Regresa la «libertad escandalosa» de Houellebecq

«¿Mi hijo? Un cabrón con pintas», declaró Lucie Ceccaldi, la madre de Michel Houellebecq, dos años antes de morir, a los ochenta y cuatro años. Doctora en medicina, anestesista, comadrona, nacida en Árgel, instalada en la isla de La Reunión (territorio francés de ultramar) a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, Lucie Ceccaldi descubrió horrorizada que su hijo hablaba de ella en el segundo de sus libros, «Las partículas elementales» (1998), en unos términos peor que escandalosos, convirtiéndola en una suerte de ninfómana adepta a una secta lúbrica partidaria de la «libertad sexual sin freno».

A partir de esa «anécdota», Lucie Ceccaldi decidió responder a su hijo, publicando un libro destinado a contar su propia verdad sobre su vida y su vástago, presentado de este modo: «Las mentiras que cuenta mi hijo serían aceptables si hubiese utilizado nombres imaginarios… ¡pero me ha convertido en una puta callejera, un pendejo caprichoso, utilizando mi propio nombre, el nombre de su madre! Peor, convierte a su propia madre en una puta por dinero. Le gusta mucho el dinero. Y esas cosas de la sexualidad venden mucho».

Nadie duda que Michel Houellebecq aportó a la prosa francesa, desde su primer libro, «Ampliación del campo de batalla» (1994), una suerte de «libertad escandalosa», e introdujo temas íntimamente relacionados con la descomposición moral de Francia. Se trató, en su día, de una novedad que sedujo a muchos lectores y una cierta crítica, ávida de emociones fuertes, instalándole en el podio de una novela francesa que «rompía» con otras tradiciones nacionales, de verbo menos canalla, más ensimismadas.

Siguieron siete novelas, de «Lanzarote» (2000) a «Serotonina» (saldrá a la venta el próxima 9 de enero), utilizando siempre los mismos recursos expresivos y publicitarios, al servicio de temas de «actualidad candente», del turismo de masas al islam de Francia. Si el estilo y la prosa de Michel Houellebecq se dejan arrastrar por los arrabales de la lengua coloquial, la puesta en escena comercial de sus novelas se inscribe en el gran arte de la publicidad de masas.

Sus silencios

Houellebecq puede guardar silencio durante meses y años. Para irrumpir en la escena pública con intervenciones que intentan satisfacer a un público sensible a la abyección. Dirigiéndose a un público agnóstico o musulmán, el novelista llegó a declarar: «¿Los cristianos? Abortos del coño de María». Dirigiéndose a un público católico, añadiría: «El islam, una religión de cabrones e ignorantes». Afirmaciones que podría «complementar» afirmando que la mejor manera de combatir al islam francés sería restaurando el catolicismo como religión de Estado…

El 28 de septiembre pasado, Houellebecq contrajo matrimonio civil con Qianyun Lysis Li, joven estudiosa de su obra, en la alcaldía del distrito XIII parisino (Chinatown-sur-Seine). Nicolas Sarkozy y Carla Bruni fueron sus invitados de honor. Pocos días más tarde, el novelista confesó que Donald Trump le parece uno de los mejores presidentes de la historia de los EE.UU., en guerra comercial contra la UE, cuya Política Agraria Común (PAC) es una de las bestias negras del novelista, culpable, a su modo de ver, de las tentaciones suicidas de los agricultores franceses.

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