Que en la tierra arrasada por el fuego germine el diálogo

En el Paleolítico Medio el hombre de Neandertal empezó a nuclearse en cuevas en torno a una fogata que lo abrigaba de los fríos intensos de la época interglaciar, mejoraba su capacidad de defensa como consecuencia del temor de los animales al fuego y le posibilitaba conservar por más tiempo los alimentos una vez cocidos. El fuego nos hizo más humanos e inteligentes, e impulsó la forma en la que compartíamos información y transmitíamos conocimiento. Su conservación era sagrada; su extinción era sinónimo de desastre.

Hoy el desastre es no poder extinguirlo. Millones de hectáreas del bosque tropical más grande del mundo, pulmón del planeta y gran regulador del clima mundial, se están quemando en Brasil, Paraguay, Perú y Bolivia. Esto afecta a más de 350 comunidades indígenas, 40.000 especies de animales y plantas, y 2500 variedades de peces. Además, el fuego rompe el ciclo natural del agua y las precipitaciones, amenazando con sequías a la cuenca amazónica y la cuenca del Plata. Así como el fuego fue el elemento que permitió la formación de las primeras células sociales, hoy está dividiendo a la sociedad. Facciones en pugna, que a su pesar son distintas caras de una misma moneda, descreen de que estos incendios puedan ser naturales aun en épocas de seca y calentamiento global.

Los ecologistas dicen que el agronegocio ha prendido fuego en la Amazonia y que productores rurales coordinadamente provocaron incendios en sus propiedades no solo para deforestar parcelas para el pastoreo. Acusan al presidente Jair Bolsonaro de que el desarrollo brasileño pasa por deforestar la Amazonia, propiciar la legalización de la minería en las reservas indígenas y reducir la fiscalización en áreas protegidas. Emulando a nuestro grupo de exsecretarios de Energía, ocho exministros de Medio Ambiente brasileños acusaron a Bolsonaro de poner en marcha una “política sistemática, constante y deliberada para desmontar las políticas medioambientales”, con acusaciones puntuales como transferir al Ministerio de Agricultura la demarcación de tierras indígenas, o la extinción de la Secretaría de Cambio Climático.

Algunos sugieren que los fuegos se iniciaron en Bolivia, y acusan a Evo Morales de mentir, al afirmar que el fuego estaba bajo control cuando eran 300.000 las hectáreas afectadas, y que ahora se ha quemado casi un millón de bosque seco y chaqueño gracias a las políticas Bolsonaro de ampliación de frontera agropecuaria aplicadas. Por su lado, Bolsonaro se muestra como víctima de una campaña de grupos ambientalistas contra el país y su gestión, y los acusa de ocasionar deliberadamente las llamas, aclarando que él no es ningún Nerón.

Mientras, el papa Francisco instaba a orar “para que, con el compromiso de todos, los incendios puedan ser domados lo antes posible” en una Europa que convenidamente se olvida de que alguna vez fue bosque y se desarrolló en parte gracias a talar tierras se le exigía a Brasil cuidar lo que se considera de todos. El presidente francés, Emmanuel Macron, sugirió que si Brasil no cumplía con sus compromisos ambientales, podría verse amenazado el acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur. El presidente brasileño acusó al francés de “interferir en la soberanía de Brasil” y de tener una “mentalidad colonialista”. Desde la presidencia se sugirió que los europeos aprovechan el discurso ambientalista para justificar nuevas restricciones comerciales contra el país, recordando que años atrás la fiebre aftosa fue usada como mecanismo proteccionista para frenar las exportaciones brasileñas.

Por suerte las aguas se calmaron y el G-7, reunido en Biarritz, acordó movilizarse para ayudar a los países afectados de la Amazonia. Todos estos cruzamientos, que además son una pérdida de tiempo cuando lo urgente es combatir los incendios, debieran abordarse de otra manera. Geopolítica, cambio climático, recursos naturales, deforestación, expansión de fronteras agrícolas, reclamos indígenas, oportunismo -de políticos y ambientalistas-, inacción deliberada, teorías conspirativas o acusaciones cruzadas difíciles de comprobar constituyen una mezcla explosiva que puede ser más dañina que los propios incendios si no volvemos al fuego primigenio que nos hizo más humanos. Es de esperar entonces que de la tierra arrasada por el fuego germine el diálogo racional y la búsqueda consensuada de soluciones.

Ensayista. Exdirector general de la Comisión de Ecología de la Legislatura porteña

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