¬ŅPierde la humanidad su capacidad cr√≠tica?

Encontrar expresado en palabras algo que sentimos hace mucho es siempre un consuelo. En principio, el de saber que hay otros como uno y que no estamos tan solos o equivocados como sospechábamos. Algo que se agradece, sobre todo cuando se trata de esos asuntos en los que vamos en sentido contrario a los de la inmensa mayoría.

Me ocurri√≥ esto al leer, hace unos d√≠as, una entrevista que el diario El Pa√≠s le hizo al intelectual italiano Franco “Bifo” Berardi, graduado en Est√©tica en la Facultad de Filosof√≠a y Letras de la Universidad de Bolonia. Este “agitador cultural”, tal como lo presenta el periodista que firma la nota, aborda en ella cuestiones que de una u otra manera ya han sido materia de esta columna y que cifran, a mi entender, uno de los temas m√°s importantes y complejos del presente. Hablo de lo que la revoluci√≥n digital est√° haciendo con nosotros. De c√≥mo nos navega la web mientras navegamos en ella.

Los cambios que se est√°n produciendo hoy son m√°s profundos que los que trajo la creaci√≥n de la imprenta, dice el acad√©mico. Mutamos hacia una forma conectiva de la comunicaci√≥n que excede la esfera de la presencia y acelera el tiempo de tal modo que no deja espacio para la pausa o la escucha. Esa conectividad permite al mismo tiempo una aceleraci√≥n infinita de la informaci√≥n, que act√ļa como est√≠mulo nervioso a partir de lo que √©l llama shitstorm (tormenta de mierda, con disculpas). “La consecuencia es que las capacidades cr√≠ticas que la humanidad ten√≠a en la √©poca de la imprenta se est√°n perdiendo”, afirma.

Las fake news son una parte menor del problema. Lo m√°s grave est√° ocurriendo dentro de nuestras cabezas. “La velocidad, la intensificaci√≥n, no permite que el cerebro pueda discernir ni redistribuir lo que recibe; no nos permite discriminar entre bueno y malo, entre verdadero o falso. Cuanto m√°s atribuimos la actividad inteligente a la m√°quina, tanto m√°s renunciamos a la capacidad de actuar de manera inteligente”.

Berardi analiza tambi√©n la dimensi√≥n social y pol√≠tica del fen√≥meno. Si la democracia es en esencia di√°logo, estamos complicados, pues con la aceleraci√≥n de la comunicaci√≥n -dice- el di√°logo se establece entre el individuo y la pantalla. “¬ŅLa democracia no me sirve para cambiar nada? Pues salgo a la calle y soy violento. No es fascismo, es sinraz√≥n”, afirma. Pone como ejemplo las protestas de los “chalecos amarillos” en Francia y advierte: “El sentimiento de humillaci√≥n es m√°s peligroso que el de empobrecimiento”.

¬ŅSer√° Berardi un esp√©cimen de la √ļltima generaci√≥n predigital que mira con desconfianza las mutaciones que imponen la revoluci√≥n tecnol√≥gica y el algoritmo financiero en el que, seg√ļn √©l, ha derivado la raz√≥n liberal y democr√°tica?

En mi caso, no me molestar√≠a admitirlo. El otro d√≠a, cenando entre amigos, nos pregunt√°bamos qu√© brecha generacional era m√°s profunda, si la de nuestros padres respecto de nosotros o la de nosotros respecto de nuestros hijos. A pesar de habernos asomado a la juventud en la estela de la d√©cada del 60, que desbarat√≥ a su paso tantos presupuestos y costumbres, y a pesar de la relaci√≥n m√°s llana que mantenemos hoy con los hijos, me inclino por la segunda opci√≥n. Entre nosotros y los que nos siguen, m√°s que veinte o treinta a√Īos hay un cambio de civilizaci√≥n.

No me opongo a la tecnología, que tantos beneficios aporta, qué duda cabe. Pero sí me opongo a su tiranía soft. Tengo que reconocer que, en lo personal, esa resistencia me sale sin esfuerzo. No me gusta pasar el rato frente a la pantalla del teléfono o de la computadora, a la que uso casi como una máquina de escribir. Cuando estoy allí, incluso respondiendo un mail o un mensaje de WhatsApp de alguien que estimo, siento que la vida está en otra parte y me la estoy perdiendo. No logro convencerme de que del otro lado de esa superficie brillante y fría hay alguien. Ni siquiera algo. Más elemental, más denso y limitado, necesito la presencia. El ancla de la materia.

Un ejemplo: si tuviera que elegir entre tres libros sobre una mesa y el cat√°logo entero de la Biblioteca Nacional en formato digital, me quedo con los tres libros. Mientras los tenga en la mano, mientras los lea, los sentir√© como una compa√Ī√≠a y hasta como una prolongaci√≥n de mi persona. La dimensi√≥n digital, un espejismo del infinito, ofrece la ilusi√≥n de tener el mundo entero a nuestra disposici√≥n. Pero en ella nada nos pertenece de verdad porque, sencillamente, las cosas no est√°n all√≠. Al menos, no est√°n all√≠ por m√≠ y para m√≠. Est√°n para todos y para nadie, una constataci√≥n que no puede sino acrecentar la sensaci√≥n de soledad en la que hoy vivimos.

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