nuevos mordiscos del vampiro a la cultura popular

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Podemos rastrear su existencia hasta el Antiguo Egipto, o incluso antes. Algunos lo han encontrado en versiones más o menos apócrifas de la Biblia, y otros se han pasado media vida persiguiendo sus huellas en las leyendas folclóricas de los cinco continentes. Los orígenes siempre son inciertos; los nacimientos no tanto. El de Drácula se produjo en 1897, con la publicación de la celebérrima novela de Bram Stoker, que lo cambió todo. Desde entonces, los vampiros no han hecho más que confirmar su inmortalidad, campando a sus anchas por la cultura popular en todos sus formatos y esquivando ajos, crucifijos, estacas de madera y demás peligros nocturnos. Ocurre cada año: un aluvión de libros, películas, series y creaciones varias mastican y regurgitan el mito, revistiéndolo de nuevos y sabrosos significados… Es lo que tiene vivir de la sangre de los demás: que estás condenado a quedarte con parte de tus víctimas.

La nueva exposición deCaixaForum Madrid, «Vampiros. La evolución del mito», organizada conjuntamente con La Cinémathèque française, viene a constatar lo dicho con un recorrido por 362 obras en las que vemos todas las mutaciones que ha sufrido el bicho a lo largo de la historia: monstruo, aristócrata refinado, estrella del rock, icono adolescente, ser paródico o personaje de cómic, entre tantos otros disfraces. Todo, claro, acompañado con las lecturas y elucubraciones (políticas, culturales, sociales) que los artistas y críticos han hecho del asunto. En resumen, una coartada perfecta para revisar las diferentes aristas y derivas del personaje.

El seductor

Drácula, según Coppola
Drácula, según Coppola

A nadie se le escapa el evidente guiño erótico de chupar la sangre de un cuello, a poder ser, femenino. El mito del vampiro está marcado por la pulsión sexual desde sus orígenes. En el tiempo de Stoker, como indica el novelista Ricardo Menéndez Salmón, esto supuso «la demolición de la ética de la época victoriana». En esta novela la pasión es bruta, desaforada, primaria. Luego, el personaje fue estilizándose y convirtiéndose en una suerte de seductor, eso sí, siempre dominante. Así lo vemos en las películas de la Hammer, donde el vampiro está cargado por un sexapil que, contrario al mito, no ha envejecido muy bien. O en la versión de Coppola, de 1992, en la que se convierte en un romántico (¿el último?).

El rastro sigue y sigue y llega hasta este siglo. En la exitosa y adolescente saga «Crepúsculo» toda la historia vampírica gira en torno a la «caza» de la mujer, un personaje pasivo, con muy poco poder de decisión. «Los vampiros no son nada complacientes con las mujeres. Son historias machistas», subraya la escritora Carmen Posadas, que no entiende su éxito entre el género femenino. Y añade una clave poco conocida: el esquema de «Crepúsculo» lo repite luego E. L. James en la millonaria trilogía de «Cincuenta sombras de Grey», solo que con los colmillos menos afilados, pero más adultos. «No dice nada muy bueno de las mujeres su éxito. Las feministas le dan una interpretación benigna, diciendo que las fantasías eróticas no tienen nada que ver con la realidad. Yo no estoy tan segura», zanja.

El dandi

Con el paso de los años los vampiros empezaron a refinarse: dejaron de ser monstruos para convertirse en criaturas elegantes, con un punto nostálgico y lacónico, inevitable por su inmortalidad. Algo así como Dorian Gray. «El vampiro es menos indigesto que el zombi (otra forma del muerto-vivo) y además intenta mantener una elegancia pseudo-romántica que acaso ponga límite a los despropósitos ultra-barbudos del hipsterismo», apunta, con guasa, el crítico de arte Fernando Castro Flórez. Tal vez una de las máximas expresiones de este fenómeno la encontremos en la película «Solo los amantes sobreviven» (2013), de Jim Jarmusch, en la que los vampiros son seres melancólicos con un gusto exquisito por la literatura, la música y la moda, que además han tenido el privilegio de conocer a los grandes genios de la humanidad.

