Ryder Cup, una máquina de hacer dinero

Poco podía imaginar el empresario Samuel Ryder que la competición que ideó en 1926 fuera a convertirse en uno de los mayores negocios de la historia. Él solo buscaba que los mejores golfistas británicos pudieran enfrentarse a sus homólogos estadounidenses con ese espíritu de «fair play» que siempre ha impregnado a los isleños. y, aunque casi un siglo después, la idea sigue siendo la misma (los participantes únicamente compiten por su honor, sin cobrar nada a cambio), ahora hay una gran variante: el ingente dinero que se mueve alrededor.

Gracias al impulso de Jack Nicklaus y de Seve Ballesteros se cambió la dinámica de un torneo que con el paso de los años había caído en una abulia y un desinterés absoluto. En los primeras ediciones los norteamericanos ganaron dieciocho por solo tres derrotas, lo que empezó a aburrirles y a plantearse no asistir a la cita bienal. Así que el «Oso Dorado» presionó para el enfrentamiento se abriera a toda Europa y, a partir de 1979, se puede hablar de otra competición totalmente distinta. Con el impulso del cántabro y de sus coetáneos (Nick Faldo, Ian Woosnam, Bernhard Langer y Sandy Lyle) el bando continental fue ganando cada vez más y el interés creció exponencialmente. Tanto es así, que desde entonces los europeos han ganado diez veces y han caído en ocho. Las televisiones y los patrocinadores se han dado cuenta de la rivalidad y se ha ido construyendo un filón que en solo tres días es capaz de generar millones de euros.

La Ryder Cup se ha convertido en un espectáculo mediático (llega a 600 millones de espectadores) y en las últimas ediciones los ingresos directos han sido tremendos. Gracias al retorno en turismo, ventas de todo tipo y en futuros greenfees, en Gleneagles 14 hubo una repercusión de 130 millones de euros y en Hazeltine 16, de 80 (sin contar las salidas al campo). Sin embargo, este exceso económico ya está generando alguna suspicacia entre las empresas que apoyan, porque se quejan de que invierten mucho y no pueden disponer de los jugadores para sus actos promocionales. «Damos dinero a espuertas y no les tenemos disponibles ni para una foto» se queja una importante multinacional. No hay tiempo para contentarlas a todas y ahí hay un problema.

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