Tannhäuser vuelve a enfrentar a Bayreuth en su estreno

El Festival de Bayreuth inauguró ayer su edición 108 anotando una nueva y acalorada discrepancia entre los espectadores. Siguen teniendo mal encaje en el templo wagneriano las propuestas que hacen temblar el mito y sus supuestas tradiciones. Algo muy evidente ante la nueva producción de «Tannhäuser» capitaneada por el director teatral Tobías Kratzer y el musical Valery Gergiev. No era una apuesta fácil. El secreto rodeaba el trabajo de Kratzer y tampoco los comentarios previos sobre el trabajo de Gergiev eran demasiado favorables. Pero el director ruso ofreció una lectura de gran calado, exacta, musicalmente intensa y narrativamente coherente, eslava. Escasa de dulzura, de misticismo, de religiosidad, de evaporación… de todo aquello que sublima el recuerdo de Wagner.

La producción se construye también en colaboración con un reparto muy solvente jugando entre la veteranía de Stephen Gould, quien hizo un alarde de facultades ante la narración de Roma, y la novedad representada por Lise Davidsen y Elena Zhidiva. Y también el orgullo de contar con Jorge Rodríguez-Norton, en el papel de Heinrich ser Schreiber, tercer cantante español que, con carácter solista, pisa el escenario de Bayreuth tras las históricas apariciones de Plácido Domingo y Victoria de los Ángeles.

Precisamente fue ella una legendaria Elisabeth, como ahora lo es Davidsen desde una perspectiva vocal distinta. Voz grande, caudalosa, robusta, muy crecida ante lo dramático. El tercer acto es soberbio por su dolorosa intensidad. El caso de Zhidova es similar aunque quizá sea esta su única actuación pues está en Bayreuth sustituyendo a Ekaterina Gubsnova lesionada durante los ensayos. Su interpretación de Venus desde una óptica más joven de lo que pudiera preverse, pero vocalmente abrumadora, fue un dechado de intención. Embaucadora, con sentido del liderazgo, incluso sorprendentemente irónica.

En esta dirección se refuerza la propuesta de Kratzer, tan alejada del mito erótico y tan escéptica ante la iconografía wagneriana, crítica e irónica. Kratzer construye un relato potente, incluso tanto que son varios los momentos en los que gana en importancia al foso. Pero hay mucha ciencia superponiendo referencias, añadiendo capas a la obra y despejándola de adherencias místicas. Posiblemente sea ese su gran pecado, al margen de codearse con ciertas incorrecciones, ya sea la «drag queen» Le Gateau Chocolat, el enano y la Venús hippie. Kratze los llama los activistas Venus y constituyen el Venusberg. Que en el teatro de Bayreuth se escuchen risas en muchos momentos, es algo que llama mucho la atención. El juego entre la representación de la obra y la realidad argumental de la propia composición es extraordinario con el teatro de Bayreuth convertido en Wartburg. Pero hay una perspectiva profunda como debate entre el arte y la política. El último acto con Tannhauser rompiendo y quemando la partitura es la revelación. El trabajo de Kartzer es emocionante, demostrando ser un profundo conocedor de la obra y sus circunstancias. Muy inteligente. Un punto presuntuoso, es posible. Tampoco Wagner era alguien humilde.

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