegido es muy sacrificado. Exige superarse d√≠a a d√≠a. Y el alcalde ol√≠vico, hay que reconocerlo, no defrauda. D√≠as atr√°s ya avisaba, smartphone en mano: ¬ęS√© que tengo que encargarme de tener el tel√©fono m√≥vil cerca el d√≠a 24 por la noche cuando encienda las luces de navidad porque me va a llamar el alcalde de Nueva York y me va a decir que me tiene sana envidia porque las luces de Vigo son las mejores del planeta. Y entonces yo tengo el tel√©fono conectado, y ese d√≠a, el 24 a las 7 y media, pulsaremos el bot√≥n y el alcalde de Nueva York se tendr√° que poner gafas de sol para no quedar deslumbrado con las luces de Vigo¬Ľ. Y no contento matizaba a rengl√≥n seguido: ¬ęLos de Vigo no tenemos que comprar gafas de sol porque como las luces son nuestras no nos hacen da√Īo, pero los de fuera s√≠¬Ľ.

El sentido del ridículo es algo muy personal. Hay quien lo tiene y hay quien no. Caballero parece instalado desde hace mucho tiempo en esa segunda categoría. El problema no es que haya alguien dispuesto a inmolarse haciendo el ridículo día tras día. El problema es que arrastre a toda una ciudad en un ejercicio fabuloso de propaganda. Casi de hipnosis colectiva. Porque, ese es el drama, hay votantes, y no pocos, dispuestos a comprarle su mercancía averiada, ese trasnochado hiperlocalismo que exhibe el regidor, en el que basa toda su estrategia electoral.

A ello se aferra para obviar todo lo dem√°s. Por ejemplo, para esquivar una explicaci√≥n solvente sobre las eventuales responsabilidades que pueda tener su gobierno tras lo sucedido en el accidente de O Marisqui√Īo. Un papel√≥n. Como que se esconda y pretenda no dar la cara tras el millonario rescate del auditorio. Otro fracaso a la lista. Uno de los tantos fiascos que evita justificar. Con el alumbrado navide√Īo pretende tapar todo lo dem√°s. Pero nadie puede tapar eternamente el sol con un dedo.

Ni siquiera Abel Caballero. Por muy sublime que sea la fabulosa campa√Īa de promoci√≥n personal que con el pretexto de la navidad ha sufragado a cargo de los presupuestos de la ciudad. Porque, es cierto, entre lo sublime y lo rid√≠culo no hay m√°s que un paso. Y pretender esconder las presuntas negligencias de su gobierno tras el alumbrado de las fiestas es simplemente rid√≠culo.

Luis Ojea

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