Ortega y Gasset, una voz que todavía resuena

A ochenta a√Īos de la tercera visita del pensador espa√Īol al pa√≠s, sus observaciones a√ļn parecen aplicables a la Argentina del presente

José Ortega y Gasset, en el centro, durante una de sus visitas a la Argentina Fuente: Télam

Por Enrique Aguilar y Roberto Aras. Para La Nación

Jos√© Ortega y Gasset mantuvo con la Argentina una relaci√≥n particular, en virtud de la inusual repercusi√≥n que sus palabras tuvieron entre nosotros. Durante casi treinta a√Īos, no solo se ocup√≥ de darnos a conocer las tendencias filos√≥ficas que estaban cambiando el ambiente espiritual de Europa, sino que nos previno acerca del futuro que nos est√°bamos construyendo.

Su primer viaje a estas tierras tuvo lugar en 1916, cuando ya hab√≠a publicado Meditaciones del Quijote y se revelaba como el gran portavoz de la llamada generaci√≥n del 14. Si bien nos encontr√≥ libres de prejuicios e imbuidos de un especial talento para absorber “hombres de toda oriundez” en la unidad de un Estado, en sus “Impresiones de la Argentina” alert√≥ acerca de nuestra escasa preocupaci√≥n por la ciencia, que contrastaba con el “exclusivismo” de nuestros afanes econ√≥micos y utilitarios. “Son ustedes m√°s sensibles que precisos -nos dir√≠a tambi√©n-, y, mientras esto no var√≠e, depender√°n ustedes √≠ntegramente de Europa en el orden intelectual.” En palabras de Mariano Grondona, hab√≠a sido una forma de ver bajo el agua “esa Argentina que andaba bien, sent√≠a y pensaba mal”.

El segundo viaje, en 1928, le permitir√≠a, entre otras cosas, adelantar al p√ļblico local, en el marco de un curso titulado “Introducci√≥n al presente”, partes significativas de la obra que le diera proyecci√≥n internacional: La rebeli√≥n de las masas.

Con mayor conocimiento de la sociedad porte√Īa y de sus principales arquetipos, se anim√≥ a proponernos una radiograf√≠a psicol√≥gica que condens√≥ en dos art√≠culos, “La Pampa… promesas” y “El hombre a la defensiva”, los cuales desatar√≠an una pol√©mica que involucr√≥ por igual a medios period√≠sticos, escritores y dem√°s referentes culturales. Ortega sosten√≠a que el rasgo esencial de la vida argentina era ser promesa. “[…] Todo vive aqu√≠ de lejan√≠as -y desde lejan√≠as. Casi nadie est√° donde est√°, sino por delante de s√≠ mismo”.

Por eso, cuando esas proyecciones no se cumplen, la vida queda como mutilada y dispuesta a ser desalojada de “la inverosimilitud en que posaba”. Asimismo, lo impresionaba la inautenticidad y el narcisismo del argentino medio, un tipo de hombre que viv√≠a permanentemente a la defensiva y “de espaldas a la vida, fija la vista en su quimera personal”.

Pero lo que nos importa m√°s es la tercera estada de Ortega en la Argentina, transcurridos ochenta a√Īos desde que se inici√≥, a mediados de 1939 y como prolongaci√≥n de su exilio. Padeci√≥ entonces un magro reconocimiento p√ļblico, numerosos contratiempos y grandes decepciones (lleg√≥ a hablar de la “nulidad” de su vida en ese lapso, que se extendi√≥ hasta febrero de 1942), a lo que se sum√≥ una salud debilitada que previamente lo hab√≠a puesto al borde de la muerte en Par√≠s. Al mismo tiempo, aunque quiso ofrecernos “exploraciones insospechadas del puro pensamiento intacto de pol√≠tica”, su silencio en torno a la Guerra Civil Espa√Īola provoc√≥ la hostilidad de unos y otros. Fue v√≠ctima de la pirater√≠a editorial y naufrag√≥ aqu√≠, adem√°s, como ha contado en detalle Marta Campomar, su intento de continuar la obra interrumpida de Revista de Occidente y asegurarse con ello una fuente de ingresos.

