Por qué cuesta tanto bajar la inflación en la Argentina

Entre las principales razones están un déficit fiscal muy alto y el ajuste de tarifas, pero también es crucial la falta de credibilidad en el BCRA

El salto inflacionario a casi un 50% en 2018 y el 2,9% de inflación de enero, ambos en el marco de una brutal recesión, son causa de gran frustración. El gobierno de Cambiemos, que prometió una inflación de 22,5% (20% a 25%) para 2016, 14,5% (12% a 17%) para 2017, 10% para 2018 y cerca de 5% para 2019, tendrá una inflación anual promedio de casi 36%.

Esta mala performance es la continuación de un 25% promedio anual de inflación durante los dos mandatos de Cristina Kirchner , en el marco de precios, tarifas y un tipo de cambio reprimidos y del ocultamiento doloso del verdadero nivel de inflación desde 2007. Mientras tanto, la inflación en países vecinos como Chile, Colombia y Perú es de 2% o 3% anual desde hace varios años, y Brasil se acerca a ese grupo.

Lo cierto es que haber prometido bajar la inflación rápidamente al inicio de este gobierno fue un gran error. La experiencia internacional muestra que bajar inflaciones “moderadas” siempre tomó muchos años. Decimos que la inflación es “moderada” cuando está arriba del 10% anual por varios años, pero no llega a niveles de 100% anual, lo que consideraríamos una alta inflación. Este es el caso de la Argentina, así como fue el caso de Chile, Colombia e Israel en los 90.

Quizá la memoria de nuestra experiencia en los 90 nos jugó una mala pasada. Luego de un proceso de alta inflación, la estabilidad puede lograrse rápidamente, porque el sistema de precios deja de cumplir su rol. Podemos pensar al sistema de precios como un sistema de luces que avisa a consumidores y productores qué comprar y qué producir o importar. Cuando la inflación es muy alta, esas luces se vuelven locas: no sabemos si compramos nada caro o barato porque todo cambia muy rápido. Para poder sobrevivir en un ambiente así, la población suele adoptar otra unidad de cuenta, típicamente el dólar , para fijar precios. Todo se indexa al dólar. Entonces, un plan de estabilización con fijación del tipo de cambio contra el dólar y un plan fiscal serio, como fue la Convertibilidad, suele lograr resultados de inmediato.

Los procesos de inflación moderada son más complicados. La inflación no es lo suficientemente elevada como para inutilizar totalmente el sistema de precios. Pero, para cubrirse, se generan mecanismos de indexación formales e informales. Por ejemplo, era común al inicio del gobierno de Cambiemos firmar contratos de alquiler, que duran dos años, con cláusulas de indexación del 15% semestral, sin prestar atención a la promesa (incumplida) de que la inflación bajaría. Ahora se pacta entre el 15% y el 18% de ajuste semestral. La indexación hace difícil bajar la inflación, ya que fija de antemano precios “mirando para atrás”.

En el caso de la Argentina, enfrentamos varios problemas adicionales para bajar la inflación rápidamente. El primero es que el déficit fiscal era muy elevado y tenía impacto sobre la inflación, ya sea porque el Banco Central financiaba al Gobierno, o porque compraba los dólares que éste conseguía en el exterior. El segundo es que al mismo tiempo se están corrigiendo varios desequilibrios macroeconómicos, que tienen impacto en la inflación. Uno de ellos es el tipo de cambio. La salida del cepo disparó el tipo de cambio y, por tanto, el de muchos precios de bienes. Otro es la corrección de tarifas. El aumento de precios regulados sumó aproximadamente 10 puntos de inflación por año en forma directa. Además, hay un impacto indirecto, ya que otros precios suben cuando suben las tarifas.

