Merkel critica el desprecio a los «ossis», los alemanes orientales

Corresponsal en Berlín Guardar

Tal día como hoy, hace 30 años, una brillante física de la Academia de Ciencias de Berlín Este, que acababa de cumplir los 35 y llevaba 8 años divorciada de su primer marido, cruzó el Muro y tomó unas cervezas con eufóricos desconocidos para celebrar que la reunificación era por fin posible. Pocos meses más tarde se había afiliado a la CDU y recorrió un camino meteórico, de la mano de Helmut Kohl, hasta llegar a la Cancillería en 2005 como perfecto ejemplo de integración.

Nunca desde entonces ha entonado Angela Merkel, sin embargo, el discurso quejoso de los alemanes orientales, a cuyo territorio se han venido trasvasando unos 20.000 millones de euros al año para equilibrar la nunca salvada diferencia económica entre las dos Alemanias. Hasta hoy. Cerca ya de terminar su exitosa carrera política y en el significativo aniversario, Merkel se ha permitido por primera vez lamentar el discreto reconocimiento al papel del pueblo germanooriental en la caída del Muro de Berlín y reprochar a los alemanes occidentales su falta de sensibilidad con sus compatriotas reunificados. Mostrando por fin la alemana oriental que lleva dentro, ayer alabó el «gran coraje» que mostraron los ciudadanos de la República Democrática Alemana (RDA). «La reunificación alemana fue diseñada conjuntamente por el Este y el Oeste», reconoció Merkel, y la «destreza política» del entonces canciller Helmut Kohl, así como la confianza que tenían en él los aliados, «desempeñaron un gran papel». «Pero la revolución pacífica y el 9 de noviembre de 1989 fueron obra de los ciudadanos de la RDA (…) Quienes lo lograron fueron los ciudadanos de la RDA con muchísimo coraje que podría reconocerse más», añadió.

Altivez occidental

Tirando de memoria, Merkel reprochaba la escasa colaboración de los familiares y vecinos occidentales. «Recuerdo que algunos se sentían superados si nos tenían que hacer el favor alguna vez de pasar un libro camuflado por la frontera», se quejó, criticando además una especie de sentido de superioridad ejemplificado en el hecho de que a muchos germanooccidentales les cueste entender que «también en una dictadura se podía tener una vida plena», que «a pesar del Estado» se celebraban cumpleaños y la Navidad o se compartían los momentos tristes con amigos y familia, «siempre con un cierto cuidado». Merkel sugirió que muchos en la Alemania Occidental no conciben o incluso ignoran este aspecto de la vida privada de los germanoorientales, lo que ha hecho sentir a los «ossis», como popularmente y concierto tono despectivo son denominados en el oeste, que no forman parte del proyecto alemán. La consencuencia es que aflore de vez en cuando un cierto romanticismo y nostalgia por la RDA, además de unas tendencias de voto a la extrema derecha que cristalizan en los éxitos electorales del partido antieuropeo Alternativa para Alemania (AfD), que Mekel prefirió no mencionar.

En todo caso, el 9 de noviembre de 1989 fue y seguirá siendo para Merkel un «momento único en la historia alemana». En lo que respecta al proceso de reunificación, uno de los problemas, en su opinión, es que todo en aquel entonces ocurría «con vertiginosa rapidez», lo que dio lugar a «algunos errores». «En términos generales, hubiera deseado algo más de curiosidad e interés por parte de los políticos occidentales», afirma ahora Merkel.

En lo personal, y si el Muro no hubiera caído y la RDA estuviese celebrando en estos días su 70º aniversario, Merkel sospecha que ya se habría jubilado, ya que la edad de jubilación de las mujeres era de 60 años, y que ya habría cumplido su sueño de viajar a Estados Unidos, ya que solo después de la jubilación se permitía ese viaje a los ciudadanos de la RDA. Habría elegido ese destino, confesaba, «por el tamaño, la variedad, la cultura, ver las Rocky Mountains, viajar en coche, en algo más decente que un Trabant… y escuchar a Bruce Springsteen».

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