Ironías punzantes

Sin embargo, Ortega supo brindarnos sus ensayos en la nacion sobre el Imperio Romano, art√≠culos notables como “El intelectual y el otro”, sus cursos sobre “El hombre y la gente” y “Sobre la raz√≥n hist√≥rica”, el libro Ideas y creencias, o las iron√≠as punzantes de su “Balada de los barrios distantes”, donde expres√≥: “¬ŅQu√© tengo yo que hacer en el centro de Buenos Aires, quer√©is dec√≠rmelo? Soy lo contrario de un hombre de negocios. No participo en intrigas. No tengo oficina. Mis relaciones sociales son sobrias. Detesto las reuniones en que hablan de pol√≠tica los que no entienden ni de pol√≠tica, pero est√°n resueltos a salvar este pa√≠s y, de paso, los dem√°s pa√≠ses y, encima, la humanidad. ¬°Ah…, y tambi√©n la cultura! Porque la cultura est√° en peligro y ellos, precisamente ellos, la van a salvar”.

De finales de 1939 data la conferencia “Meditaci√≥n del pueblo joven”, pronunciada en la Universidad Nacional de La Plata y recordada especialmente por la f√≥rmula “¬°Argentinos, a las cosas, a las cosas!” en que se cifraba una pr√©dica constante hacia nuestro pa√≠s. Ortega atribu√≠a a nuestro car√°cter de pueblo joven el hecho de que nuestra existencia se revelara “como puro af√°n que se consume a s√≠ mismo sin llegar a su logro, como savia que asciende anhelante y se desespera por no llegar nunca a ser fruto, como un no parar de hacer cosas y, a la par, una impresi√≥n de no tener qu√© hacer, de vivir una vida con pobre progreso”.

Por eso, cuando el vivir ex abundantia tocaba su fin para nosotros, nos conmin√≥ a apurarnos en emprender, como un Ad√°n saliendo del para√≠so, una nueva marcha venciendo las r√©moras que nos deten√≠an: la envidia, en primer lugar, y ese “fondo de inmoralidad” que era menester arrojar fuera de nuestras almas y sustituir, seg√ļn nos hab√≠a dicho a√Īos atr√°s, por “un en√©rgico repertorio de reacciones morales que funcionen”. Es oportuno citar el p√°rrafo in extenso: “¬°Argentinos, a las cosas, a las cosas! D√©jense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magn√≠fico que dar√° este pa√≠s el d√≠a que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin m√°s, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.

Preocupación y perplejidad

M√°ximo Etchecopar, uno de los intelectuales que m√°s frecuent√≥ a Ortega durante su exilio argentino, pronunci√≥ en 1966 una conferencia referida a aquella “Meditaci√≥n” en La Plata: “A todos nos preocupa el pa√≠s -dijo-, y a todos esta preocupaci√≥n nos sume en perplejidad. Una perplejidad, hay que reconocerlo con entereza de √°nimo, vecina del abatimiento. Quien no advierta ni mida la desesperanza c√≠vica que hoy cunde por todo el cuerpo social, que se da tanto en el hombre de la calle, como en gentes encumbradas y con mando p√ļblico, nada sabe lo que de verdad pasa -est√° pasando- en la Argentina”. Si no hubi√©semos precisado la fecha, podr√≠a afirmarse que estas palabras registran el tono an√≠mico general de estos d√≠as.

Tambi√©n en “Meditaci√≥n del pueblo joven” podemos encontrar otros mensajes dirigidos a los argentinos de hoy. Por ejemplo, cuando, al aludir Ortega a las cr√≠ticas a las que era sometido por su silencio sobre la situaci√≥n de Espa√Īa, nos propone un camino de comprensi√≥n mutua en un p√°rrafo donde podemos descubrir entre l√≠neas una analog√≠a entre ambas naciones. Dice Ortega: “El secreto es -y noten si es osado decir esto- que ese espa√Īol enemigo en el fondo me estima y hasta me quiere, porque dentro de √©l est√° mi vida como dentro de la m√≠a la suya -s√≥lo que la expresi√≥n de ese estimarme y quererme es precisamente agredirme [?]. Nos sabemos vitalmente los unos a los otros, nos consabemos o somos lo consabido rec√≠procamente. Y lo dem√°s es simple palabreo, lo dem√°s es gana de hablar, y hablar, como hemos visto, es casi siempre no entenderse, intento que es fracaso en s√≠ mismo, ut√≥pico af√°n”.

En la perspectiva de la raz√≥n hist√≥rica que fecundaba el pensamiento orteguiano, solo la convivencia esclarecida por una firme voluntad de conocimiento puede dar lugar a una apertura cordial, del coraz√≥n y del sentimiento. Si pudi√©ramos aceptar y tratar de seguir ese invalorable consejo, seguramente estar√≠amos honrando la √ļltima lecci√≥n que nos dej√≥ este maestro ejemplar.

Profesores de la UCA y miembros de la Fundación Ortega y Gasset Argentina

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