Para entender a Jung en todas sus dimensiones

Este copioso ensayo de Sonu Shamdasani es fundamental para conocer la biografía vital e intelectual de Jung. De entre los muchos aspectos que trata destacaría dos: la recuperación que hace el psicólogo suizo de nuestra parte animal, y la psicología de masas a la que se refiere para explicar muchos de los males del siglo XX. Para Jung el proceso cultural consistía en la «progresiva doma de lo animal que hay en el hombre». Pero esa «domesticación» no podía realizarse sin una rebelión de la «naturaleza animal». Toda esta convulsión se había incrementado tras la revolución industrial de la segunda mitad del XIX. El éxodo de los pueblos a las ciudades, el abandono de la naturaleza, el proletariado esclavizado, el naciente ateísmo, había provocado el colapso de las energías afectivas.

Por eso los habitantes de los suburbios acumulaban un exceso de energía. Y esa energía sexual contenida entra en conflicto con la moral un tanto ascética y un tanto hipócrita de entonces. El resultado de todo esto, según Jung, era la neurosis que presentaba «un intento fallido por parte del individuo por resolver en sí mismo el problema general». El asunto rondaba en torno a la moral sexual. El psicoanálisis liberaba los impulsos animales para sublimarlos. La función del psicoanálisis, o una de ellas, era la de corregir la alienación del hombre moderno con respecto a los impulsos. Para Jung, Nietzsche vivía más allá de los impulsos y cometió la equivocación de no reconocer el «impulso vital animal». Nietzsche hablaba del impulso de supervivencia (impulso yoico, la voluntad de poder) y se había desentendido del impulso de conservación de la especie (el impulso sexual). Error de Nietzsche, según Jung, defender un impulso con exclusión de todos los demás. La misma equivocación de Freud o Adler. Para Nietzsche la «voluntad de poder» no era un impulso cualquiera, sino que se escondía detrás de todos los impulsos. El cristianismo primero y, luego, la industrialización, conformaron los problemas de los impulsos, la animalidad y la sexualidad. Jung, que al final de sus días reivindicaría el cristianismo, en 1918 lo criticó por haberse empeñado en eliminar el elemento animal. Las diferentes crisis del propio cristianismo y la propia fuerza incontrolable animal, hizo resurgir este instinto dormido de manera incontrolada y desregulada. Todo esto condujo al caos, a las catástrofes y a las guerras.

Instinto gregario

Jung venía a decirnos que si todos nos relacionábamos más y mejor con nuestro propio animal, le daríamos un valor mayor a la vida, que pasaría a ser el principio moral absoluto. La exclusión de los animales afectaba gravemente al hombre, pues éste contaba con cierta cantidad de libido destinado a la relación con la naturaleza y con otros seres vivos. Las mascotas son la satisfacción de esa necesidad. Esa libido reprimida en el inconsciente, tomaba formas de exteriorización peligrosas, por ejemplo, el «instinto gregario de la psicología de las masas» agravado por la aglomeración de las ciudades. «Las grandes multitudes constelaban al animal, y las grandes organizaciones se comportaban como depredadores a la caza de una presa», y añade Shamdasani, «la falta de respeto al hermano animal genera un animal dentro de nosotros. La relación con los animales era necesaria para hacer posible la verdadera humanidad». La aparición de los animales en los sueños era un recuerdo ancestral. Jung recomendaba que mantuviéramos relaciones correctas con ellos. En la naturaleza, dice Jung, el animal es un ciudadano. Una de las tareas del psicoanálisis era recuperar para el individuo esa parte de animalidad que, a través de los sueños, se aparecían como representaciones de los instintos. Los instintos eran la relación fundamental entre psicología y biología.

Para Jung, el «hombre masa» es siempre víctima de algún «ismo»: fascismo, nazismo, comunismo…

El individuo está suspendido entre la consciencia colectiva y lo inconsciente colectivo. En 1947, Jung afirmó que la consciencia del yo dependía de las circunstancias de la consciencia colectiva o social y de las dominantes colectivas inconscientes. Esa doble dependencia generaba un conflicto, pues había una barrera casi insalvable entre las «verdades generalmente reconocidas» de la consciencia colectiva y el contenido de lo inconsciente colectivo. La consciencia colectiva rechazaba lo inconsciente colectivo por irracional. El individuo así quedaba en medio de un territorio complejo. Si la consciencia subjetiva se identificaba con las ideas y opiniones de la consciencia colectiva, se reprimía el contenido de lo inconsciente colectivo.

Lecciones del presente

La absorción del yo por parte del inconsciente colectivo daba origen al «hombre masa» que es siempre víctima de algún «ismo» (fascismo, nazismo, comunismo, totalitarismos y, en nuestros días, populismos de uno y otro lado). La identificación con la consciencia colectiva y la apoteosis de las masas llevaban inevitablemente a la catástrofe. El psicólogo francés Le Bon escribió: «Cuando se junta mucha gente, unida por un estado de ánimo común, de ese grupo resulta un alma colectiva que está por debajo del nivel del individuo. Cuando un grupo es muy grande, resulta una especie de alma animal común a todos. Estar reunido con muchos otros tiene una gran fuerza de sugestión. El individuo que forma parte de la masa se convierte en víctima de su capacidad de sugestión». Muchas y grandes enseñanzas obtendremos de este libro para nuestro presente.

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