Series de televisión: renovarse o aburrir

La segunda temporada de Mira lo que has hecho es más inteligente y sofisticada que la primera. También menos divertida. Retiene aciertos, unos actores por lo general bien escogidos y capítulos que se beben de tres en tres. En dos sorbos se ha liquidado el asunto. Se estrenó hace unos días en Movistar+ y es posible que algún lector ya la haya apurado entera. Resulta contradictorio que sus virtudes narrativas sean a la vez los principales lastres que sufre el humor de esta comedia valiente. Si en su primer curso Berto Romero demostró que sabe saltarse los muros del humor, como reírse de la muerte de un padre, en el segundo se vuelve cerebral, autocrítico y un pelín pedante, como él mismo se recuerda. Los guiones siguen trasteando con los supuestos límites de la corrección, pero su nivel de autoconsciencia es excesivo, como cuando un intérprete se sabe demasiado brillante o los guapos nos miramos al espejo. En ese ejercicio, el drama pesa demasiado y desactiva los chistes, el tono de humor se diluye. No es un defecto en sí mismo, pero supone una salida más fácil y menos efectiva. Por eso los músculos de la risa agradecen tanto la escena visual y básica del momento en que Eva Ugarte, de nuevo excelente, se pone de parto. Lo ocurrido, como la llegada de los hijos, es un paso natural y solo cabe aceptarlo. El propio protagonista lo hace, porque la espontaneidad y la pasión no duran siempre. Hay que inventarse algo para mantener la llama y Berto diseña una estructura de muñecas rusas, con la que ilustra lo complicado que es narrar la propia vida. Así que su personaje de ficción, ya suficientemente autobiográfico -asunto sobre el que gravitaron la mitad de las entrevistas que concedió el año pasado-, empieza a trabajar en una serie, también escrita y protagonizada por él, en la que recrea la vida familiar de un humorista, con sus dificultades y tentaciones. Belén Cuesta es su «tercera» mujer, elección perfecta, y una amenaza en la sombra para la «segunda», Ugarte, embarazada ahora de gemelos. El circo de tres pistas no se detiene y el juego de espejos permite un festival de interpretaciones, valga la ambigüedad, pero quien pide ahora a gritos una entrevista es la pareja número uno de Alberto Romero. «True detective» Al contrario de lo que suelen hacer Movistar+ y Netflix, HBO no libera sus historias en dosis semanales. Es un riesgo, que algunos agradecen. Con True Detective añade desconcierto. La pregunta que se plantean todos, antes e incluso después de ver los capítulos estrenados hasta ahora, es si la serie «ha vuelto», si Nic Pizzolatto es el que todos creíamos que fue siempre. El autor de la sugerente novela Galveston se dio de bruces en la segunda temporada con una oposición casi unánime, que se retroalimentó como respuesta natural al entusiasmo que generó el estreno de la serie, allá por 2014. Pese a sus desequilibrios, no creo que aquella continuación fuera el desastre descrito. Se obviaron virtudes y el hecho de que sus capítulos pares eran salvables. Con la tercera, «todo el mundo» se ha lanzado a recuperar de los trasteros el c atálogo de alabanzas, quizá merecidas, con toda seguridad prematuras y en exceso monolíticas. Es solo otra opinión. Luego están los que no soportaban desde el primer día la petulancia de Pizzolatto, con o sin Fukunaga como director. Un punto de impostura siempre ha tenido, admitamos. En cualquier caso, True Detective recupera sus orígenes en 2019 de dos maneras. En primer lugar, y como reacción timorata a la grada, regresa al esquema de entrevistas y flashbacks, lo que al menos en un plano subliminal le dice al espectador que vuelve a tener lo que pedía. La compleja estructura también transcurre en tres épocas distintas, en las que Mahershala Ali hace un trabajo sensacional, que no es el único y que le debe un imperio al departamento de maquillaje. La trama, sin embargo, se arrastra y abusa de los fantasmas, envalentonados en las telarañas mentales del protagonista, aunque cuando la acción se dispara, casi nunca, Pizzolatto exhibe su magnífico pulso.

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