Mildred Burton y la ilusión de lo real

Barroco homenaje a mi madre (1982) Crédito: Gentileza Manuela López Anaya

Nadie se animaba a tocar la enorme vagina hecha de mayonesa de atún hasta que la actriz Soledad Silveyra se atrevió a probar el primer bocado. La última comilona antropofágica incluía también ojos hechos con huevos de codorniz, así como versiones comestibles de manos, narices, penes y hasta un bebe completo, junto con inquietantes manchas de sangre.

Ese extraño banquete era parte de la obra performática que Mildred Burton presentó en La Capilla -sala mítica del rock, antes había pertenecido a una iglesia maronita- el 14 de noviembre de 1983, semanas antes de que Raúl Alfonsín asumiera como presidente para poner fin a siete años de dictadura militar.

Lo primero que vieron los invitados al llegar, en el pasillo que comunicaba la calle Suipacha con la sala, fueron seis pinturas que representaban motos, acompañadas por efectos sonoros y olfativos. Luego a la artista sentada frente a un piano, vestida de blanco y peinada con trenzas y flequillo. Detrás de ella había un globo, que al estallar reveló la “cena bíblica” servida sobre una mesa de ocho metros de largo.

Así recuerda esa memorable noche Victoria Verlichak en su libro Mildred Burton. Atormentada y mordaz, que acaba de ser editado por Manuela López Anaya. “A lo largo de su vida hizo, principalmente, lo que quiso”, asegura la crítica de arte sobre la artista, que “cambiaba y recreaba según la coyuntura” su propia biografía.

“Yo soy delirante porque mi vida es delirante y mi mundo también lo es. Hay un delirio en mí que no puedo detener. Vivo al borde del desequilibrio”, dice Burton en una de las tantas citas incluidas en el libro, de casi 150 páginas. Allí no sólo se reproducen muchas de sus obras -varias de las cuales pertenecen a la Fundación Klemm y al Museo Nacional de Bellas Artes-, sino que se relata “una (posible) historia”, reconstruida con evidente esfuerzo entre los “resbalosos datos” que alimentaron su mito personal.

“Según sus cuentos, la abuela osó ahorcar a su gato con una bufanda (¿otro de sus inventos?)”, señala Verlichak junto la reproducción de Abuelita dónde está Michifuz, dibujo de 1974 con el que ganó el Premio de Ridder. Se trataba de un concurso para menores de 35 años, y hubo quienes sugirieron que la artista -criada en Entre Ríos y fallecida en Buenos Aires, en 2008- tenía algunos años más que los 32 que dijo tener. De lo que nadie dudó nunca es del talento que ubica sus obras, plagadas de referencias perversas y fantásticas, en un lugar destacado en la historia del arte argentino.

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