Sueño: un experimento hecho en la Antártida confirma los beneficios de la siesta

Lo comprobaron en el grupo que invernó en la Base General Belgraño II, un entorno tan hostil que prácticamente puede compararse con el medio ambiental espacial Crédito: Shutterstock

Con temperaturas de -30°C a -40°C y tormentas de hasta 200 kilómetros por hora, cuando se oculta el sol y desciende la noche polar sobre la Base General Belgrano II, a 1300 kilómetros del Polo Sur, podría suponerse que los audaces que le hacen frente a semejante aislamiento deben dormir gran parte de la jornada. Sin embargo, un trabajo de científicos argentinos que acaba de publicarse en Scientific Reports ofrece una foto más detallada y, en algunos sentidos, inesperada de lo que ocurre con los ciclos de sueño y vigilia en ambientes tan extremos.

De acuerdo con los resultados obtenidos, los invernantes de la más austral de las estaciones científicas argentinas en el continente blanco duermen en plena noche polar alrededor de una hora menos, pero compensan ese tiempo con una siesta más prolongada y de mejor calidad. Según los especialistas, estos resultados responden una pregunta bastante antigua: si la siesta es parte del ciclo sueño/vigilia humano. Todo indica que sí, contestan, y que es un recurso muy valioso para saldar nuestra deuda crónica de sueño.

“Para nosotros fue una sorpresa que la dotación durmiera significativamente menos en los meses de invierno -dice Diego Golombek, director del Laboratorio de Cronobiología de la Universidad de Quilmes y uno de los autores del estudio-. Aunque no habría que esperar variaciones, porque se respeta una rutina de trabajo (la luz se prende a una hora, se apaga a otra, tienen tareas establecidas). Sin embargo, parece que hay una influencia importante del fotoperíodo que provoca una variación estacional en el ciclo de sueño. Duermen casi una hora menos y lo compensan con una siesta más larga y más ‘eficiente’; es decir, ‘que rinde más'”.

“Los invernantes se iban a dormir una hora más tarde respecto del horario en que lo hacían al llegar -detalla Daniel Vigo, del Laboratorio para la Investigación Biomédica, de la UCA y el Conicet, y último autor del trabajo-. Esto sucede porque se pierden las referencias lumínicas que tiene nuestro reloj interno, que está sincronizado en 24 horas y media. Al no ver la luz del sol, de alguna forma los ciclos tienden a retrasarse un poco todos los días. El fenómeno no se advierte en toda su plenitud porque a la mañana se levantaban a la misma hora para trabajar y esto funciona como sincronizador. Pero estaban un poco más dormidos durante el día y, entonces, alargaban la siesta”. En algunos casos, duplicaban su duración

El encargado de tomar las mediciones fue Agustín Folgueira, en ese momento médico clínico del Hospital Militar Central. Folgueira pasó 366 días en la Base Belgrano II para desarrollar su tesis doctoral en el marco del proyecto “Cronobiología del Aislamiento Antártico: utilización de la Base Belgrano II como análogo espacial (Belgrano a Marte)”.

“Realizamos mediciones de una semana de duración en marzo, abril, mayo, julio y septiembre -comenta-. Cada individuo llevaba una agenda de sueño y respondía un cuestionario. Además, se le colocaba un sensor de movimiento similar a un reloj (actígrafo, que determina las horas que duerme a partir del movimiento). También usaban un sensor de temperatura sobre la piel para analizar las oscilaciones diarias de temperatura corporal. Les analizaba las variaciones diarias de la frecuencia cardíaca mediante un Holter y les tomaba muestras de orina para análisis de cortisol y melatonina (hormonas del estrés y del sueño). También hacían pruebas computarizadas para determinar el nivel de alerta. Lo publicado es solo una parte del proyecto, que todavía está en marcha”. Uno de los aspectos que quieren estudiar es cómo se relacionan estos hallazgos con otro entorno igualmente extremo: el del espacio exterior.

Para Daniel Cardinali, investigador superior emérito del Conicet en la Facultad de Ciencias Médicas de la UCA, que no participó del estudio, entre los aspectos más interesantes de este trabajo, el primero en estudiar los hábitos de sueño de un equipo latinoamericano en las condiciones extremas de la Antártida, “es el relacionado con el uso de la siesta en condiciones que en parte son extrapolables a las necesidades cotidianas de nuestra sociedad privada de sueño -afirma-. ¿Cómo compensar esta deuda de sueño sin que se produzca una privación de sueño crónica? Existe evidencia concluyente de que una siesta corta (de 20 a 30 minutos) proporciona un beneficio significativo para mejorar el estado de alerta y el rendimiento, sin dejar sensación de aturdimiento o interferir con el sueño nocturno. Aunque se ha estigmatizado muchas veces la práctica de la siesta, es evidente que constituye una forma efectiva y fácil de organizar nuestra jornada y adaptarnos a los requerimientos de la sociedad 24/7 en la que nos toca vivir”.

Marta Barbarito, investigadora del Instituto Antártico Argentino que estudia los cambios que introduce “el síndrome de invernada” desde hace 25 años y coautora del trabajo, destaca que en esos ambientes extremos “se advierte hipersomnia (caen la atención, la concentración), algo que sigue manteniéndose a pesar de las nuevas tecnologías, como WhatsApp, Skype o la posibilidad de conectarse vía internet”.

Noche polar: cuando no sale el sol

Fuente: LA NACION

La Antártida es el sitio más hostil e inhóspito del planeta, de ahí que se use como análogo espacial para analizar la adaptación a ambientes extremos. En este caso, un equipo de científicos argentinos descubrió que, en plena noche polar, los hombres que invernaban en la Base General Belgrano II, la más austral que el país mantiene en ese continente, dormían una hora menos, pero llegaban a duplicar la duración de la siesta. Según los especialistas, esto corrobora el valor de este período de sueño antes de las cinco de la tarde.

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