Prisiones reales – LA NACION

Crédito: Julio César Aguilar

Monterrey, M√©xico.- En un tiempo -que quiz√° parezca m√°s lejano de que lo que en realidad es-, los ni√Īos jugaban a polic√≠as y ladrones. Corr√≠an, se escond√≠an, daban la voz de alto. Alguno se dejaba apresar y ofrec√≠a, gesto falsamente adusto, las manos a las esposas de juguete. En la pr√≥xima vuelta, los papeles se invertir√≠an, y a √©l le tocar√≠a, y al anterior polic√≠a, ser el esposado. Pero no es la delicia del juego (ni la materia d√ļctil de tanta serie, pel√≠cula y novela policial) lo que pende, casual, sobre esta pared. El muro est√° a la entrada de la c√°rcel de Topo Chico, en Monterrey, y las esposas no son de pl√°stico, ni auspiciosas las horas que all√≠ se detienen. En unos d√≠as la prisi√≥n cerrar√° y sus 2685 reclusos ser√°n llevados a otros destinos. Mientras la mudanza se organiza -y son de prever el ruido, el movimiento y las inc√≥gnitas-, las esposas contin√ļan all√≠, mudas, severas, irreductiblemente reales.

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