River llega mejor: huele sangre y se siente a gusto

Marcelo Gallardo, el artífice de este River otra vez protagonista en la Libertadores Fuente: Reuters

River está protegido por una fuerza superior, sin dudas. La convicción por una idea, el estilo, ese es su magnífico capital. Ese refugio que le permite sostenerse aun en los pasajes de adversidad. Y Marcelo Gallardo es el responsable de haber salpicado a su equipo con una fragancia distinguida y, también, con un tufillo arrabalero. Alerta y exige. Sinfónico y pendenciero en dosis pragmáticas. Con tendencia al victimismo, sí, también. River no es perfecto. Acostumbrado a los edulcorados elogios, a veces Gallardo se siente bajo vigilancia, y cuando no agita conspiraciones, inyecta rabia, rebeldía, un combustible imprescindible para ganar. Adora el riesgo. Boca será otra estación peligrosa…, y esos son sus retos favoritos.

Imposible atropellarlo, por eso River pisará el Monumental el próximo domingo con ventajas. La idea está afirmada, la partitura la saben todos. Si lo internan en la selva, sale de caza. Si lo obligan a caminar sobre las brasas, se las ingenia hasta extinguirlas. Porque la herencia emocional es otro de sus valores. De sus centinelas. Nunca se rinde. Las sensaciones gobiernan, y si bien Capaldo, Marcone, De Rossi o Soldano no tienen la culpa ni arrastran ningún pagaré desde Madrid, el mundo Boca no tardará en hacerles sentir que otra vez contra el archirrival no se puede fallar. River juega sin deudas. Puede perder, claro, pero generalmente no pierde. No es casual: encadena 14 partidos que no cae ante un adversario grande, con diez victorias y apenas cuatro empates.

Gallardo contagia superación y lo siguen. Únicamente está cómodo cuando la obligación es máxima, por eso se potencia si merodea la fatalidad, si se sugiere un final de ciclo. No importa si faltan Enzo Pérez, Pinola o Ponzio, o si Pratto y Scocco parten desde el banco de los suplentes. No se lamenta por los ausentes porque todos responden a un plan. Sin ‘Wanchope’ Ábila, Zárate y Salvio, Boca se sumerge en un rompecabezas.

A veces River luce. Otras tantas, pragmático y despiadado, reduce al rival sin arabescos ni fantasías. Un equipo asentado, un funcionamiento reconocible. Boca todavía es inmaduro e inestable, un diagnóstico que nace del riñón xeneize: lo firma Gustavo Alfaro. En los partidos sin retorno, cuando la trascendencia es máxima, River se siente cómodo. No tiembla. Una gestión de cinco años contra un ciclo de ocho meses. ¿Determinante? No. ¿Influyente? Sin dudas. Si lo más difícil para un entrenador es transmitir una marca, River la lleva grabada. Es ferozmente competitivo. Huele sangre y se le asoman los colmillos.

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