Panecillo

Queda por ahí, en un raro despiste del Madrid de los Austrias, un sitio secreto, o casi secreto. Merece la visita, que es una visita breve, pero sorprendente. Hablamos de « El Pasadizo del Panecillo», un pasadizo, en efecto, que ocurre siempre oculto al peatón, pero que es un susto de belleza, un sobresalto de hechizo. Se emplaza, en concreto, para comunicar la calle de San Justo con la Plaza del Conde de Barajas.

Seguro que usted lo conoce, alcaldesa. Se trata de una vía angosta, en forma de escuadra, que se abre el paso entre tres edificios de notorio monumento. La Basílica Pontificia de San Miguel, la Casa-palacio de los Condes de Miranda, y el Palacio Arzobispal, que ofrece, por cierto, a esta calle su entrada más hermosa y de interés, una portada barroca típicamente madrileña. Es difícil reunir tres flancos de tan alta estampa, pero además el propio pasadizo aúpa un serio encanto propio, con un ensanche, en el tramo medio, donde vive una fuente de piedra, bajo la custodia de dos cipreses.

Sería magnífico cumplir el pasadizo entero al paso, de peatón asombrado, pero un par de puertas de hierro enrejado, situadas en cada boca del Pasadizo, permiten un viaje sólo de mirada. Y a esto íbamos, alcaldesa. Sucede la clausura desde el primer tercio del siglo XIX, por razones de seguridad, porque el recodo era entonces una trampa a favor de ladrones de esquina y otros piratas de la penumbra. Así continúa, no entendemos del todo por qué, puesto que esos riesgos son ya un detalle o anécdota de un pasado irrepetible.

Por cierto, su curioso nombre, el Pasadizo del Panecillo, es de mayor antigüedad, todavía. A mediados del siglo XIX, el cardenal-infante Luis Alfonso de Borbón y Farnesio, promotor, entre otros, de lo que hoy conocemos como Palacio Arzobispal, puso en curso la costumbre de suministrar pan a los indigentes que atravesaban la zona, siempre que los indigentes hubieran escuchado misa antes. En la placa de azulejo que nombra la calle se decora con dibujo ese hábito antiguo. Acérquese, alcaldesa, vive entre esas piedras el sigilo de otros mundos. Y a ver si puede hacer algo porque se acabe la clausura de doble portón enrejado, que deja cojo el paseo.

Ángel Antonio HerreraArticulista de OpiniónÁngel Antonio Herrera

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