Una imagen de «Solo los amantes sobreviven», de Jim Jarmusch
Una imagen de «Solo los amantes sobreviven», de Jim Jarmusch

Incluso cabe una vuelta de tuerca más: convertirlos en estrellas del rock, que es lo que ha hecho el dramaturgo Ramón Paso en la reciente «Drácula. Biografía no autorizada». «Los vampiros podrían camuflarse en el mundo del rock. Ahí sus excentricidades y hábitos pasarían desapercibidos. Mick Jagger podría ser un vampiro y no sorprendería a nadie», asegura. Además, tienen un cierto (y extraño), paralelismo: «La inmortalidad de las estrellas, de Elvis o Michael Jackson, es muy parecida a la del vampiro. Ellos necesitan la adoración del público, estos necesitan la sangre; son dos formas de sacrificio».

El poderoso

El vampiro funciona hoy como la metáfora perfecta del abuso de poder, político o económico. Es el que roba vida y, en lugar de castigo, recibe la inmortalidad, la eterna juventud. «¿No está marcada la industrialización por el chupasangre, el explotador, el sujeto sin sombra?», se pregunta Castro Flórez. «Hoy hemos vuelto al principio. Representan el abuso de poder, como antes: por eso el vampiro era un noble», apostilla Paso. Pero no solo eso: el arte de vampirizar es más universal, está al alcance de los avispados. Así ocurre en la gran triunfadora de los Oscar 2020, «Parásitos», donde, sin la intervención de lo sobrenatural, una familia pobre se aprovecha de los recursos de otra que vive en un casoplón. «Es una historia de vampiros y según en qué puntos, los vampiros te parecen unos u otros. Siempre está la duda de quién vampiriza a quién», opina el «todopoderoso» Arturo González-Campos.

Y más allá de riquezas y supervivencias, los vampiros también nos sirven como icono de la libertad más absoluta: están por encima del bien y del mal, se entregan por entero al deseo y disfrutan del lujo de vivir ignorando todas las convenciones. «Es el último anarquista: sin dios, sin patria ni patrón, sin ley», sentencia Menéndez Salmón.

El icono pop

Detalle del cartel de «Blade II»
Detalle del cartel de «Blade II»

Qué duda cabe: los vampiros han sobrepasado los límites del cine y la literatura para conquistar otros formatos. Ya son parte inseparable de la cultura pop, y los vemos en los juegos de rol, los videojuegos o los cómics. Aquí llegaron, según explica González-Campos, en un momento de cierto agotamiento de la figura del superhéroe, en la que los creadores buscaron inspiración en mundos como el de Frankestein o Drácula. «En el cómic el vampirismo está tratado de una manera casi lúdica. Estos vampiros empezaron como un reflejo del de Stoker y acabaron pareciéndose más a los de “Entrevista con el vampiro”», señala. Con este espíritu se crearon «Blade» o «Morbius», que también fueron llevados al cine. O incluso «Buffy, cazavampiros», que ya nació en el medio audiovisual.

El inmortal

La inmortalidad del vampiro es la tentación del hombre, su deseo. «Siempre ha sido así. La idea es vencer a la muerte, escapar del destino fatal que todos tenemos. Ocurre con los vampiros, con Fausto y con Don Juan. El vampiro nos aterroriza y nos atrae», afirma el filósofo Fernando Savater. Pero la eterna juventud es un regalo envenado, y exige un alto precio: depender de la sangre, vivir en la noche, renunciar a los espejos….

Esta inmortalidad, además, es doble, pues Drácula no se ha muerto ni dentro ni fuera del papel. Su legado se antoja eterno, al menos hasta que se demuestre lo contrario. Claro, esto también tiene su reverso. «Hemos perdido al Drácula original porque no se ha leído la novela y se han visto muchos subproductos sin ningún interés. Supongo que ese es uno de los peajes que debe pagar todo mito. Si hay que recuperar a Drácula, hay que recuperarlo entero, porque lo que ha pasado a la cultura burguesita y pop está prácticamente vacío de contenido: son tontadas infantiles, y Drácula no tiene nada de eso», lamenta el escritor José C. Vales.

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