Mis amigos catalanes

Diciembre es mes de agon√≠as y muerte, como si los muertos se dejaran morir de una vez y para siempre ante la pereza de tener que afrontar el nacimiento de un nuevo a√Īo. Pero tambi√©n diciembre trae vidas que la muerte re√ļne. Con motivo del reciente fallecimiento del padre de mi amigo Hugo, viejo amigo de infancia, pude volver a reencontrarme con √©l, y con su mujer, y con su hija de tres a√Īos, y con su madre, a quien despu√©s de tantos a√Īos tuve el gusto de conocer por primera vez, y con sus t√≠os, y con su primo Nacho, cuya cabeza pelona y morena descollaba sobre las dem√°s en los pasillos del tanatorio del mismo modo que sobresal√≠a cuando se asomaba de ni√Īo a la puerta de mi casa, con un parche en el ojo por culpa del otro vago y su largo brazo que introduc√≠a por la abertura superior de la puerta para llegar al pestillo y abrir y entrar sin necesidad de llamar al timbre. Todo empez√≥ con la abuela de Hugo, cuando le pregunt√≥ a mi madre si pod√≠a ser mi amiguito, al ser vecinos y de la misma edad, seis a√Īos. Ese mismo d√≠a Hugo se present√≥ en mi casa, en donde lo aceptamos como uno m√°s de la familia, hasta el punto de pasar m√°s tiempo en mi casa que en la suya. De padres divorciados, Hugo viv√≠a entonces en Barcelona, con su madre, y ven√≠a todos los veranos para estar con su padre, aloj√°ndose en la casa de sus abuelos, que es la casa del cura de Esquivias, don Vicente, cura al que aprecio porque me bautiz√≥ y me confes√≥ y me entreg√≥ el cuerpo y la sangre de Cristo en mi primera comuni√≥n con un solo brazo, pues el otro lo ten√≠a en cabestrillo al hab√©rselo lastimado jugando al f√ļtbol en los partidos del colegio entre alumnos y profesores ‚ÄĒun alumno con el signo de la bestia marcado entre ceja y ceja le hizo una entrada endiablada‚ÄĒ, y porque un d√≠a me dio una moneda de quinientas pesetas por ayudarlo a ordenar su biblioteca; moneda que r√°pido cambi√© en los recreativos por otras m√°s peque√Īas y cuyo valor alargar√≠a al menos una semana. Porque entonces una moneda de quinientas daba para mucho, y ahora un billete de cincuenta, para nada. Pero esa es otra historia. O no. Porque a quel d√≠a de verano, a mi lado, vistiendo como yo, o yo como √©l ‚ÄĒpantalones vaqueros cortos y camiseta blanca, reloj Casio negro en la mu√Īeca izquierda‚ÄĒ, tambi√©n estaba Hugo cambiando su moneda y luego jugamos a alguna m√°quina y nos compramos algunas chucher√≠as que nos comimos sentados a la sombra en alg√ļn poyo del Paseo, cuando el Paseo a√ļn ten√≠a √°rboles que daban cobijo. Y all√≠ sentados, comiendo pipas o gusanitos, discutimos si nos √≠bamos a dar una vuelta en bicicleta o bien continu√°bamos como est√°bamos, viendo pasar a las muchachas en silencio, un silencio relacionado con el misterio de que algo empezaba a rebullir dentro de nosotros. Sus primos llegaban despu√©s, para San Crist√≥bal. Tambi√©n procedentes de Barcelona. Nacho, Alberto, Ana y Juan. Laura y Sergio. Todos ellos me traen el recuerdo del verano y de los primeros descubrimientos, las colillas que cog√≠amos del suelo, las c√°scaras de pipas acumul√°ndose en la escalinata de la iglesia, el bal√≥n que se escapaba a la calle o quedaba atrapado en la copa del pino, las bicicletas siempre pinchadas, las escopetas de feria, los puestos de negros, el pulpo y la cazuela y el tablado de la orquesta bajo el que nos met√≠amos para fisgar a trav√©s de las rendijas las bragas de la cantante. Luego, tras la fiesta, la desolaci√≥n de septiembre, el confeti del adi√≥s. Luego, la vida, es decir, la muerte. Pero siempre aquellos veranos de infancia y adolescencia que confortan, abren sonrisas y dan calor en noches fr√≠as de tanatorio y desvalimiento.

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