Música que se aprende sola

Cuando recientemente el secretario xeral da Emigración, Antonio Rodríguez Miranda, acudió a una de las clases de música de Rubén Someso en La Coruña, y se encontró con una alumna que no llegaba a los tres años, no pudo ocultar su sorpresa. «¡Pero qué pequeñita! ¿Con esta edad?». «Esta es la mayor del grupo». «¡Pero cómo que es la mayor!». La escena la narra el propio Someso, quien detalla que Miranda «se quedó con la boca abierta». Y eso que, fruto de la casualidad, la única niña que había en esos momentos era la más «veterana» del grupo de 0 a 3 años. «La niña más pequeña que tuve el curso pasado tenía tres semanas. Fue muy bonito porque la vi crecer, acabó con nueve meses y pico. Una pasada».

Coruñés del 79, Someso se explaya, en conversación con ABC, en detallar en qué consiste el concepto de música vivencial que desarrolla. «Es un cambio total desde el punto de vista del proceso de aprendizaje y enseñanza», asegura. «Se basa en que el niño aprende solo. El niño nace y tiene una capacidad enorme para aprender. Si tú enriqueces su entorno, aprende lo que hay en su entorno». Se apoya en estudios que demuestran que, de los 0 a los 10 meses, un bebé puede «distinguir los fonemas de todos los idiomas» conocidos. «Lo que ocurre en el cerebro es una especialización. Cuando crecemos, elimina todas aquellas conexiones neuronales que no le van a ser útiles». Lo mismo, afirma, sucede con la música, pues hoy se sabe que, como siempre se sospechó, «es un idioma, un lenguaje universal».

«Música vivencial se basa en la idea de que no debemos estorbar el aprendizaje del cerebro», amplía. Se trata de que los niños se empapen de la música, sin dirigirlos. «El cerebro es maravilloso», repite Someso en más de una ocasión. En sus clases, a las que siempre acude un adulto con cada pequeño, vuelca otras influencias, como el método Montessori, que propugna la «autonomía» del niño, «empoderarlo, que se sienta capaz de hacer las cosas»; y «la escucha activa». Crear un ambiente de «seguridad» y «aceptación» donde el alumno puede «ser él mismo», donde pueden convivir distintas franjas de edad, cada alumno desde su «nivel intelectual y madurativo», sin competir entre ellos. Nada de clases magistrales, homogéneas. «¡Estoy haciendo totalmente lo contrario a lo que me enseñaron a mí!», resume. Trabaja con tres grupos: de 0 a 3 años -«jugando con la música»-, de 3 a 6 y de 6 a 10.

En paralelo, da clases de piano. Es el primero que lo hace en Galicia aplicando el método Suzuki, que toma su nombre del violinista japonés Shinichi Suzuki, quien tuvo «la genial capacidad de darse cuenta de que la enseñanza depende muchísimo del ambiente» cuando todo se confiaba al «talento innato». Someso da primero clases al padre o madre que acude con el niño. Lo compara con aprender a leer. «La gente lo entiende bastante bien».

Lo llamativo, en su trayectoria, es que Someso parecía destinado a un «mundo diáfanamente contrario al que estoy ahora». Estudió piano, después composición, y empezó trabajando con adultos. El punto de inflexión llega cuando el Museo de Arte Contemporáneo Unión Fenosa le encarga unos ciclos de música para niños. La necesidad de formarse le lleva a Inglaterra. Pasa a componer también para público infantil -su primera obra se basó en el clásico «Hansel y Gretel»-, nace su hijo, lo que ahonda su interés, y continúa sus estudios en Holanda. De forma «progresiva» va reorientando su carrera, a medida que absorbe nuevos conocimientos. Además de Suzuki y Montessori, cita como influencias decisivas la teoría de Howard Gardner sobre las inteligencias múltiples y la teoría del aprendizaje musical de Edwin Gordon. «Uno va haciendo su propio puzzle (…). Ese puzzle de pedagogías metidas en la mochila de alguien que viene de la música contemporánea más culta, de la música de concierto más difícil».

Ideas preconcebidas

El periplo de formación y trabajo de Someso en el extranjero abarca siete años, hasta que lo digiere todo y decide cuál será su nuevo rumbo. Y que quiere hacerlo en casa. En ese punto, fruto de la casualidad, descubre el programa de apoyo al retorno emprendedor de la Xunta. Y obtiene una ayuda para plasmar en casa todas las ideas guardadas en esa mochila. «El de Rubén es un buen ejemplo de cómo traer de vuelta a Galicia todo el conocimiento adquirido», ensalzaba el director xeral da Emigración.

Las clases de música vivencial las imparte de la mano del concello de Arteixo y en distintos espacios educativos de La Coruña y alrededores. Reconoce que todavía tiene que librar una cierta batalla. «Hay una idea preconcebida, una gran parte de la población tiene un trauma con la clase de música, no le recuerda nada positivo. Tengo que convencerles de que esto es otra cosa. Es difícil», admite. «Música vivencial no es lo que tú piensas», remacha. En esa labor de convencimiento le ayuda una imagen: una tribu africana. «Hay sitios donde toda la población es capaz de comunicarse en la música de su cultura. El concepto de profesor de música no existe. Debería hacernos reflexionar mucho. A nivel de cultura tenemos que ser humildes».

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