Prudencia y moderación para alejarnos del abismo

Fuente: LA NACION РCrédito: Alfredo Sabat

Los argentinos podemos dar fe de que nuestro sistema político funciona de forma más que desastrosa. Somos testigos, sobrevivientes y protagonistas (pasivos o activos) de este mecanismo monstruoso, perverso y resiliente que destruye valor, vidas, ilusiones, proyectos y esperanzas. Hace largas décadas que el país permanece encerrado en un laberinto autodestructivo. Y desperdiciamos demasiadas oportunidades para intentar romper esta patética decadencia.

Todo ocurre como si nos empecin√°semos en profundizar complejos c√≠rculos viciosos cuya din√°mica, como en estos d√≠as, se espiraliza a ritmo irregular como resultado de decisiones tal vez bienintencionadas, pero elaboradas de forma improvisada, ejecutadas en el peor momento y sin la necesaria (¬Ņm√≠nima?) coordinaci√≥n con y entre los principales actores pol√≠ticos, econ√≥micos y sociales. Los resultados, en consecuencia, nunca son los esperados. M√°s bien todo lo contrario: m√°s temprano que tarde, terminamos advirtiendo que todo sali√≥ mucho peor de lo que los m√°s esc√©pticos se animaban a aventurar.

A pesar de que cambian los personajes (sus ideas, sesgos, pr√°cticas, caprichos, obsesiones), los gobiernos, los contextos dom√©sticos e internacionales, los problemas, curiosamente, siguen siendo los mismos. Crisis fiscales, d√©ficits comerciales, inflaci√≥n, devaluaciones, corridas cambiarias y bancarias, crisis de la deuda, desconfianza, desempleo, pobreza, marginalidad. A pesar de lo recurrente de estos episodios (se trata de la quinta crisis extrema en apenas 44 a√Īos), la sociedad argentina no logra aprender de estas experiencias tan traum√°ticas. No solo no hacemos nada para evitarlas: persistimos en los errores que nos llevan a estrellarnos sistem√°ticamente contra el mismo pared√≥n.

Un elemento en com√ļn entre todos las transiciones desastrosas de la historia argentina contempor√°nea es que se trata de una batalla sin ganadores. Es cierto: una de las fuerzas se quedar√° finalmente con el poder. En el camino, perdimos todos los ciudadanos de a pie, en especial los sectores m√°s vulnerables. Pero tambi√©n -y en especial- los protagonistas. Un pa√≠s que es ya dif√≠cil de gobernar, luego de un vendaval pol√≠tico como el que estamos viviendo en estos momentos, se vuelve pr√°cticamente incontrolable. ¬ŅAcaso Carlos Menem obtuvo una gran victoria luego de haber fomentado la falta de cooperaci√≥n de los organismos multilaterales hacia el gobierno de Ra√ļl Alfons√≠n? Controlar la hiperinflaci√≥n le tom√≥ al caudillo riojano casi dos a√Īos. Mirando en perspectiva las crisis pasadas, incluyendo el caos de 2001, podr√≠amos concluir que, contrariando el axioma maximalista que sostiene que “cuanto peor, mejor”, la Argentina es un contundente caso que demuestra exactamente lo contrario: cuanto peor es la crisis, m√°s destrucci√≥n y v√≠ctimas quedan en el pa√≠s.

Podr√≠amos adjudicar casi toda la responsabilidad a nuestra mediocre clase dirigente, que, sin dudas, ha desarrollado un papel estelar de este doloroso fracaso colectivo. En esta oportunidad, los principales protagonistas fueron Mauricio Macri y su equipo, quienes tampoco parecen haber logrado capitalizar la experiencia de estos √ļltimos 39 meses para no cometer los errores de siempre. Ayer, por ejemplo, volvieron a banalizar el concepto de di√°logo convocando a la oposici√≥n luego de haber tomado unilateralmente otro paquete de medidas. De todas formas, buena parte de esta debacle es herencia del anterior gobierno y del flaco aporte de las fuerzas opositoras desde 2015 a la fecha.

Es cierto que Macri, ensimismado en sus fantasías de un cambio cultural tan inmanente como imperecedero, abroquelado con pocos colaboradores, fue el principal responsable de su actual derrotero. Aunque parezca mentira, buscó voces disidentes y escuchó críticas a menudo descarnadas, pero en la práctica nunca se dejó ayudar.

Es tambi√©n indiscutible que las principales fuerzas de oposici√≥n hicieron su aporte a la actual situaci√≥n de extrema emergencia. Por un lado, dejaron una herencia endiablada. Por otro, la calidad del debate p√ļblico fue m√°s que insatisfactoria. Si bien todos los actores son de alg√ļn modo culpables, la oposici√≥n deber√≠a haber forzado un intercambio m√°s serio, √ļtil y provechoso.Finalmente, es l√≥gico, leg√≠timo y necesario que los pol√≠ticos busquen llegar al poder y que en √©pocas electorales predominen los esp√≠ritus animales que enfatizan la competencia, la diferenciaci√≥n y las t√°cticas t√≠picas de un momento agonal. Pero frente a un contexto tan grave y con obvios riesgos en materia de gobernabilidad, la din√°mica electoral incrementa la incertidumbre y promueve conductas ego√≠stas extremas por parte de los actores econ√≥micos. Es decir, se alimenta la crisis, se avanza un poco m√°s hacia el mismo borde del precipicio de siempre.

Las personas son entonces una parte elemental del problema, pero mucho más importantes son las reglas del juego, formales e informales, que explican, informan o moldean esos comportamientos tan nocivos. Por eso, la Argentina sigue empecinada en sus fracasos mientras muchos otros países lograron progresos enormes en materia de desarrollo humano: supieron cambiar sus instituciones, reformaron sus sistemas políticos, planificaron estratégicamente cómo salir de sus respectivos atolladeros. Para nadie ha sido fácil. Pero al menos intentaron algo diferente.

Nosotros, por el contrario, esperamos curiosamente que las cosas mejoren haciendo siempre lo mismo. O, lo que es peor, sin hacer ning√ļn cambio relevante. La pol√≠tica debe autolimitar su capacidad de da√Īo: cada escalada de esta l√≥gica de confrontaci√≥n deja un n√ļmero mayor de pobres estructurales y marginales -n√ļmero que, por otra parte, suele agigantarse en las siguientes gestiones-, pone de manifiesto nuestra incapacidad de combatir problemas recurrentes como la inflaci√≥n o nuestras crisis sist√©micas y nos expone a la verg√ľenza internacional por esa costumbre, tambi√©n repetitiva, de no honrar los compromisos asumidos.

Si no predomina la prudencia, si no se retoma la v√≠a de la moderaci√≥n y un di√°logo genuino y conducente, la Argentina competir√° con Venezuela (tanta energ√≠a gastada en pretender diferenciarse del chavismo para que los mercados nos hayan puesto casi al mismo nivel), en t√©rminos de modelo de lo que un pa√≠s en serio no debe ser. No merecemos que la clase pol√≠tica act√ļe de forma tan negativa e irresponsable.

ADEM√ĀS

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