Max Berliner: un testigo de la historia que nunca perdió su espíritu joven

Max Berliner murió a los 99 años; en octubre cumplía 100 Fuente: Archivo – Crédito: LA NACION

Sus ojos lo habían visto todo. Su memoria lo retenía todo. Aquel desembarco a sus tres años -era 1922-, desde la lejana Varsovia natal de la posguerra. Sus primeras correrías en el Hotel de Inmigrantes junto a su hermana Estera (Norma, para el papeleo criollo), sin saber una palabra de castellano pero feliz porque sus padres Moisés y Rifka soñaban despiertos con un destino de trabajo y prosperidad.

Su infancia en el barrio del Once, allí donde su madre atendía un local de corsetería: hasta allí llegaban las prostitutas de lujo a encargar lencería íntima. Y también las actrices del teatro judío, que dejaban afiches anunciando sus obras en los teatros comunitarios a cambio de entradas. Esas entradas -esas primeras incursiones en el arte, nueve décadas atrás- marcaron el destino de Mordcha (Max, en su versión castellanizada) Berliner, murió hoy, a los 99 años . “Murió como vivió, con toda la dignidad -lo evocó su hijo Daniel a LA NACION-. Fue un proceso lento y él estaba muy conciente de todo; obviamente porque estaba sin sufrir”. Mañana se le dará el último adiós en el cementerio de La Tablada.

En esa trayectoria de noventa años, sus ojos y su memoria registrarían el desarrollo artístico de la calle Corrientes: en los cines Catalunya y Standard fue director de orquesta en los años del cine mudo. En los teatros de Once y Villa Crespo -como el Solari, Excelsior, Soleil, Mitre, Ombú, Olimpia, Argentino o Nuevo- fue antes que nada espectador y más tarde partícipe activo de la movida social que traía las novedades centroeuropeas, con textos que rescataban el yidish, la lengua de los inmigrantes.

Tras la Segunda Guerra Mundial, su admirado Maurice Schwartz -actor protagónico y director de una prestigiosa compañía teatral- le ofreció participar en La familia Karnowsky. Fue su debut en escena. Encarnaba a un judío alemán, con el pelo teñido de rubio. Berliner aprendió rápidamente varias lecciones: a ser generoso, como lo fueron sus mayores; a vencer su paralizante timidez; a ser uno más con el público.

Una de sus discípulas, Rachel Lebenas -actriz y artista plástica- se convirtió en su compañera inseparable, en una relación que perduró por décadas, hasta el último día. Ella misma lo incentivó a fundar un teatro -Artea-, para estrenar temáticas judías en castellano y obras argentinas en yidish. El proyecto no prosperó por disidencias internas: Berliner prefirió perder un sueño antes que un amigo.

En 1972, un productor sugirió su nombre para una comedia cuyo título tenía resonancias de la coyuntura política: El profesor tirabombas, dirigida por Fernando Ayala y protagonizada por Luis Sandrini y Beatriz Taibo (también fallecida este año, el 2 de marzo). Desde entonces, hasta El último traje -con Miguel Angel Solá y Angela Molina, estrenada en 2018-, su filmografía abarcó unas 40 películas, pasando por títulos emblemáticos como La Patagonia rebelde o Los gauchos judíos.

La actuación de Max Berliner en Tumberos

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Berliner también tuvo una recordable labor en televisión, en comedias como Amigos son los amigos, Hermanos y detectives o Casados con hijos; infantiles como Chiquititas o roles dramáticos como en Disputas, Malparida o Tumberos. Su última participación en la pantalla chica fue en 2012, en Graduados. Ese mismo año recibió un Martín Fierro a la Trayectoria. No obstante, tres años antes obtuvo una impensable trascendencia por un comercial televisivo de un medicamento contra la artrosis. Los millennials descubrieron allí un viejito piola, alguien que les revelaba el secreto de la juventud eterna y que hasta podía reírse de sí mismo en alguna participación especial en Showmatch.

Berliner fue reconocido como Personalidad Destacada de la Cultura de Buenos Aires. También recibió el premio Podestá a la Trayectoria de la Asociación Argentina de Actores.

“Mi papá decía que no quería un hijo vago: él quería un hijo artista. Músico o actor, pero artista”, evocaba Berliner, en la última entrevista de su vida, concedida a LA NACION. No solo cumplió con el legado paterno: más que artista, fue un hombre noble, generoso y querido. En los últimos años mantenía la expectativa de volver a la actividad. En los encuentros familiares semanales, celebraba la vida cantando. Era un gran caminador de su Villa Crespo y también un gran conversador con aquellos que detenían su camino para saludarlo. Sus ojos y su memoria lo registraron todo hasta sus últimos días. Por eso, en la despedida, su hijo Daniel lo homenajeó como Max hubiera querido: “Hoy solo música!!! Ejemplo de vida, así lo recordamos!”.

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