Reseña: Los triunfos pasajeros, de Melina Dorfman

“Habían pasado tantos años desde la última cita que ya me consideraba una fundamentalista de la imposibilidad”, dice la narradora de Los triunfos pasajeros. En primera persona, Melina Dorfman (Buenos Aires, 1977) construye una crónica de las desventuras amorosas de Ruth, una periodista neurótica y con baja autoestima, que busca infructuosamente el amor. La primera escena es un resumen de todo lo que vendrá después. Ruth llega a una cita a la hora pactada, pero Félix, el candidato, no aparece. Lo espera un tiempo y decide llamarlo. Lo encuentra a la vuelta de la esquina, tirado en la puerta de un edificio, semiinconsciente y drogado. Así, la espera, el miedo y la frustración se vuelven una constante que atraviesa el relato.

Ruth usa un lenguaje serio, acartonado e incluso hasta artificial. Con insistentes soliloquios busca teorizar sobre la vida e intenta encontrarle cierta racionalidad a los eventos que le suceden, con una fuerte convicción de que la causa de todos los males es ella misma. También aparecen las voces de las amigas, que más que aconsejar parecen desaconsejar, la voz de Félix y otros amantes mediante mensajes de texto, que le recuerdan su soledad. Esa mirada de los otros refuerza la de la protagonista sobre sus malas decisiones. Sin embargo, no logra salir de esa repetición, que se torna exasperante.

Lejos de la magdalena evocativa de Proust, Dorfman acude a los escones como una metáfora para los infortunios de la narradora. La mirada del amor romántico frustrado hacen de la trama un cliché, aunque la singularidad y extrañeza de Ruth le dan a Los triunfos pasajeros un tono más interesante.

Los triunfos pasajeros

Por Melina Dorfman

Tenemos las Máquinas124 páginas$ 440

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