Montar y desmontar una ciudad en poco tiempo

Además de llevar a los titulares una figura poco conocida como la de los «riggers», esa mezcla de técnicos y escaladores que se encargan de calcular pesos y manejar las estructuras aéreas de los espectáculos, la huelga de montadores que a punto estuvo de frustrar el arranque del último Sónar ilustró a la perfección el grado de especialización que requiere el montaje de grandes eventos. «En los días previos de preparación y montaje de escenario trabajaron unas 200 personas, y en el montaje de equipos y día de concierto, alrededor de 500 personas. El montaje de un show de grandes dimensiones conlleva un previo importante», explican desde Doctor Music cuando se les pregunta por el espectacular concierto que los alemanes Rammstein ofrecieron en Cornellà (Barcelona) el 1 de junio. Un concierto que, añaden, requiere de «5 días de preparación y montaje de escenario, 2 días de montaje de los equipos en gira y 2 días posteriores de desmontaje». En estos casos, y aunque cada banda viaje con su propio equipo para coordinar el proceso, el personal que monta y desmonta es siempre local.

El tamaño, añade Manel Miquel, responsable de producción de The Project, es aquí muy importante y no es lo mismo trabajar en el Palau Sant Jordi, que moviliza a unas 200 personas, que hacerlo en el Estadi Olímpic de Barcelona, donde se puede triplicar la cifra. Lo que sí que se mantiene, añade, es la fidelidad hacia unos proveedores de luz, sonido o «rigging» que suelen ser siempre los mismos. «Lo normal es tener dos o tres fijos para poder escoger en caso de imprevisto», explica.

Fieles al proveedor

Con los festivales, apunta Josep Casellas, jefe de producción del Cruïlla, la cosa se complica: se dispara el número de escenarios en liza y también el personal necesario. Acostumbran a ser «fieles» a sus proveedores, apunta, aunque en plena temporada alta, lo más normal es tener que echar mano de dos o tres empresas al mismo tiempo. «Barcelona tiene proveedores de primer nivel, así que tampoco hace falta irse muy lejos», apunta. También el timing crece y va de de los diez días que se tarda en tener todo el recinto a punto a los poco más de cuatro que se necesitan para desmontarlo todo. «Ingenieros, diseñadores… Es como montar y desmontar una ciudad en muy poco tiempo», subraya.

La crisis que puso en jaque el Sónar tiene algo de excepcional, ya que llegó por vía interpuesta y a cuenta del pliego condiciones de la nueva adjudicación del servicio de «rigging». A los «riggers» les enfrentaba con Fira de Barcelona, institución en cuyas instalaciones se celebra el festival barcelonés, la nueva licitación del servicio. Esa práctica que no es extensible a la mayoría de grandes producciones musicales, donde cada promotora trabaja directamente con los proveedores que se encargan de cubrir todas las áreas en juego, que no son pocas.

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