Rosh Hashaná: una invitación a volver a empezar

El año nuevo judío, que comienza a celebrarse mañana, contiene un sentido de renovación que merece compartirse entre todos Crédito: Ricardo Pristupluk

¡Y pensar que todavía hay algunos de mis paisanos que creen que los judíos no somos un tanto complicados!

Como para muestra basta un botón, tan solo escudriñemos por un ratito el suceso que acontecerá a partir de la noche de este domingo: el inicio del año 5780 del calendario hebreo.

En principio suena como algo sencillo, una especie de 1° de enero moishe con cena, brindis y “¡ good show!” (Tato Bores dixit). Pero no. No es tan así la cosa.

En realidad, no dura un día sino dos. ¿A quién se le ocurriría festejar también año nuevo el 2 de enero? Raro, ¿verdad? Y ni siquiera se trata del primer mes del año. No, ¡es el séptimo!

Para complicarla más, cualquier persona dotada de cierto sentido común supondría que celebramos algún acontecimiento de la historia judía. Tal vez el nacimiento de Abraham, el primer patriarca y a la vez el primer miembro formal del pueblo de Israel, el hombre que dio nacimiento a la idea del monoteísmo. O el aniversario de la muerte de Moisés, el héroe bíblico por excelencia (al menos del Primer Testamento) o -en una versión más romántica y naif- el de alguna de las cientos de bodas del rey Salomón.

Nada de eso. Absolutamente nada. El año nuevo judío curiosamente no está vinculado a ningún hecho específicamente judío. Rememora algo un tanto más amplio y que tiene que ver con la historia de la humanidad.

Contamos esos 5780 años a partir de la mítica aparición de Adán y Eva sobre la Tierra, en aquel remoto sexto día de la creación bíblica. Faltaban, desde el relato de la Torá, unas veinte generaciones para que surgiera Abraham. ¿Y entonces? Momentito, que para colmo de males el precepto central de esta extraña festividad no es ni el brindis ni la cena familiar, sino el escuchar en las sinagogas el sonido (bastante poco exquisito) de un cuerno de carnero: el shofar.

No pienso desenredar esta intrincada madeja de sentidos. Sería demasiado ambicioso pretender hacerlo, y menos aún en este limitado espacio. Sin embargo, se me hace que algunas de tales rarezas pueden aportar algo de relevancia en estos tiempos generalmente livianos de significado.

Que el universo es bastante más extenso que la vida de cada uno de nosotros (o de su círculo de pertenencia, por más amplio que fuera) es un hecho incontrastable. No darse cuenta de ello es garantía de un abono en el psiquiatra. Así y todo es necesario reafirmarlo, cada tanto, por varios motivos. Por un lado, para bajar el copete de los que lo tienen demasiado elevado, o para subirlo en el caso de aquellos que se perciben muy por afuera del recuadro de la foto. También es preciso renovar la conciencia de nuestra total hermandad, no solo en formato de origen al descender simbólicamente de aquella primera pareja humana, sino básicamente en el sentido de constatar que todos estamos inexorablemente interconectados, y que cada acto personal -por más pequeño que sea- incide en todo y en todos.

Si es cierto lo de “año nuevo, vida nueva”, bien vale la pena entender aquí la imperiosa necesidad de sumar otro día al festejo. El segundo día de esta fiesta de Rosh Hashaná resulta así más importante que el primero, pues suele suceder que casi nada de lo que nos sale en primera instancia es del todo exitoso.

Ni siquiera al mismísimo Dios le salieron las cosas muy bien que digamos “de entrada”. Adán y Eva no se destacaron precisamente por ser muy ejemplares. Y sus hijos, con Caín a la cabeza, tampoco. Esa primera creación fue -en cierto modo- un fiasco. A tal punto de frustración llegó el Creador con sus criaturas que unas diez generaciones después (cada una de ellas acompañada de una medida mayor de crueldad) decidió cortar y dar de nuevo. El recurso fue el diluvio, y de allí en más, con Noé, empezó un segundo modelo de humanidad, la que sería la versión 2.0, ésa en la que todavía -y a los tumbos- andamos.

Este primigenio canto a una second chance también lo podemos notar en tono judaico. Las tablas de la ley, esos mandamientos que nos han marcado a fuego, no son las que le entregó Dios a Moisés. Esas las rompió el profeta en pedazos al ver al pueblo danzando ante un becerro de oro. Hubo que volver a escribirlas, vale decir que también de ellas tenemos una segunda versión, más humana, más frágil, pero más real.

El suntuoso Primer Templo de Jerusalem construido por el rey Salomón hace tres milenios terminó igual de destruido. Se reconstruyó y se reinauguró como Segundo Templo, y de él solo quedan añicos, un pequeño muro que a su vez es también testimonio de una nueva apuesta a las segundas partes, a los nuevos intentos, a volver a empezar.

Lo sagrado de la creación que se renueva en un sentido total en estos días festivos debiera impulsarnos a la misma intención de renovación del ser de cada uno de nosotros.

Y entre la constante aceleración y la multiplicidad de ruidos en la que transcurrimos, escuchar el sonido quebrado de ese primitivo cuerno podría ayudarnos a volver a sentir ese quejido inicial con el que nacimos, ese soplo vital que nos invita en este nuevo año, a poder ser -otra vez- una mejor versión.

¡Shaná tová! ¡Buen año!

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