Rosalía se «cuela» en la fiesta de los viejos bardos

Frente a listas impostadas o simples remedos de lo que nos dicen desde fuera, esto es lo que ha ido apareciendo como más reseñable en ABC Cultural.

RY COODER. «The Prodigal Son» (Fantasy). Cooder levanta una señal de alarma, como la del guardavías alertando sobre el descarrilamiento de nuestra civilización. Viajero incansable, realiza una labor de reverencia al «blues», al papel primordial del respeto y la reverencia, rindiéndose a himnos como «Harbor of Love». Canciones preñadas de góspel, dotadas de un sonido urbano, como viejas plegarias desatendidas vueltas a resucitar. Impresionan las texturas, a veces luciérnagas en la noche, otras humeantes y espesas. Este disco es como el hogar al que siempre vuelves.

ELVIS COSTELLO. «Look Now» (Concord). En este trabajo se dan cita leyendas vivas, verbigracia Carole King y Burt Bacharach, como si Costello quisiera volver a recrear la magia del Brill Building. Exuberante se muestra Costello en los arreglos, en melodías que parecen haber estado ahí siempre, véase «Unwanted Number», ecos de la Motown, «soul» por los cuatro costados.

ANDRÉS CALAMARO. «Cargar la suerte» (Universal). El regreso de Calamaro, a sus 57 años, podía haber quedado -como dice el propio Andrés- en «falso Louis Vuitton». Pero sale airoso en todos los tercios, aprovechando oportunidades con sus manoletinas a este mundo absurdo, sus pases de ironía, luciendo traje de luces (y de sombras), ora Keith Richards, ora Dylan, cuando no Sabina. Hay guitarras eléctricas y abundante pedal «steel».

DAVID BYRNE. «American Utopía» (Nonesuch). Es paradoja grande que quien apela a la utopía sea quien más clarividente visión tiene del presente. David Byrne, el que fuera líder de los Talking Heads y del sello Luaka Bop, uno de los agitadores culturales norteamericanos más importantes, nos ayudó en plena turbulencia a rescatar una forma de optimismo constructiva.

SPIRITUALIZED. «And Nothing Hurt» (Bella Union). Jason Pierce tardó seis años en sedimentar una montaña de armonías, coros góspel y sinfonías jupiterinas. Con apenas medios dio a luz una alquimia donde se citan el muro de sonido de Phil Spector en «The Morning After», la verdad abstracta de Oliver Nelson en «On The Sunshine» o la grandiosidad de Leonard Cohen en «I’m Your Man», utilizando crescendos que recuerdan esas escaleras imposibles de Escher en «Sail On Through» o en «A Perfect Miracle».

J. MASCIS. «Elastic Days» (Sub Pop). El geniecillo de los mil pedales de «fuzz» cuanto más le crece la barba a lo mago Merlín más despejada se le quedan las conexiones entre dendritas y axones. Ni en sueños podríamos haber sospechado que el líder de los legendarios Pavement nos firmara un disco tan redondo, pura emoción que recopila la sabiduría del pop eléctrico del último cuarto de siglo.

PAUL SIMON. «In The Blue Light» (Legacy). Más que recreación, Simon nos deja una suerte de hermenéutica musical que, en la hora del crepúsculo creativo, se ha tomado muy en serio, como un último ajuste de cuentas personal. Esfuerzo hipnótico y ejemplar. Como Paul confesó este año, al retirarse de los escenarios, estas grabaciones «son una nueva capa de pintura en las paredes de una vieja casa familiar».

PAUL MCCARTNEY.«Egyptian Station» (Capitol). Este también ha sido el año de Macca junto a Corden en «The Late Late Show» recorriendo las pulcras calles de Liverpool, la curva de Penny Lane… Mensajes a favor de la paz, hits de melodías pegadizas, pop barroco, ecos de ópera rock, homenajes a Lennon… Y es que Paul, como Dalí, no pretende ser moderno: ya lo es.

ROSALÍA. «El mal querer» (Sony). Cuando hace un año «Los Ángeles», el primer álbum de Rosalía, era elegido por esta casa como el mejor disco de 2017, aquello sonaba a osadía. Ahora, con dos Grammy latinos, «El mal querer» ha transmutado a Rosalía en fenómeno de dimensiones insospechadas. Una ventana abierta a un arte, el flamenco, capaz de romper fronteras si se le arropa con un atrezo novedoso.

KAMASI WASHINGTON. «Heaven and Earth» (Shoto Music). El saxo neoyorkino deslumbra con un disco doble que se monta a lomos del Bitches Brew de Miles Davis. La tradición del «bop» se abre a capas de ritmos afrolatinos, aromas de fantasmagórico «soul» y especias variadas para una obra que es punta de lanza en la renovación del jazz. Arriesgados planteamientos que recorren los surcos como corrientes salidas de infernales teclados que se funden con percusiones de Harlem o el Bronx.

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