Rosendo, cuando urbano significaba auténtico

Cuando a Rosendo le comentaron hace un par de años que había una propuesta municipal para levantar una estatua en su honor en Carabanchel, su barrio de toda la vida, respondió que «hay cosas más importantes en las que gastar el dinero». Cualquier artista de la música de moda, ese estilo llamado «urbano», mataría por algo así. Pero Rosendo, aun siendo totalmente vigente y necesario hoy en día, pertenece a otra época en la que había otras maneras de vivir, una época en la que urbano significaba auténtico.

Eso es lo que se celebró anoche, la autenticidad, la honestidad y humildad de un rockero que consiguió que molase cantar en español, que en las canciones se dejara de hablar de lugares remotos que nadie conocía, haciendo protagonistas a las calles de una ciudad, Madrid, de la que ayer, todavía cuesta escribirlo, se despidió para siempre. Pocas veces se puede vivir un ambiente tan extrañamente combinado de veneración, nostalgia y euforia como el que se respiraba ayer en el concierto del maestro en el WiZink Center, por supuesto abarrotado hasta los topes (las entradas se agotaron hace meses) para decirle adiós con todo el dolor del mundo, y quizá empapado con un poquito de esperanza de que el autor de «Que si vengo, que si voy» se arrepienta y vuelva a regalarnos más directos.

Teloneado por su hijo

Horas después de revolucionar las redes sociales con el que quizá fuese el primer «trending topic» de su carrera (las despedidas siempre dan morbo), y tras afinar cuidadosamente su guitarra en los camerinos del WiZink Center mientras terminaba el concierto telonero a cargo de su hijo Rodrigo, Rosendo Mercado salió al escenario mientras la pista coreaba su nombre. «¡Madrid, buenas noches!», gritó al terminar una arrolladora ejecución de «Aguanta el tipo» ante su hinchada, que otra vez volvió a corear «¡Roseeendo, Roseeendo!». La electricidad hizo su trabajo, y la fiesta comenzó a desmadrarse en el mejor de los sentidos al ritmo de «Cosita», «… Y dale!», «Vergüenza torera» o su acelerada y preciosa versión del «No dudaría», de Antonio Flores. Bien flanqueado por sus músicos pero solitario bajo los focos, rodeado por cañones de luz y respaldado por las pantallas gigantes, Rosendo sonó claro y fuerte en todas las notas, las altas y las bajas, y guitarreó con la energía juvenil de sus mejores tiempos, si es que alguna vez los tuvo malos. Tampoco ha llegado a estar nunca de moda en sus 45 años de carrera, eso es cierto, pero ahí radica su mayor encanto.

Los más de 15.000 fans lo cantaron todo, acompañándole con su coro multitudinario en cada verso de esta última liturgia de rock urbano en la capital. «Agradecido», «Loco por incordiar», «Maneras de vivir», «Flojos de pantalón»… sonaron muchos de los grandes clásicos indispensables de su gloriosa y fugaz etapa con Leño, y de su igualmente gloriosa pero afortunadamente longeva carrera en solitario. Aun así, con un cancionero tan brillante como el suyo fue imposible no echar de menos algún que otro tema, claro.

Más de uno se fue de allí asegurando que, a pesar de que vaya a continuar grabando cosas en estudio, el Rosen no puede dejar la carretera así, tan en forma. «Además es raro que su último concierto sea en Barcelona (este fin de semana) y no aquí», comentaba un fan. Miguel Ríos se ha arrepentido de «dejarlo» varias veces, así que, quién sabe. Por si acaso, sus fans anoche le dejamos bien claro que estamos agradecidos, y que prometemos estarlo para siempre.

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