Sexo o gulag en Corea del Norte

Intentando desbloquear su atascado desarme nuclear, el dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, se reunirá el miércoles y jueves con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la capital de Vietnam, Hanoi, Su encuentro, el segundo tras el de Singapur el año pasado, servirá para seguir con el deshielo y rehabilitar ante la comunidad internacional al régimen comunista de Pyongyang, el más represivo del mundo. Pero en Corea del Norte no solo se violan derechos humanos, sino también mujeres.

Aprovechándose de su poder, gerifaltes del régimen, policías y soldados cometen todo tipo de abusos sexuales tan impunemente que se consideran algo «normal». Así lo desvelaba el año pasado un exhaustivo informe de la ONG Human Rights Watch (HRW), que entrevistó a 54 norcoreanas que habían huido tras la subida al poder de Kim Jong-un en 2011 y a ocho funcionarios que habían desertado. En otra encuesta del Instituto de Corea para la Unificación Nacional (KINU) a 1.125 desertores del Norte, el 48,6 por ciento aseguró que los abusos sexuales eran «comunes» y 33 mujeres reconocieron haber sido violadas en cárceles y centros de detención.

«Fui víctima muchas veces… Cuando les apetecía, los guardias del mercado o policías me obligaban a seguirlos a una habitación o donde ellos eligieran. ¿Qué podemos hacer? Nos consideran juguetes sexuales. Las mujeres estamos a merced de los hombres», cuenta en el informe Oh Jung Hee.

Igual de traumática es la vivencia de una joven que se oculta bajo el nombre ficticio de Yoo Yi, que pertenecía a la élite del régimen y tuvo que huir acosada por uno de sus guardianes. Hija de un secretario de la propaganda, trabajó entre 2012 y 2016 en la sucursal pequinesa de una empresa estatal, que se dedicaba a vender en China productos farmacéuticos, ginseng y la viagra norcoreana para conseguir fondos para el régimen. «Como no podíamos enviar el dinero por transferencias bancarias, lo mandábamos en sacos al norte con emisarios», contaba hace unos meses a ABC en Seúl.

Gracias a los contactos de su padre, con solo 20 años fue enviada a Pekín, donde ganaba mil dólares al mes, de los que 800 se los quedaba el régimen. Compartiendo piso con otra joven norcoreana, disfrutaba de una vida privilegiada, pero estaba vigilada por un policía maduro que no se cortaba en hacer comentarios soeces sobre su cuerpo cuando se reunían con otros funcionarios del régimen. A pesar de esta vigilancia, gozaba de cierta libertad y hasta podía ver a escondidas series surcoreanas que se descargaba de internet y tener una cuenta en Facebook con un nombre falso y una VPN (servidor conectado al extranjero), ya que dicha red social está censurada en China. «Un día conocimos en la calle a unos jóvenes surcoreanos y eran guapos y simpáticos, todo lo contrario a lo que nos habían enseñado en el colegio en Pyongyang», recuerda la joven.

Enfrentadas al dilema

Burlando a su guardián, Yoo Yi y su amiga salieron una noche con los chicos surcoreanos. Pero el policía las descubrió y ahí, atrapadas en esa grave falta, empezó su pesadilla. «Además de obligarnos a escribir una confesión, nos llamó por separado a mi amiga y a mí a su habitación. Advirtiéndome de lo que podía pasarme, me dijo que tenía que ser bueno con él y me obligó a sentarse en sus rodillas, donde podía sentirlo», relata sin entrar en detalles. «El estaba sentado en la cama y yo intentaba liberarme, pero me agarraba y amenazaba con usar la confesión contra mí» desgrana la muchacha, quien finalmente consiguió salir del cuarto. «Aunque mi amiga nunca me lo dijo, creo que logró algo más con ella», sospecha Yoo Yi, quien asegura que «los abusos sexuales son habituales porque son muy fáciles para los hombres con poder». Impotentes, para muchas mujeres solo hay dos opciones en Corea del Norte: sexo o gulag.

Temiendo un castigo, la joven huyó de China en 2016 tras ser llamada a Pyongyang cuando aún le quedaban dos años de estancia en Pekín. Aunque no sabe nada de sus padres desde entonces, ha rehecho su vida en Corea del Sur, donde estudia en la universidad y trabaja gracias a las ayudas del Gobierno a los desertores del Norte. «En Pyongyang tenía una vida cómoda, pero me faltaba la libertad y no podía hablar sinceramente con nadie, ni siquiera con mis padres», confiesa con amargura Yoo Yi, quien tiene un novio surcoreano. Otra prueba más de que el ser humano, afortunadamente, está por encima de la política.

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