Reaparece Román, oreja a De Justo

Dos interesantes carteles suben el tono de la Feria de Julio, que era la principal de Valencia, más que las Fallas, pero que sobrevive ahora difícilmente porque la gente huye del calor hacia las playas cercanas. (Una gran ventaja, aquí, es que la estación de cercanías deja a la puerta de la Plaza de Toros, situada en el mismo centro). La gran noticia es la reaparición del valenciano Román, después de su gravísimo percance, en San Isidro: le cogió el toro por entrar a matar muy recto y ha demostrado una entereza, en horas muy duras, que le ha granjeado respeto y simpatía. Está bien pensado enfrentarlo, mano a mano, con Emilio de Justo, la gran revelación de la pasada temporada.

Las connotaciones sentimentales aumentan y se enredan como cerezas. Resulta que Emilio de Justo se presenta esta tarde en Valencia como matador pues no pudo torear en Fallas, donde estaba anunciado, por haber sufrido una cornada. Y resulta que tampoco pudo acudir a Las Ventas a torear las reses de Baltasar Ibán; lo sustituyó Román y sufrió el gravísimo percance. Alternan ahora, por fin, como si fuera un melodrama de Hollywood. No existe, entre ellos, la rivalidad propia de un mano a mano (eso, por desgracia, ha pasado a la historia) pero sí el enfrentamiento de dos diestros que aspiran a la primera fila. Se guarda un minuto de silencio, en el aniversario del fallecimiento de Curro Valencia. También se entrega un trofeo a Román, acogido con gran cariño por los paisanos, con gritos de «¡Torero!»

Los toros de Montalvo, nobles, dan buen juego, en general, pero acusan falta de fuerzas. Emilio de Justo corta sólo un trofeo y pierde la salida en hombros por culpa de la espada. Román acusa el percance a la hora de matar.

No le está siendo fácil la temporada a Emilio de Justo: ha sufrido varios percances, que le han hecho perder varios contratos. Acabamos de verlo en Santander, en una actuación seria, rematada con buenas estocadas. El primero acude bien al caballo, flojea un poco pero resulta un noble colaborador. En la faena, destacan los pases de pecho, muy de verdad, y los naturales citando de frente, dando el pecho. Como está muy a gusto, prolonga en exceso: a pesar de la gran estocada, el toro no cae y falla reiteradamente con el descabello, perdiendo el seguro trofeo. El tercero, aplaudido por su espectacular salida, flaquea luego un poco pero va largo. Saluda en banderillas Morenito de Arles. Brinda a Román. El comienzo de faena, por bajo, es brillante; luego, le exige demasiado al toro, justo de fuerza, pero concluye con buenos naturales de frente y una gran estocada: justa oreja. En el quinto, sin dudas ni probaturas, realiza la faena más compacta y completa de la tarde pero, queriendo amarrar el triunfo, alarga en exceso, pincha dos veces antes de la estocada y se queda en la vuelta al ruedo. Lo mejor: intenta hacer el toreo clásico, sin martingalas. Ha de corregir la irregularidad con la espada: alterna fallos y grandes estocadas.

La cercanía de la tragedia no le ha quitado a Román su simpática espontaneidad ni su natural valor; sin perderlo, debe medir los excesos temerarios. El segundo se mueve pero sin fijeza, no le deja a Román lucirse con el capote. Brinda al ministro Ábalos (el que unió la Fiesta con la caspa, aunque ahora lo niegue, y algunos se lo crean), que recibe una fuerte pitada. Tarda Román en acoplarse; al final , lo consigue, en muletazos de mano baja y, arrebatado, sin ayuda. La faena ha sido larga, mata muy mal, suenan avisos y se esfuma el premio. Devuelto por flojo el cuarto, el sobrero también renquea de atrás y se para muy pronto. Brinda Román al público (¿no hubiera sido más lógico hacerlo en su primero?) pero el toro se para y el trasteo se diluye. Acusa la inactividad al entrar a matar. El último es el más complicado, saca genio. Román aguanta las rebrincadas embestidas. No es faena lucida pero sí un escalón más de su recuperación, que no es sólo física sino psicológica. Vuelve a acusarlo, al matar. Los paisanos le despiden con cariño. Ya habrá tiempo para nuevos triunfos…

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