Los problemas de indexación y de ajuste de precios “por las dudas” cuando sube algún precio importante, están relacionados con problemas de credibilidad de la autoridad monetaria, y no con un tema cultural de los argentinos. De hecho, países como Chile, Colombia e Israel enfrentaron problemas similares en su momento. Voy a explicar el problema por contraposición. Supongamos que la autoridad monetaria sí tuviese credibilidad. En ese caso, podría decir: “la inflación va a estar cerca del 10% el año que viene”, y los contratos de alquiler, por ejemplo, se ajustarían al 10%. Así ocurre en países que han implementado en forma exitosa esquemas de metas de inflación y que tienen desde hace tiempo tasas bajas de incremento de precios. Además, cuando sube el precio de algún bien, por mas importante que sea, el resto de los comercios y empresarios no suben los suyos. Si sube la nafta, un empresario en Chile interpreta que hay un cambio de precios relativos y no que subió la inflación, y no ajusta sus precios. Acá es distinto. Como no hay credibilidad ni entendemos bien lo que está pasando, cuando sube el gas, el peluquero sube el precio del corte, aunque no use gas en su negocio. Por las dudas.

La falta de credibilidad, además, limita mucho el tipo de acciones que puede tomar la autoridad monetaria. Para bajar la inflación es necesario coordinar expectativas sobre el futuro. Pero, como dijimos, el Banco Central no tiene credibilidad. Puede usar la tasa de interés para limitar el crédito, pero vimos que no es un mecanismo efectivo cuando hay poco crédito en la economía. Entonces, tiene que recurrir a promesas cambiarias o, como impuso el FMI , tiene que actuar sobre la cantidad de dinero. Estos son parámetros sencillos de monitorear y suplen la falta de credibilidad. El problema son sus costos. Los programas de estabilización de la inflación basados en cantidad de dinero tienen altos costos en actividad. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia.

Hay mecanismos que se pueden adoptar para suplir la falta de credibilidad, pero nuestro sistema político no ha sido capaz de implementarlos. El más eficaz es dotar al Banco Central de una independencia del poder político, tal que le permita ganarse la credibilidad de la gente. Estamos a años luz. Hoy todos sus directores están nombrados “en comisión”, es decir que pueden ser removidos en cualquier momento por el presidente. El FMI pidió aprobar una nueva Carta Orgánica para el Banco Central, pero la pregunta es, ¿la respetarán si hay cambio de gobierno? Otra forma, que usaron algunos países y también la Argentina en el Plan Austral, es firmar acuerdos que permitan fijar precios y salarios “mirando hacia adelante y no hacia atrás”. Dudo que algo así pueda funcionar en la Argentina hoy, dada la falta de credibilidad de los actores que deberían sentarse a negociar.

A falta de estos mecanismos, lo único que funciona aquí es incluir alguna fijación del tipo de cambio. En el caso del programa del FMI, si bien la meta es sobre la cantidad de dinero, incluye unas bandas cambiarias. De hecho, las experiencias exitosas de ataque a las inflaciones moderadas incluyeron algún componente cambiario en algún momento del tiempo. La inclusión de un ancla cambiario no está exenta de problemas, sobre todo si hay desequilibrios fiscales y pocas reservas internacionales.

La inflación va a seguir elevada en los próximos meses, manteniéndose cercana al 50% hasta mayo. El aumento de tarifas va a ser muy fuerte también este año, y se llevará a cabo más que nada en el primer semestre. A esto se suma una dinámica particular del mercado de la carne que está trasladándose a los consumidores. Si el miedo electoral lleva a un salto cambiario, la presión sobre los precios va a seguir, aunque la inflación medida anualmente va a ir bajando porque compara con meses de inflación muy elevada durante 2018.

Que hayamos fracasado en bajar la inflación en estos años no significa que estemos condenados al fracaso. Recientemente, el Banco Central de Brasil dijo que se necesitaba “precaución, serenidad y perseverancia”, para hacer converger la inflación a su meta. Esto aplica más aún a la Argentina. Ya se han dado grandes pasos. La corrección de tarifas y del tipo de cambio están bien avanzadas, la situación fiscal ha mejorado notablemente y el Banco Central ya no financia al Gobierno. El programa monetario es, además, muy duro. Aunque hay detalles técnicos que se pueden mejorar, la profundización de políticas serias en forma perseverante permitirá que terminemos con el flagelo de la inflación. Pero va a llevar tiempo, no hay que esperar magia.

El autor es economista

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