Muse, el retrofuturismo milimétrico hace despegar el Wanda

Ayer a la hora de comer, los fans de Muse ya se hacían notar en el metro de la capital. Faltaban seis horas para que el trío inglés conquistara por primera vez el Wanda, pero la atmósfera de concierto histórico ya se respiraba. Al llegar a la nueva casa del Atlético el ambiente era de Champions, con enormes oleadas de gente entrando al estadio con el jolgorio de quien tiene la eliminatoria ganada. No sabemos si entre ellos estaría Pedro Sánchez, que en 2016 fue a verlos poco después de su primer fracaso en una sesión de investidura, pero sí algún que otro famoso como Joe Pérez-Orive, que no quiso perderse el circo retrofuturista de Matt Bellamy y los suyos, que en esto del arena-rock, no hay quien les tosa.

Un año fueron torretas gigantes, otro una pirámide invertida, otro un escenario giratorio, este, una pantalla de insólito tamaño y resolución, acompañada de una batería de láseres digna de la batalla de Endor. El atrezo cambia de gira en gira, pero la efectividad del show de Muse es la misma desde hace ya varios lustros, y esa perseverancia es digna de admiración. Bellamy arrancó el show apareciendo solo en la plataforma del centro de la pista, punteando su guitarra después de que las palabras «We are caged in simulations» («estamos encerrados en simulaciones») y un elenco de «saxofonistas» bailarines vestidos con luces led diesen la bienvenida a sus hinchas, que celebraron el tema introductorio («Algorithm») como si fuese su hit favorito.

El Wanda, que no acabó de llenarse, estalló en palmas con el single «Pressure» atronando con ese sonido agudo y robótico que solo Bellamy sabe sacar con tanta nitidez a las seis cuerdas. Todo estuvo medido al milímetro, nada se salió del guion, pero no faltó esa sensación tan necesaria para que un concierto sea tal: la de que cualquier cosa puede pasar, gracias al poderío multimedia de una superproducción hiperestimulante que dejaba la boca abierta a cada segundo.

Ser fan de Muse con catorce o quince años, y ver en las pantallas gigantes una pieza visual digna de película manga entrecruzarse con el riff de «Psycho» tocado por Bellamy bajo los focos, debe ser una de las mayores epifanías rockeras posibles hoy en día en los conciertos de estadio. Rock star total, el líder de Muse sabe cómo subir la adrenalina a sus fieles con golpes de cadera y aperturas de piernas al estilo vieja escuela, casi como una garantía de relevo generacional por la devoción guitarrera.

Cuando son solo tres músicos en un escenario tan gigantesco, además de con el efectismo visual hay que contar con una buena forma física, que permita moverse sin parar durante dos horas. Y ahí, el bajista Christopher Wolstenholme le deja casi todo el trabajo a Bellamy, que no corretea tanto como Bruce Springsteen, pero casi.

El equipo de Muse, que no pudo lidiar del todo con los ecos del recinto, sí consiguió que la pantalla gigante fuese casi otro miembro más del grupo, interactuando con espectaculares imágenes del propio concierto en tiempo real, que daban una sensación aún más absorbente a «Uprising» (qué curioso resulta ver a miles coreando «They will not control us» todos con un «smartphone» en la mano) o «Propaganda»; mientras que la imprescindible «Supermassive Black Hole» se valió del regreso del retrofuturismo visual para sumergir al público en la recta final, que incluyó una potente «Stockholm Syndrome» acompañada de un enorme androide hinchable que pareció guiñar el ojo a los pioneros de estas parafernalias, como Pink Floyd o Iron Maiden. Y como broche a una velada que ya hubiera dejado satisfecho al fan más exigente (más a los indios: el batería se puso una camiseta del Atleti), Wolstenholme hizo sonar a Morricone con su armónica para abrir el que quizá sea su himno más atemporal, «Knights of Cydonia», en una traca final que debió dejar comiendo techo toda la noche a más de un milenial.

Lee más: abc.es


Comparte con sus amigos!