Reseña: La matriarca, el barón y la sierva, de Federico Andahazi

El espejo deformante de la historia

La matriarca, el barón y la sierva, novela de Federico Andahazi, se inspira en un hecho real ligado a Juan Manuel de Rosas. Sin embargo, este vínculo debe considerarse un mero punto de partida para una ficción que, más allá de las alusiones al régimen político instaurado por Rosas -con el apoyo fundamental de su mujer, Encarnación Ezcurra-, se aleja de un marco historicista para dar vía libre a la imaginación.

Poco antes de morir el teniente Juan Gregorio Rendo le pide al barón (a quien llaman el gobernador) que cuide de su hija María Emilia hasta que se haga mayor. Aunque el gobernador, “dueño de medio país”, le promete tratarla como si fuera su propia hija, María Emilia pasa a ser la “sierva” y debe soportar el maltrato y el abuso de su supuesto protector.

Su esposa, la matriarca (o la generala), es “la madre de la patria”, una persona “brutalmente religiosa” y la que en verdad ejerce el poder de una manera despótica: “insultaba a los capataces de los campos, a los generales del ejército, a los diplomáticos propios y a los extranjeros. Solía hablar con más desprecio de los suyos que de los enemigos”. La relación de María Emilia con la generala se compara “con la de un niño que, perdido en la jungla, hubiese sido adoptado, criado y amamantado por una hiena”.

Andahazi recarga las tintas en la conformación del retrato del matrimonio y la conjunción de sus psicologías. No busca un estereotipo, sino alcanzar un nivel simbólico mediante un espejo deformante que le permita evocar las imágenes de otros matrimonios que han regido el destino de la Argentina. En política, ya se sabe, la realidad suele superar a la ficción. Además, esta alianza perversa entre el barón y la matriarca apunta a una paradoja que también se proyecta a los tiempos actuales: si bien la generala es quien ostenta el poder real, en lugar de utilizar su omnímoda autoridad con un propósito feminista, lo pone al servicio de un modelo patriarcal.

Juntos administran un sistema dictatorial y corrupto en el que no hay “una frontera bien demarcada entre las arcas públicas y los caudales privados”. La matriarca revisa el correo de los ciudadanos “para desbaratar traiciones”, y en las regiones subterráneas de la casa donde viven existe una prisión infernal en la cual “se mezclaban asesinos, enfermos mentales, hombres, mujeres y niños que habían nacido con deformaciones físicas o anímicas”. El ejército se compone de “fuerzas salvajes” que salen a la caza de opositores para decapitarlos y meterles “mazorcas que les destrozaban las tripas”.

En las descripciones predomina un expresionismo literario que tiende a lo esperpéntico. El clímax de lo truculento se produce en unas instalaciones, similares a las de un circo romano “menesteroso [.] atestado por una concurrencia desdentada”, en las que se llevan a cabo distintas clases de espectáculos violentos y cuya atracción principal es una lucha de niñas.

Allí le toca pelear a María Emilia. Este personaje conserva su dignidad a pesar de las vejaciones a las que la someten y por momentos parece representar la figura de una República muchas veces humillada. Hacia el final Andahazi acentúa ciertos rasgos alegóricos y propone una atemporalidad apocalíptica en la que cabe la cita de una canción de Spinetta.

La yuxtaposición de referencias históricas y elementos que se inclinan a lo fantástico puede desorientar, pero a cambio la novela consigue transmitir con gran intensidad los efectos nefastos de una autocracia y sugiere que las ansias enfermizas de dominación que impulsan a algunos seres humanos trascienden el maniqueísmo de género o los dogmatismos ideológicos y se nutren de estratos psíquicos más profundos y complejos.

El matriarca, el barón y la sierva

Por Federico Andahazi. Planeta. 230 páginas, $ 699

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